Portarretrato

No sabía exactamente hace cuanto tenía esa pequeña ventana: tal vez un minuto, una hora o una semana. O tal vez años. El caso es que apareció en medio de la oscuridad después de un ligero temblor. Era como si la hubiesen recortado en una pared y la hubiesen dejado así, sin marco y, aunque le parecía fea, a través de ella podía ver.

La mujer miraba la ventana y la corría, milímetros.  Por un momento sintió que le estaba viendo a él. Quiso decirle algo para ver si ella respondía, pero no se le ocurrió nada.  Se le habían olvidado las palabras.

También se le habían olvidado los sabores. Era sólo cuando pasaba frente a su ventana con un plato de comida que recordaba la calidez de los frijoles, la efervescencia de la Coca-cola o la textura granulosa de las arepas recién hechas.

Al principio se la pasaba mirando por su pequeña ventana. Espiaba absolutamente todo lo que la mujer hacía y recordó lo que sentía por su esposa. Recordó también la intimidad de los brazos de su amante, los golpes en la espalda que le daba a sus hijos en señal de aprobación, los cocotazos que les pegaba cuando se portaban mal. Entonces lo vio.

Casi no lo reconoció de lo cambiado que estaba. ¿Quién era ese tipo de la barbita? El hombre se dio la vuelta y lo golpearon sus ojos azules, los mismos ojos azules de su hermana, los mismos ojos azules que lo miraban anhelante a través de un par de gafas, pequeños, tiernos.

Sintió un fuerte dolor en el centro de su ser como cuando le faltaba el aire. ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto? Ese muchacho, ese flaco, perfilaba ahora una barriga desgarbada, usaba el pelo corto, llevaba barba, ese que ni siquiera le salía bozo, que tenía un estómago de tabla, que llevaba rizos color miel. El de la ropa a la moda, rebelde, ahora llevaba un atuendo oficinesco.

Cómo era posible que después de tanta oscuridad tuviera ahora una ventana de luz y que ésta le trajera tanto dolor, tanto asombro, tanta desolación. Se sintió aún más solo en su oscuridad y se tumbó, se apartó de la ventana, contempló el punto de luz roja titilante. Pero la atracción de la ventana era más fuerte y fue así que regresó a asomarse por ella.La mujer le servía al hombre un plato humeante, rojo, húmedo, del cual no recordaba el nombre. Miraban la televisión mientras comían en la sala, igual que él lo hacía, contemplando el noticiero del mediodía. Después él desapareció y ella durmió una siesta en el sofá. Luego ella también se fue.

Cuando se sintió solo se tomó la libertad de asomarse lo más posible, pero algo le impidió atravesar la ventana. Desde ahí exploró todo lo que pudo. Pasó un  largo rato hasta que se aprendió de memoria todos los objetos del lugar.

La novedad de la ventana fue pasando y se acostumbró a ella. Por ella sabía si era de día o de noche, aunque a veces se confundía pues dejaban la luz de la sala encendida. Ya no la miraba, se mantenía en la oscuridad, haciendo nada.

De repente sintió un olor. No sabía identificarlo ni lo conocía pero le encantaba. Miró por la ventana y vio que una guirnalda de flores la atravesaba. Qué flores más extrañas, se preguntó. Frescas, estaban ensartadas con un hilo grueso, algunas ya empezaban a morir y éstas quedaban de su lado.  Entonces supo que no lo habían olvidado.