Poesía

Subo al auto y cargo las mochilas de mis hijos. Ellos se acomodan en los asientos. En el recorrido pasan por la ventanilla los peatones ágiles, los edificios medianos, los cerros distantes y verdes. Mientras recorremos los metros largos de la avenida, mi hija, de seis años, me pregunta si yo me he dado cuenta de que, al leerle un cuento, ella puede inventar los colores y las cosas que son narradas. “Puedo poner los colores a lo que me lees”, dice.

Llevo los brazos en el volante y sonrío. Ella insiste: “¿sabías eso?” Asiento. Mi hija apela a la imaginación y yo refuerzo su idea pensando que con la poesía sucede una experiencia similar. Cuando leemos los poemas tenemos la posibilidad de encontrar en los versos un mundo paralelo creado en la lectura, un orden arbitrario y cierto entre las letras y los silencios de la página. Los lectores somos demiurgos pequeños y poderosos. Tuerzo las manos y giro en la esquina estipulada. Como un Sísifo moderno, conduzco hasta el colegio.

En mi mediana vida, en los últimos diez años, no he hecho otra cosa que cuidar a mis hijos y buscar la poesía. Con mis hijos, la etapa tendrá un fin, una caducidad lenta. Cuando sean adultos seguirán siendo mis hijos pero ellos no estarán en mis brazos como bebés ni los encontraré en la puerta del colegio.

Con la poesía se trata de una búsqueda infructuosa, fracasada. Aunque sé que es así, lo único que he intentado es escribir poesía. Si en algunos de mis textos hay poesía, yo no lo sé. Nadie sabe exactamente dónde está la poesía. Ocurre como con el tiempo, según el santo de Hipona. Sí nadie me pregunta qué es, tengo la impresión de que la poesía me rodea o se me aparece. Sí alguien pregunta, no lo sé.

¿Alguien podría explicar qué es la poesía?