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Pizarrones kurdos y neoyorquinos

Una docena de maestros carga sus pizarrones a cuestas por las montañas rocosas y áridas del Kurdistán iraní. Recorren un camino polvoriento entre laderas escarpadas y acantilados profundos. Se detienen. Aguzan el oído. Perciben el rumor distante de hélices. Huyen a toda velocidad. Hallan un pequeño declive, entre la ladera y el camino, donde guarecerse. Se tiran al suelo muy juntos, cubriéndose con sus pizarras negras. Se quedan quietos.

Los helicópteros artillados de la fuerza aérea iraní aparecen en el cielo. Patrullan la frontera entre Irán e Irak. La vida de los kurdos, atrapados en la guerra entre ambas naciones, importa poco. Los maestros lo saben. Sólo les queda la tensa espera de escuchar el estruendo de las hélices y sentir la vibración de la tierra sin saber si serán acribillados.

Esta vez, salen con vida. Los helicópteros se alejan. Ellos se levantan, sacuden el polvo de sus ropas ajadas y caminan hasta encontrar barro con el cual cubrir la superficie de sus pizarrones. La capa de lodo seco servirá de camuflaje en caso de tener que esconderse de nuevo en campo abierto.

¿Qué hacen estos maestros kurdos acarreando sus pizarrones por las montañas y campos de Kurdistán? El filme Takhté Siah o Pizarrones (2000), de la directora iraní Samira Makhmalbaf, narra su historia.

Después de esta escena inicial, los maestros se separan, tomando diversos caminos. Andan en busca de estudiantes. Las aldeas de Kurdistán han sido destruidas o se encuentran asediadas. Las escuelas han cerrado y los profesores deben seguir a los grupos de damnificados migrantes para encontrar alumnos. Varios llegan a preguntarse por qué respondieron a su vocación pedagógica, en vez de haber sido pastores o canteros, como lo dictaba su tradición familiar.

La cinta sigue los respectivos rumbos de dos maestros. Reeboir (Bahman Ghobadi) se une a un grupo de niños que acarrean contrabando de un lado a otro de la frontera. Espera que le den de comer a cambio de enseñarles a leer, escribir y hacer cálculos aritméticos. Said (Said Mohamadi) sigue a un grupo de hombres, desde ancianos hasta niños, y una sola mujer, Halaleh (Behnaz Jafari), en un peregrinaje. Cansado del desplazamiento, el clan busca regresar a su aldea.

Una sensación de esperanza frágil, asediada por la muerte, los acompaña. Los desafíos son descomunales. ¿Cómo podría Reeboir enseñarle algo de relevancia a niños que se juegan la vida como mulas, cargando mercancías ilícitas bajo el fuego cruzado entre dos naciones en guerra? ¿Cómo podría Said mostrar algo importante a un clan que busca su antigua aldea en un territorio arrasado? Pizarrones mantiene la tensión entre esperanza y desazón hasta el desenlace.

Este año he pensado en la película de Makhmalbaf mientras daba cursos de filosofía a estudiantes universitarios brooklynenses de forma virtual, bajo el asedio de varias olas pandémicas. No pensaba en mí, sino en ellos. A pesar de los retos de adaptarme a la enseñanza remota de emergencia, he tenido acceso a tecnología adecuada y capacitación para salir adelante. No he tenido que cargar mi pizarrón a espaldas para intercambiar enseñanza por comida.

Mis estudiantes sí han pasado dificultades fortísimas: muertes en su familia y red de amigos, la enfermedad covid-19 y sus secuelas físicas y emocionales, desempleo, soledad, desesperanza, frustración, depresión. ¿Cómo enseñarles algo de relevancia en su situación?

Les invité a escribir más desde lo vivencial: responder a los textos filosóficos con no sólo con razones sino también con sentimientos, interpelar argumentos que no tomaban en cuenta sus vivencias políticas o sociales, enriquecer sus reflexiones personales con textos clásicos y contemporáneos, complementar su voz y punto de vista con las palabras y perspectivas de filósofos que los desafiaban, y dialogar entre sí por escrito.

Esto último ha sido revelador. En las clases presenciales prevalecen la fluidez en la conversación y el debate oral. Tiende a dominar la extroversión, aunque uno intente darle espacio y facilitarle formas de expresión a la introversión.

En las clases virtuales, en cambio, hay oportunidades y herramientas adecuadas para la escritura compartida. Los estudiantes escriben para todos sus interlocutores. Comparten vivencias. Discuten ideas. Colaboran para elaborar su pensamiento. Los muchachos introvertidos y las chicas silenciosas a menudo surgen como excelentes escritores. Al tener tiempo para reflexionar, desarrollan sus sentipensamientos de forma que esclarecen un asunto con un párrafo lúcido o un ensayo sagaz.

En los diarios, foros y blogs han expresado vivencias de Palestina, del México nahua, del Congo, de Paquistán, de los barrios afroamericanos, caribeños, árabes, judíos, asiáticos y latinos de Brooklyn, del Ecuador y Perú andinos, de la Florida panlatina y del Nueva York pandémico. Se han acompañado y conocido más a fondo a través de la escritura.

Yehuda dejó su comunidad ultraortodoxa judía para procurar respuestas seculares a sus preguntas existenciales y está considerando seguir la carrera en filosofía. En su niñez, Nancy aprendió náhuatl de su padre y español de su madre en un pueblo del centro de México, antes de que la familia emigrara a Brooklyn, donde el inglés devino su principal idioma. Por ello entiende tan bien el concepto de “world-travel” (viaje entre mundos socioculturales) de la argentina María Lugones. Heneen articula con inteligencia decolonial las reivindicaciones de su pueblo en Palestina y de los musulmanes en Estados Unidos. Zainab publicaba poesía en inglés hasta que la familia de su prometido le pidió que no lo hiciera más, pues no era bien visto dentro de la comunidad paquistaní en Brooklyn, que una novia expresara sentimientos descarnados. Silenció su voz poética. Pero el personaje de Yolanda, en la novela How the Garcia Girls Lost Their Accents de Julia Alvarez, la ha inspirado a volver a escribir. Nos compartió nuevos versos.

Ha acabado el año lectivo. ¿Hacia dónde evolucionará la educación superior pospandémica? En los pizarrones virtuales espero continuar creando espacios para que más estudiantes descubran el placer y el valor de escribir.

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