Pizarnik, estratega en cartas

A cuarenta y siete años de la muerte de Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936-Buenos Aires, 1972) su figura todavía es un faro para muchos autores de América Latina y España. Como poeta, dueña de una voz original y profundamente oscura, que señala la angustia de la mujer en su tiempo, publicó La tierra más ajena (1955), Las aventuras perdidas (1958), Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de la locura (1968).

Luego de su suicidio a la edad de 36 años, un martes 25 de septiembre de 1972, a causa de haber ingerido cincuenta pastillas de Seconal, a la vez que su nombre se volvía legendario con un aura seductor de poeta maldita, el corpus de su obra se alimentaba de los libros póstumos Textos de Sombra y últimos poemas (1982) y Diarios (2003).

Sin embargo, a través de la recopilación de sus misivas, publicadas el año pasado bajo el título Nueva correspondencia. 1955-1972 (Lumen), editadas por su amiga íntima Ivonne Bordelois y la catedrática Cristina Piña, se iluminan los pormenores de la obra y su vida, tan misteriosa para la crítica y el público. Por estas cartas cuyos destinatarios son cuarenta –entre ellos Manuel Mujica, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar–, podemos ahondar en su mundo poético y su existencia intensa, como la estrategia que utilizó para posicionarse en el mapa literario iberoamericano. Las misivas son reveladores: la imagen de poeta maldita que ha quedado para la posteridad se desliza hacia otro plano y vemos de qué manera la poeta forjó una cuidada seducción a lo largo de su breve vida para levantar puentes con distintos escritores y trabajadores de la cultura –editores, periodistas y traductores– para la difusión de su obra en distintas partes del mundo.

Como otras autoras de América Latina en la primera mitad del siglo XX –Marosa Di Giorgio y Clarise Lispector–, Pizarnik buscó maneras alternativas de expresarse en un mundo machista: Alejandra no quería un destino de ser madre abnegada, ella fue un espíritu libre y torturado. Esas dos condiciones son las que la unen, inevitablemente, con sus ídolos Artaud, Rimbaud, Baudelaire y Mallarmé. Alejandra buscó desde muy jovencita maestros que la guiaran en su formación de artista. Desde las primeras cartas recopiladas se muestra a una joven de apenas a 19 años que dialoga con Juan Jacobo Bajarlía, escritor y abogado, uno de los creadores que introdujo el vanguardismo en la Argentina. Su amistad con el poeta es vital, ya que al finalizar el colegio secundario Pizarnik se inscribió en la Escuela de Periodismo donde él era profesor. Bajarlía la apoyó en su poesía y le dio a conocer autores como James Joyce. El poeta irlandés le señaló nuevos caminos estéticos que ella, a su vez, tomó aunque sin prostituir sus propias opiniones: “Yo considero que el verdadero lenguaje surge de una misma, del mismo ser, sin rebuscamientos, y no sé si algún día cambiaré de opinión, pero ahora, además de todo lo que hemos dicho sobre Joyce, me cuesta avanzar en el Ulises. La falta de sensibilidad o emociones te dan ganas de dejarlo a un lado, y esto que te digo no tiene nada que ver con tu seminario ni con lo que haré para cumplir con las notas” (22).

Las primeras cartas comienzan a mediados de 1955 y son sumamente importantes para entender el trabajo propio de la poeta para encontrar su propia voz. En la búsqueda, Pizarnik se rodeó de mayores en los que apoyarse y consultar sus escritos. A la figura de Bajarlía se le sumó el crítico, poeta y traductor Raúl Gustavo Aguirre. Este hombre la invitaba a reuniones y le presentaba a otros poetas como los agrupados en Poesía Buenos Aires en el Palacio del Café. Fue tan importante esta amistad que, gracias a ella, Pizarnik logró publicar su segundo libro La última inocencia (1956) bajo la editorial que llevaba el nombre del grupo Poesía Buenos Aires.  “Gracias por tu carta. Ella me ha impulsado a realizar una profunda lectura de mis poemas y, ¿por qué no decirlo?, un viraje nuevo, uno más, en esta larga lucha por llegar a mi expresión. No sé lo que usted habrá pensado de los poemas que le envié, pero yo creo, después de haberlos releído, que adolecen de lirismo, o sea que, deseando vencer el salvajismo de los publicados en un librito, me alejé demasiado, casi caigo en la inautenticidad, y esto no puedo sufrirlo, creo que usted tampoco” (26).

De todos modos, Pizarnik se miraba a sí misma como una mujer que desentonaba en el mundo machista de la Argentina de entonces. La poeta se sentía ahogada, castrada por el medio. En las cartas y en aquellos mayores es donde descargó sus confesiones. Es el caso de Rubén Vela, poeta que perteneció al movimiento Poesía Buenos Aires, a quien Pizarnik le regaló su primer libro de poesía, La tierra más lejana (1955), y Vela le hizo una elogiosa crítica en “La Época” de la ciudad Buenos Aires que señalaba “una voz original se levanta de esa tierra ajena, de esa tierra extraña que es Flora Alejandra Pizarnik” (31).

La poeta, lejos de mostrar felicidad por los primeros éxitos de su esfuerzo intelectual, en la intimidad que otorga una carta se desnuda y confiesa que “me siento una muchacha tan sin futuro que el mero hecho de seguir una carrera” me deslumbra, me da la sensación de no ser una exiliada, una mendiga triste” (34).

En esas cartas también se exhibe el hábil manejo para armar una red que le sirvió para extender su rama de contactos tan útiles luego para la difusión de su obra. Primeramente, la operación de publicidad de la obra de Pizarnik comenzó en los países limítrofes de la Argentina como Bolivia. El amigo Vela le envía los artículos publicados en la prensa extranjera sobre lo que opinaban de ella: “He quedado muy conmovida por los recortes que me enviaste. Es una sensación extraña el saber que en un país para mí desconocido, seres desconocidos, me piensan, mejor dicho, viven mis poemas, los aman o detestan, y los juzgan…Y eso te lo debo a ti” (39).

Estas cartas íntimas, escritas en el mayor grado de su sensibilidad y cotidianidad, ya que nunca la poeta pensó en publicarlas, demuestran ser el mejor vehículo para comunicarse para una mujer tan tímida y hermética en su vida pública. Pizarnik encuentra en un género cultivado por diversas generaciones el vehículo ideal: es un género secreto, aunque compartido, privado en un punto, y por eso, permite ventilar las circunstancias más alegres como amargas de la vida.

A su maestro Vela, mayor que ella, y que puede comprenderla, darla esa protección que no encontró nunca su casa nunca, la poeta le comenta un fracaso amoroso. Su poesía está teñida de esta desolación, pero aquí Pizarnik es explícita: “¿Sabes qué es la desgracia? Imagínate a una muchacha enamorada sin esperanza, enamorada desde hace tres años. Siempre sueña con encontrar a su amado en alguna fiesta de manera de poder conversar con él a solas, ya que siempre se ve obligada a verlo en la facultad, donde hay tantos alumnos. Él es profesor. Por fin, él dice que tal vez va a ir a la fiesta x. La muchacha no duerme ni se alimenta: sólo espera esa noche decisiva. Ella va con algunos amigos, a eso de las 22 hs. Como él es puntual no duda que ya debe estar allí. La muchacha es miope, se pone anteojos y mira, él no ha llegado aún. Así está dos horas. Nada. Esterilidad. Ella se saca los anteojos y comienza a beber vino. Inmensas cantidades. Luego no sabe qué sucedió salvo que no podía ver a nadie. Vuelve a las 5 de la madrugada, silenciosa y completamente borracha. Al día siguiente se despierta con gusto a muerte” (44).

La poeta siempre fue una mujer introspectiva. Una de las razones de esa manera de actuar y desarrollarse en el mundo era su aspecto físico. Pizarnik lidió desde muy niña con una serie de graves complejos, pero en las cartas se libera y acepta sus problemas para comunicarse. Otra vez a su maestro Vela decide sacarse su máscara y revela: “He lamentado, después de la despedida, la extrema brevedad de nuestro encuentro, que no permitió hablar de cosas importantes. A veces suelo pensar que las cartas son más aptas para ello” (47).

Las cartas terminan de dibujar un ser complejo que es mucho más que la efigie que muchos por malentendidos quieren construir sobre su figura. Pizarnik como su poesía está bañada de claroscuros.

Pero también en esta carta ya se vislumbra uno de los problemas que encontraría la poeta en la vida adulta: de qué manera ganarse la vida. En ese esfuerzo de buscar un lugar, asimismo, para formarse deja la universidad. Pizarnik se enfrenta con el dilema del artista, que se agrava en su condición femenina, para buscar el modo de ganarse la vida. Sabe, no obstante, que hay cosas que ya son imposibles de sostener como los estudios. A su amigo Vela el da la noticia de que “he abandonado definitivamente la facultad puesto que lo que busco ella no puede dármelo. Al mismo tiempo necesito trabajar, me resulta difícil dónde” (39).

Si el dinero y su manera de obtenerlo es un verdadero problema, no así es su decisión de ser artista. Así entonces Pizarnik decide seguir el camino de otros creadores que ella admira y viaja a París, ciudad faro para innumerables artistas a lo largo del siglo XIX y XX. Durante más de un siglo la cultura francesa y más precisamente París ha sido el lugar adecuado donde un artista debe vivir, ya que en la experiencia en la ciudad Luz actúa como rito de iniciación. La lista de creadores de América Latina es extensa: desde Rubén Darío, César Vallejo a Sarmiento, Cortázar, Octavio Paz.

La joven poeta no es la excepción. Alejandra llegó Paris gracias a una beca. Se alojó en la Casa Argentina de la Universidad de París. Allí la poeta se instalará de 1960 a 1964). Como documentos de esa estadía están las cartas donde pudo escribir más tranquilamente y conocer a artistas como Octavio Paz, Italo Calvino y Roger Caillois.

Sin embargo, la experiencia parisina no es lo que ella imaginó desde Argentina. Al joven poeta Antonio Requeni, le confiesa sobre esa estadía:¿Y qué puede decirte de París que ya no sepas? Estoy enamorada de esta ciudad y de las callecitas que dicen, que cantan. No hago más que caminar y ver y aprender a ver; he conocido algunos jóvenes poetas y pintores franceses; reconozco que siento alguna nostalgia del castellano, tanto que hablar francés me deja idiota. Para consolarme escribo algunos poemas. Creo que el francés es más bello cuando se lo lee que hablado o escuchado” (58).

Por momentos la ciudad francesa es un lugar incómodo aún con la belleza que la poeta encuentra en sus calles. Si Buenos Aires era un lugar de angustia, la de París cambia muy poco, ya que continúan problemas que la aquejan desde siempre. Requeni sirve otra vez de confesor y Pizarnik es clara sobre el asunto cuando le escribe que “la vida cotidiana (¿es que yo la vivo?) o lo que sea es tan dura como me anunciaste. Anduve mudándome bastante: de piecita siniestra en piecita alegre para caer, cuando el dinero finalizaba, en las fauces de la familia” (58).

No obstante, la poeta utiliza la soledad hasta el extremo para su provecho, ya que sabe que esos momentos alejada de la familia son una herramienta para para entenderse y reflexionar sobre sí misma. En otro pasaje de la carta a Requeni le confiesa: “Soy patológicamente tímida cuando se trata de visitar personas que no conozco. Las que conozco son pocas, pero por ahora suficientes, y además qué me puede hacer un poco más o menos de soledad. Y además, cómo sentirla si n hago más que caminar, ver cuadros, teatro, cine, etc. Además (y como ves hay siempre un “además”, he pensado mucho, me he conocido un poco más (lo cual es siempre triste) y he hecho, quiero creerlo, algún proceso en las cosas de adentro” (58).

En París consigue el primer trabajo en su vida. Es en la revista “Cuadernos por el Congreso de la Libertad de la Cultura”, publicada en español, y dirigida por Germán de Arciniegas. En esa revista colaboraban otros escritores como Julio Cortázar, Octavio Paz y Héctor Murena. Este trabajo sería el único que Pizarnik logró conseguir en su corta existencia. Siempre se sintió una mujer que no podía ni quería tener horarios fijos, ya que ella veía eso como una pared para continuar con sus escritos. En otra carta a Requeni se queja que “trabajo en Cuadernos, donde corrijo pruebas de imprenta 4 horas por día y también colaboro, a veces, en la enciclopedia Larousse. Cuadernos es una revista muy horrible de manera que mi contacto con ella es exclusivamente administrativo. Apenas consiga algo mejor cambiaré de sitio de trabajo” (60).

Por otro parte, en este conjunto de cartas donde suceden figuras conocidas y otras borrosas de la historia de la literatura, una que se destaca es la compiladora del volumen de cartas, Ivonne Bordelois. Fue en París donde esta poeta de ascendencia francesa conoció a Pizarnik. Enseguida se hicieron amigas íntimas. Esta amistad duró hasta el suicidio de la poeta en 1972. En una carta fechada en el 12 de enero de 1968, Pizarnik le anuncia con alegría: “¿Recibiste mi librito que te mandé esmeradamente? Mi librito funesto y pobrecito — está tan denso de muerte. Siento que con él terminé con un estilo o lo que se llame. Pero necesité escribirlo, palabra por palabra lo compuse combinando vértigos y sensaciones inefables. Ahora no puedo releerlo. La figura se ha cerrado” (108).

En el corpus literario de Pizarnik, desde su debut con La tierra más ajena (1955) a Los trabajos y las noches (1968) hasta su último libro Los pequeños cantos (1971), el estilo de la poeta es vívido en emociones profundas que logran tocar la sensibilidad del lector.

El escritor Julio Cortázar fue uno de los escritores que entabló una complicidad literaria con Pizarnik en Francia. Cuando publicaba sus libros ella se los entregaba personalmente o los enviaba por correo. Si bien Cortázar vivía la mayor parte en París, hacia mediados de la década de 1960 pudo comprarse una casa de campo en Saignon a la que le decía cariñosamente “el ranchito”. Es en ese lugar donde el autor argentino recibe el libro Los trabajos y los días que hace unos meses publicó la joven poeta.

Cortázar lejos de ser una figura paternalista ya que hubiera sido lo más fácil dado su diferencia de edad con la poeta, 22 años, como el prestigio obtenido en ese entonces, es un amigo, un compañero en quien Pizarnik confía. En una carta fechada el 14 de Julio de 1965 Cortázar opina sobre su libro: “Me dolió tu libro, es tan tuyo, sos tan vos en cada línea, tan reticentemente clara, tan por debajo y por adentro. ¿Conocés el sistema que consiste en hojear un libro e ir citando versos o pasajes, con algún comentario o elogio o censura? A mí no me gusta. Pero te voy a decir: Lo que siento es lo mismo que frente a algunos (muy pocos) cuadros o dibujos surrealistas: Que estoy del otro lado por un segundo, que me han hecho pasar, que soy vos, que estoy colgando de la punta de la tela como una de esas arañas rojas que hay en la Provenza y que tienen, parece, alianza con el Oscuro”.

París donde la felicidad parecía posible, se quiebra para siempre. Uno de los grandes problemas, ya que la poeta lo vivía como una traba fundamental en su vida, irrumpe y ello la lastima.  Pizarnik era bisexual, de allí su dificultad para encontrar el amor en un mundo que criticaba los amores del mismo sexo.

En París se enamoró, pero el amor no correspondido no hizo otra cosa que aumentar su inseguridad y su sufrimiento. Escribe en su diario que llevó a París, 9 de enero de 1961: “Odio mi cara pues la miro a través de sus ojos. Esta cara no supo fascinarlo. Amo. ¿Qué se hace en este mundo cuando se ama así?”.  En una entrada pero de 1964, en que el tiempo ha pasado, sigue el problema del desamor: “Tensión a toda hora. La cuestión de siempre: destrucción o creación. Sí y no. Amar y no ser amada. Finalmente no ha muerto el humor y no deja de divertirme mi vida cotidiana, en la que mi torpeza actúa y transforma todo en un viejo film de Chaplin”.

Alejandra Pizarnik regresó a la Argentina en 1964 muy triste, ya que al primer encantamiento por un lugar que había deseado tanto llegar desde hacía años como París, en un primer momento la atrapó, pero luego se fue desdibujando la novedad y surgieron los problemas de dinero, la soledad, el no poder tener una pareja, en definitiva, aquellos problemas que tenía ya en Buenos Aires y que arrastraría toda la vida, se agudizaron al extremo. Solo en sus escritos y en las cartas son los lugares donde descargaba la hostilidad que sentía del mundo. Lejos de racionalizar sus conflictos, dejaba en el arte esa catarsis existencial.

En los últimos meses de su vida la realidad se mostró deforme, con la lógica de una pesadilla. De ese estado cuentan sus cartas que enviaba a sus amistades diciéndole que estaba internada en hospitales psiquiátricos. Julio Cortázar es uno de los elegidos para que conozcan su presente. El escritor, alarmado, le escribe para que no se atreva a hacer lo que sospecha Pizarnik desea cometer: “Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estarás de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por razones diferentes: la mía es harto más banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando el lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya”.

La poeta siguió con sus impulsos suicidas y no escuchó a Cortázar, que le rogaba que pensara seriamente en su estado de salud. Luego de publicar el libro Los pequeños cantos (1971), Alejandra Pizarnik su suicidio a la edad de 36 años, en septiembre de 1972, en su pequeño departamento de San Telmo, tomando pastillas. A partir de esa muerte fatídica el mito nacía en la Argentina y luego en varios países de América Latina. En su corta existencia logró escribir libros bellos y oscuros, desgarradores que contaban su vida y el rechazo por un mundo que jamás entendió ni la entendió del todo. Como los artistas que admiraba, también la poeta viajó a París para formarse intelectualmente donde forjó amistad con autores como Octavio Paz y Julio Cortázar, consiguió trabajo, pero la desdicha por el amor y su falta de autoestima se hicieron más grandes. De ese periplo físico existencial son testimonio las cartas, un verdadero tesoro para entender a la poeta. Ella eligió las misivas para expresarse libremente a modo de una autobiografía donde no hay secretos porque ella se atreve en la intimidad a confesar el dolor sin artificios. Cuando han pasado 45 años de su fallecimiento, la figura de Pizarnik sigue más vigente que nunca.

Pizarnik, Alejandra. Nueva correspondencia (1955-1972). Edición Ivonne Bordelois y Cristina Piña., 2017.