A los catorce años me violaron dos veces. Primero una mujer y después un hom­bre.­ Yo era un muchacho más bien pequeño para mi edad, flaco casi transparente y con la cara llena de inmundos barros. La mujer se llamaba Clara y parecía un estibador de los muelles. Tenía veintidós años y un fuego uterino inextinguible, como la antorcha de esos monu­mentos sembrados por ahí a la memoria de algún infeliz soldado desconocido. Yo era amigo de su hermano, cuatro años mayor que yo, que se llamaba Rafael, y ese día, como tantos otros, había ido a su casa. Cuando Clara me dijo que no estaba, de imbécil le hice caso y me senté a esperarlo en el cuarto. Al rato entró ella y en la cara le vi una mirada muy rara, quise escapar asustado pero me tiró sobre la cama y se me subió arriba que casi me aplasta. Me defendí todo lo que pude, aunque sabía que poco podía hacer. No grité, me dio pena gritar. Esa es la verdad, no voy a mentir ahora después de tantos años. ¿A quién voy a engañar y para qué? Cuando me soltó, me levanté temblando subiéndome los panta­lones. El olor de Clara se me había metido por la piel y por mucho que me lavaba seguía ahí. Por las noches, entre sueños, y también de día, en los lugares más insólitos, me venía de pronto y yo comenzaba a sudar porque me imaginaba que todos los que estaban próximos a mí podían percibir aquel olor. Estuve más de una semana sin ir por su casa hasta que Rafael vino a buscarme para vagabundear por la finca, que era un lugar casi mágico. Allí, lejos, apartado de todo en mi memoria, en el centro del monte y del universo, más allá del mangal, había una ridícula poceta donde a cada rato nos bañábamos. Esa tarde yo estaba alegre, no sé bien por qué, y retozamos revol­cándonos en el fango. Luego nos tendimos uno junto al otro, bocabajo, a fumar un cigarro. Sentía el silencio del monte y una mezcla de olores que me perturbaba. Entonces, sin decir nada, Rafael, con un solo movimiento se encaramó sobre mí apretándome los brazos y la cabeza contra el fango. Forcejeé, me revolví, pero sólo conseguí acomodarlo mejor. No sé si duró lo mismo que con la hermana. Lo oía jadear sobre mi nuca, babeár­seme en la oreja, murmurando palabras y quejidos. Cuando terminó de un salto se separó de mí y nadó hasta el centro de la poceta. Yo me quedé quieto unos instantes, después me senté como pude y empecé a llorar. Al rato se me acercó, diciéndome que era jugando, que no había pasado nada, que me vistiera que se estaba haciendo de noche. Yo no le hacía caso. Cuando se cansó de sus esfuerzos por tranquilizarme, se fue algo asustado y yo me metí en el agua temblando todavía. Llegué a casa de noche, no había nada de comer, y me senté en el patio a leer y espantar mosquitos hasta que me entró sueño.

Aquellas dos violaciones marcaron mi existencia. Volvían en sueños mezcladas siempre con olores. A veces veía el pecho de Rafael, que ya comenzaba a llenarse de vellos, o su sexo saliendo de la poceta y renqueando amenazador contra sus muslos. Otras era el peso de Clara, a horcajadas sobre mi cuerpo, vuelta hacía mis entrepiernas mientras su sexo se abría y se cerraba chorreado cerca de mi cara, como si quisiera tragarme. Así, enfebrecido, me retorcía en la cama, frotándome contra las sábanas hasta que sentía que me moría. Rodaba de una pesadilla en otra, me veía desnudo entre aquellos dos cuerpos que me palpaban buscando el sexo, pero mi vientre estaba liso y ellos comenzaban a reírse. Entonces, para calmar­me, yo gritaba y gritaba hasta quedar exhausto. Rendido. En la misma pesadilla a veces no estaban ellos, yo me tocaba el sexo enhiesto y se me desprendía. Angustiado lo recogía del piso y trataba de pegármelo, casi siempre sin éxito. Muchos años después encontré, leyendo a Freud o a Piaget, ya no me acuerdo bien, que aquella pesadilla era bastante común en muchos niños. Quiero dejar bien claro que si las dos violaciones marcaron, como dije, toda mi vida no fue porque yo fuera un inocente. Quizás hasta las deseara, sobre todo la de Rafael. Yo había estado antes con mu­cha­chas y también con muchachos, pero había sido distinto. Siempre mediaba cierta complicidad, un deseo compartido, una bús­queda común, y generalmente éramos de la misma edad o casi. Tengo muchos recuerdos en ese sentido y ningún com­plejo de culpa ni de nada. Tampoco pienso que esas lejanas violaciones físicas, quizás las menos dolorosas de todas –des­pués de eso me han violado hasta el alma–, me hayan convertido en lo que soy. Ni siquiera sé por qué hoy, veintidós de marzo de 1995, cuando me decido a escribir estas líneas, en este momento tan melodramáticamente cursi, en que casi por cum­plir con una tradición no escrita, por evitar inconvenientes posteriores de todo tipo a los demás, y para salvaguardar a mis amigos, y hasta a mis enemigos, tenga que empezar hablando de Clara y Rafael, dos queridos fantasmas de la me­moria, que si están vivos aún, nada tienen que ver conmigo, ni sé nada de sus vidas desde que escapé al exilio el 27 de mayo de 1980 –ellos se quedaron en el infierno, más o menos integrados en aquella mierda, por las apariencias supongo, como casi todo el mundo.

Tengo cincuenta y cinco años y estoy, como se acostumbra a decir en estos casos, en pleno uso de mis facultades físicas y mentales. Sano de cuerpo y de mente. Sigo siendo un hombre muy delgado, pero ya sin barros en la cara. Ni siquiera espinillas. Probablemente eso sí sea algo verdaderamente trágico porque habla del tiempo. También estoy casi calvo. Me gustaría hacer un recuento de mi aburrida existencia, pero no tengo deseos y creo que tampoco vale la pena. ¿A quién podría importarle, morbo aparte, que yo cuente aquí cuatro o cinco anécdotas intrascendentes, que no serían más que confusos gestos en un espacio vacío. Espasmos de la memoria. Quisiera escribir algo profundo, pero si hasta hoy no lo he conseguido, dudo mucho que ahora pueda. Siempre me entusiasmaron los suicidas, los grandes y los pequeños. Desde Stefan Zweig hasta la loca del barrio, que cuando no pudo más, se dio candela. En Cuba, siendo muy joven, lo intenté dos veces con el clásico pomo de pastillas. He sido un suicida frustrado y eso es terrible. Con el tiempo he sabido perfeccionar la oportuna máscara de hombre ecuá­nime y fuerte, aunque raspando un poco aflora el cobarde, el débil y el pusilánime.

He amado y me han amado y quiero decir con cierta vanidad que todo el mun­do no puede declarar lo mismo. Sin embargo no me sirvió de mucho. Hoy estoy solo, aquí en mi cuarto. Todos lo que amo están muertos o lejos. Viví unos años con una mujer y otros tantos con un hombre. Bueno y malos recuerdos tengo; en fin, nada que merezca unas líneas.­ Sólo que el tiempo, como cantaba otra pájara frustrada, pasa y nos vamos ponien­do viejos. Los optimistas irredentos dirán que un hombre de cincuenta y cinco años no es un viejo. Bueno, que se chequean la próstata y después lo debatimos. No tengo interés ni ánimos para seguir por ese rumbo. Mejor hablo de las violaciones del alma. Antes dije, y mis escasos amigos lo pueden confirmar, que desde niño leía mucho. De todo, porque nunca tuve a nadie que me orientara las lecturas. Me pasaba horas en la Biblioteca Nacional hurgando en los estantes y cuando descubría un autor que me parecía interesante, leía todo lo que encontraba. También de niño empecé a escribir, primero una especie de diario donde anotaba lo que se me ocurría. En libretas escolares que escondía de la vista de todos. Mi primer cuento que recuerdo contaba lo de mis dos violaciones. Después escribí otros, muchos otros, y más tarde voluminosas novelas. En Cuba nunca pude publicar nada y todo lo destruí antes de partir. En Miami, en este interminable exilio, seguí escribiendo más por costumbre o masoquismo que por cualquier otra cosa, pero tampoco he publicado nada. Hoy me alegro, aunque para consolarme, me digo que lo importante es el instante que dedicamos a meditar un tema o una historia, aunque cuando escribimos, nada, o casi nada, de lo que pensamos quede en el papel. Al menos ese ha sido mi caso. Esto lo han dicho demasiadas gentes, ya lo sé, no pretendo innovar el tropo y la metáfora (Vallejo) ni ser original (Sale el sol y se pone el sol, etc.). Mi “obra maestra” es esa novela que está ahí, quemándose, Clara y Rafael. En ella, al final, resumí todo lo que aprendí, toda mi sabiduría, que es el tema de cualquier bolero y todo lo que no entendí sobre la crueldad humana. Aquí mantuve la esperanza de ser asesinado, pero ni tan siquiera, en lo que la propaganda castrista llama “la capital del crimen”, sufrí un mínimo asalto. También pensé en utilizar a la eficiente policía local para un suicidio asistido, ahora tan de moda. Bastaría con llamar al 911 diciendo cualquier cosa y cuando la casa estuviera rodeada, salir gritando al portal con un perchero o un palo de escoba en la mano. La reacción, como se sabe, sería que me pondrían como un colador, alegando temor por sus vidas. A lo mejor hasta algún alma compasiva me colocaría, piadosamente, una pistola en la mano para cubrir la forma. No sé, da igual. No hice nada, desde luego, otra vez por cobarde.

Quizás yo podría adornar mi historia como mejor me convenga. Echarle la culpa a la dictadura castrista o al exilio que me consume el alma. A la vida, al tiempo que pasa, buscar justificaciones de cualquier tipo, pero el hecho simple, real e irrefutable, es otro. Debo aceptarlo tranquilamente. De hecho ya lo he aceptado y pensándolo bien, es mejor que tampoco hable entonces de las violaciones del alma. Ahora, antes de apretar el gatillo, no quiero dejar de anotar que no creo ni en la madre de los tomates, así que no espero ningún tipo de redención del ”otro lado”, sencillamente porque me temo que no exista el otro lado. Sé que mi mundo, cuando ponga el punto final, morirá conmigo, pero me consuela saber que la humanidad –la posteridad sonaría demasiado prepotente– no se pierde nada especial. No dejo arreglos funerarios, nada pagado. En realidad, no dejo nada de nada. Abrigo la esperanza, eso sí, que habrá almas caritativas, generosas –o morbosas o sádicas–, que se ocupen de los restos mortales de este perdedor.

                                           En Miami, exilio, 17 de enero de 2002.

 

 

 

 

 

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José Abreu Felippe (Cuba, 1947) es poeta, narrador y dramaturgo. Ha publicado cuatro volúmenes de poesía: Orestes de noche (1985), Cantos y elegías (1992), El tiempo afuera (Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2000) y De vuelta (2012). Como dramaturgo ha dado a conocer Amar así (1988), Teatro (1998) y Tres Piezas (2010), Premio Baco de teatro 2012. Ha publicado dos volúmenes de relatos: Cuentos mortales (2003) y Yo no soy vegetariano (2006). También, en unión de sus hermanos Juan y Nicolás, Habanera fue (1998). Sus novelas Barrio Azul (2008), Sabanalamar (2002), Siempre la lluvia (1994), Finalista del concurso Letras de Oro 1993, El instante (2011) y Dile adiós a la Virgen (2003) conforman la pentalogía El olvido y la calma.