Parte 4. Miami (Un)plugged y la creación de una nueva identidad literaria en el sur de la Florida

El ensayo de Rodolfo Pérez Valero (Cuba 1947), “El día que Simon, Garfunkel y yo cantamos en Miami,” presenta una experiencia muy diferente porque su autor llega a la Florida a los 47 años. El caso de Pérez Valero es curioso porque escribe que ya sentía la influencia americana cuando era un muchacho joven en Cuba, y todavía guarda esos recuerdos cuando piensa en el país donde se crió y donde vivió casi cinco décadas. Es más, Pérez Valero es un conocido autor del género negro—de hecho, es el único que ha ganado el primer premio de cuento en la Semana Negra de Gijón cinco veces—de modo que no es nada raro que él escriba una narración con identidades erróneas y personajes misteriosos durante un concierto que el dúo musical celebra en Miami.

Pérez Valero va al concierto con su esposa y un amigo, pero en ese momento parecen encontrarse en uno de los pocos sitios en la ciudad donde los inmigrantes latinoamericanos se van a sentir completamente perdidos: “[S]olo veíamos extranjeros, es decir, americanos de pelos rubios y ojos azules, y allí no había nadie de mi pueblo” de Guanabacoa (53). Hay que preguntarse qué hace un escritor extranjero entre semejante masa de americanos, pero resulta que Simon and Garfunkel forman parte de la banda sonora de sus recuerdos juveniles justamente por ser cubano. Pérez Valero pertenece a una generación de jóvenes en la Isla que “se criaron con la oreja pegada a viejos radios donde escuchaban la emisora [top 40] WQAM de Miami, y así se hacían la ilusión de que no estaban totalmente apartados del mundo” (53). Es más, la música popular de esa emisora de Miami era fundamental para esos jóvenes porque “era lo único que [l]os relacionaba con lo actual en el mundo libre y exterior” (53-54).

De la misma manera que el detective Mario Conde en las novelas de Leonardo Padura sigue escuchando la música de Creedence Clearwater Revival—e insistiendo una y otra vez que John Fogerty canta como un dios—el autor del género detectivesco Rodolfo Pérez Valero se pone de pie con el resto del público y acompaña a Simon and Garfunkel cuando cantan Bridge Over Troubled Water. Curiosamente, el concierto representa el momento de revelación que también han tenido Hernández Alende y Castro, pues en ese instante Pérez Valero entiende que la ciudad de Miami le ha brindado mucho más que su propio país:

Y pensé en las paradojas: esos cantantes siguen recogiendo los frutos de la cosecha que iniciaron en los años sesenta, y nosotros no tenemos nada que recoger, todo tuvimos que recomenzarlo desde cero. Salimos de Cuba y vivimos en otros países, en el extranjero que ya no es el extranjero, sino que se convierte en el país propio que, tristemente, nos da más que el de nacimiento, aquel que se nos convirtió en un obstáculo para toda nuestra existencia. (54)

Aunque da la impresión de que Pérez Valero ha dejado la vida cubana atrás para acompañar a los llamados extranjeros en el concierto, la cultura hispana en Miami siempre está presente en cualquier lado de la ciudad. Pérez Valero sale para comer algo durante el intermedio, y se encuentra con una pareja de norteamericanos típicos vestidos con la ropa informal de siempre. Pero de repente, “[E]l americano me preguntó si yo era Rodolfo Pérez Valero. . . . El americano resultó ser de mi pueblo, se llama Amando Pérez Cárdenas, y dijo que me conocía . . . pero se preguntaba si yo era yo. Le dije que sí, que yo era yo” (56). Es de notar que de la misma manera que san Agustín consideraba que el Antiguo Testamento prefiguraba el Nuevo, la vida de Pérez Valero en Miami parece ser la manifestación de su pasado en Cuba, con WQAM como la avenida simbólica que lo conduce al mundo moderno. Pérez Valero se refiere a su vida anterior mucho más que los demás SEDeristas, pero el traslado a Miami representa una suerte de conversión religiosa que le proporciona una nueva vida en este país:

Si muriera mañana mismo, ya lo experimentado en estos años en Miami tiene el peso de otra vida eterna. Tengo dos existencias: aquella de Cuba, que parecía eterna, y esta otra, ilimitada y pletórica de planes propios, que a veces siento que la está viviendo otro yo o un hermano gemelo. ¡Qué pobre sería (espiritualmente, quiero decir, porque en lo económico es demasiado obvio cuán pobre sería) si me restaran la experiencia vivida en este extranjero del cual ya soy ciudano pleno! (54-55).