Parte 5. Miami (Un)plugged y la creación de una nueva identidad literaria en el sur de la Florida

Grettel Jiménez Singer (Cuba 1973) tiene una vivencia diferente que los otros tres SEDeristas porque arriba a Miami con tan solo catorce años. Sin embargo, la­­­ primera impresión que tiene de la ciudad es muy negativa porque no se puede acostumbrar a un ambiente tan extraño: “En aquella época d­­etestaba la ciudad tanto como detestaba mi vida. Me sentía una joven desdichada. Obcecada por un único objetivo: regresar a La Habana, donde había dejado atrás mi mar, mi casa y mi calle” (41). La reacción de­­ Singer es comprensible porque tiene una vida familiar bastante enredada, pues el padre tampoco se adapta a los Estados Unidos, y peor todavía él sufre de una depresión crónica a raíz de la decepción personal, los problemas económicos y los celos infundados que siente acerca de la mamá de Singer. La muchacha intenta rehacer su vida fuera del hogar, y pasa gran parte del tiempo trabajando en Body Wrap City—“un salón de belleza en donde me convertí en experta momificando con vendas y cenizas volcánicas a señoras y a veces hombres subidos de peso” (41)—y relacionándose con la gente pintoresca que conoce en la calle, como una florera que recitaba poesías, un “payaso que nunca se quitaba el disfraz,” un borracho y hasta una prostituta (47). Sin embargo, tal vez la manifestación más directa de su estado de ánimo es que se escapa los domingos por la mañana para pasar horas en el Cementerio Woodlawn de la calle Ocho, el único sitio donde halla la tranquilidad que no existe en el hogar: “Ahora veo el morbo, no tanto en aquel entonces. Sentada bajo la sombra de sus frondosos árboles leía y sentía una paz que no encontraba en ningún otro lugar, mucho menos entre los vivos” (48).

Con el tiempo, la actitud de Singer hacia Miami empieza a cambiar debido a la influencia de algunos de los profesores que tiene en la escuela. Primero descubre la música clásica gracias al profesor de banda, un interés que va desarrollando con Santiaguito, un señor mayor que conoce en la calle. Luego descubre la literatura inglesa en la clase de Mrs. Willis, y la española con Mrs. Verazain, y resulta que los libros que empieza a leer en español “se convirtieron en [su] salvación” (50). Estos libros despiertan su interés por la literatura de tal forma que “[f]ue por entonces que [su] pluma comenzó a desinhibirse” (51), aunque todavía le hace falta aprender a revisar y reescribir su trabajo creativo. Singer no tiene un momento eureka en que se da cuenta de que Miami ya es algo propio, sino que pasa por un proceso de maduración en el cual logra encontrar su lugar en la ciudad: “Paulatinamente se fueron acumulando los años y fui perteneciendo nuevamente a un lugar y encontrando una voz que palpara mis vivencias y aquel infinito mundo interior que todavía hoy estoy relatando” (51). Con el tiempo Singer decide mudarse para Nueva York, pero cada vez que regresa a la Florida vuelve a sentir el nexo permanente que tiene con la ciudad:

[L]o cierto es que Miami es mía, fue la ciudad que me acogió con brazos abiertos y risas ardientes. Allí crecí, me hice de mil amigos, conocí el amor, nacieron mis hijas, escribí mi primera y mi segunda novela, me gradué de la universidad, me casé, me divorcié. . . Cuando vuelvo, la salida del aeropuerto nunca deja de sorprenderme, como la casa a la que siempre retornamos y se mezcla la nostalgia, la alegría, lo familiar y por supuesto, el deseo urgente e indecoroso de un pastelito de guayaba del Versailles. (51)