La canción “Oxalá” del grupo portugués Madredeus le ha proveído una banda sonora de ironías y sincronías a este inicio de año. Ha sido asombroso constatar cómo la música y la vida se entrelazan.

          Conocí a la banda –con su alucinante mezcla de guitarra clásica, violoncello, teclados y la voz de sirena de su vocalista, Teresa Salgueiro– gracias a la película Historia de Lisboa de Wim Wenders. Aunque la película ha sido un clásico del cine arte desde 1994, recién la vi durante los meses de encierro del 2020. La alquilé en la Filmoteca de San José y la proyecté en la sala de cine que había montado en mi apartamento. Desde entonces he escuchado con frecuencia esa música que nace del fado y la música popular portuguesa y se convierte en algo nuevo.

          Cuando se acercaba la más reciente transición del Año Viejo al Año Nuevo, le presté atención a la letra de “Oxalá” como si fuera una guía vital. Quería vivir el cambio de ciclo con serenidad, incluso con cautela, teniendo presente algunas lecciones de la pandemia, a saber, que todo cambia día a día y que cualquier plan es apenas un suspiro soltado en un vendaval.

          Inicié el año asistiendo a un retiro de meditación vipassana. Durante diez días guardé silencio, me mantuve quieto y aprendí esa técnica de meditación budista en la paz de las montañas en la vertiente caribe de la Cordillera de Tilarán. Pero al salir quería continuar el flujo vital con el que había cerrado el 2021, como en el verso de Madredeus:

Oxalá o passo não me esmoreça.

          Irónicamente, al prepararme para retomar el ritmo de trabajo y movimiento, sufrí una lesión en la planta del pie izquierdo que me detuvo por completo. Sentía un dolor tan agudo que no podía ni siquiera dar un paso. Tuve que cancelar viajes, mis primeras clases presenciales en dos años y más.

          Mientras guardaba reposo, procuraba cultivar la ecuanimidad y el desapego con la práctica meditativa. Por momentos, sin embargo, fantaseaba, apasionado. Ya casi se cumplen cuatro años desde la última vez que visité a mi amado Brasil y soñaba con regresar a Vila Isabel, en Río de Janeiro, para festejar el carnaval en aquel barrio donde floreció o samba de raíz, o quizá celebrar por primera vez las fiestas de Recife y Olinda, con su fervor callejero a paso de frevo. La voz de la sirena cantaba mi anhelo:

Oxalá o Carnaval aconteça, oxalá.

          “Sí, ojalá se festeje el Carnaval con alegría, aunque yo no pueda ir”, sentipensaba.

          Poco a poco el pie comenzaba a sanar. Ya podía dar algunos pasos, salir a mi jardín en muletas y pisar descalzo el zacate, sentir el suelo fértil bajo mis pies. Me plantaba sobre esa tierra sanadora con cuidado, por momentos con aprensión, esperanzado en ir dando un paso a la vez, sin prisa, al ritmo que marcara la vida, hacia nuevas vivencias:

Oxalá eu não ande sem cuidado,

Oxalá eu naõ passe um mau bocado.

Oxalá eu não faça tudo a pressa,

Oxalá meu futuro aconteça.

          En mi jardín florecían dos enredaderas, la Passiflora vitifolia con sus pasiones rojas y la Passiflora alata con sus bellezas de pétalos morados y estambres violeta con blanco. Una orquídea abrió dos flores de rostro púrpura. En los rosales brotaban capullos que se desplegaban para enriquecer, con el magenta y el amarillo, la paleta de colores del jardín. Natura naturans, en su manifestación Verano Tropical, me alentaba.

          Mi ánimo mejoraba mientras el amor benevolente de la meditación metta bhavana se veía sincrónicamente reflejado en otros versos escritos por Pedro Ayres Magalhães:

Oxalá que a vida me corra bem, oxalá,

Oxalá que a tua vida também.

          Las flores de las pasifloras ofrecían su belleza a sus amantes polinizadores del jardín por un día y se marchitaban. Pero cada día brotaban nuevos capullos. Mientras tanto yo daba cada vez más pasos, hasta que pude salir a dar una vuelta por el barrio, observar jardines, apreciar sanjuanes, nazarenos y cascos de venado en flor, y ver el atardecer desde mi mirador favorito. Pude despedirme de San José, dejarle metta a mis amigos y viajar a Brooklyn.

           Y aquí estoy, en otro clima, en otra estación, en otro mundo, con su propia belleza, austera y resiliente. He podido regresar al salón de clases, ver a mis estudiantes, conversar y pensar en persona, reencontrar amigos neoyorquinos. Pero aún llevo las cosas con calma, hora a hora, paso a paso, palabra a palabra:

Oxalá o tempo passe hora a hora,

Oxalá que ninguém se vá embora.

Oxalá se aproxime o Carnaval,

Oxalá tudo corra menos mal.

 

“¡Sí!”, pienso al cantar con Madredeus. “¡Ojalá!”

Daniel Campos

Daniel Campos Badilla reparte su tiempo entre Brooklyn, Nueva York, y su natal San José, Costa Rica. Ha vivido también en Brasil. Es filósofo y profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Publica crónicas urbanas semanales en ViceVersa Magazine (Nueva York). Su libro Loving Immigrants in America (Lexington Books, 2017) narra y reflexiona sobre sus vivencias como inmigrante latinoamericano. Ha publicado ensayos en La Nación y Semanario Universidad (Costa Rica). Sus textos exploran el encuentro y enriquecimiento mutuo entre literatura, filosofía y vida cotidiana. Twitter: @Daniel_G_Campos

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