Olores

Andrea dice que ella no entiende por qué las empleadas domésticas huelen así. Yo me arrellano en mi silla, mentalmente suspiro, y me preparo para enfrentar, otra vez, la misma conversación que tenemos dos tardes a la semana, cuando cansadas de no hacer nada solas, nos reunimos a no hacer nada juntas. Todas tenemos marido; unos buenos, otros malos. Ninguna trabaja. Todas tenemos dinero, aunque en realidad no es propio. Por eso yo no las entiendo cuando hablan de su casa, de su club de playa, de su lancha, de su apartamento en Vail, si hasta para hacer mercado o comprarse un par de zapatos, tienen que pedirle al marido que les deposite. O más bien, a la secretaria del marido, que es la que maneja la plata. A mí en realidad ni siquiera me depositan, yo solo soy una firma autorizada. Por eso, yo voy a la casa, a la playa, al club, de viaje. Sin posesivos. Por supuesto que no me quejo. ¿Y de qué me quejaría, si yo estoy aquí por un golpe de suerte? Conocí a Fernando cuando entré a trabajar de recepcionista en el banco y estudiaba el último año para técnico superior bancario. Porque eso sí, mi mamá se partió el lomo trabajando toda la vida en casa de familia para que yo estudiara. Hasta me gradué de bachiller en un colegio de monjas, pero de barrio.

Ahora Andrea reparte esta mano con desgano. Ante el silencio que se hace mientras cada una se concentra en sus cartas, vuelve con el comentario de siempre: que ha tenido no sé cuántas domésticas y que todas huelen igualito; que cuando le viene la ráfaga busca compararlo con otro olor conocido, pero que no, que no se le parece a ninguno. Yo medio sonrío y con falsa curiosidad le pido que me lo describa. Ella pega la nariz a su hombro, inspira profundo a través de la ropa, y mirándome dice que en realidad el olor no es de piel, no es de persona, que no le digan loca, pero lo que le viene a la mente son colores: gris y marrón. Yo inmediatamente evoco bloques y tierra apisonada.

—Eso es la linaza, chica. Agua de linaza que se echan esas mujeres para alisarse el pelo— dice Marisela antes de pedir otra carta. Y mirando a Rosana prosigue—: Tú dices que no es el jabón, ni el perfume barato que usan, porque eso se los das tú e igual huelen raro. Por eso digo que ese olor es la li-na-za —dice remarcando cada sílaba—. Yo no les pongo nada en el baño a esas desgraciadas que lo que hacen es robarme —concluye con una mueca que tiene un dejo de repugnancia.

Con la mano libre enciendo un cigarrillo. Por segundos me desconcentro del juego, como sucede cada que vez que Andrea saca el tema. En todo este tiempo ninguna se ha fijado en que yo jamás hago mayores comentarios. Suelto una bocanada de humo y espero a que me pidan que fume para adentro. Lanzan las acostumbradas carcajadas, y yo bajo la cabeza como si en realidad estuviera pendiente de mis cartas. Ahora alguna dirá que no se explica cómo es posible que yo, con ese caserón inmenso, no tenga personal de servicio y la tenga impecable; y yo reitero casi como un mantra que para qué, que si no trabajo no necesito a nadie para que me ayude en las cuestiones domésticas. Me he convertido en un mito, algo así como la heroína de las amas de casa inactivas. Cuando paso hacia el salón oigo los comentarios de las demás mujeres y mientras me río a lo interno, me acuerdo de mi mamá que me enseñó muy bien cómo hacer «el oficio de adentro».

Cuando como toda una cenicienta de la modernidad —educada a punta de sudor de escoba y coleto, bien vestida con trapos elegantes heredados de las niñas de la casa— había alcanzado el puesto de asistente a la presidencia, se desató la crisis bancaria. Casi todo el mundo huyó despavorido para eludir responsabilidades, pero yo me quedé a capear el temporal junto a un Fernando, medio arruinado y maleteado, con auto de detención y prohibición de salida del país. Al final se resolvió lo del auto de detención. Pero lo de la esposa y los hijos de Fernando, no. Viven en Miami desde ese entonces; no los ha vuelto a ver.

Después de que terminó el juicio, me llegó el premio a la empleada del mes, a la que no le dio la espalda al ejecutivo en desgracia. La lealtad rinde más dividendos que una acción de banco intervenido. Por eso es por lo que hoy estoy aquí, como todos los martes y jueves, sentada frente a esta mesa de paño verde, esperando —con la misma paciencia que esperé a que la fidelidad al patrón rindiera sus frutos— a que Andrea dilucide el misterio de ese olor que no se disimula con nada, ni con perfumes, ni con desodorantes. Ni con carteras ni zapatos de marca.

La veo cerrar los ojos y sé que está buscando en su interior algo que la ayude a explicarlo. Sigue diciendo como si nadie la hubiera interrumpido, que ese bendito olor es rancio, como las cosas cuando están guardadas durante mucho tiempo, que huele a encerrado.

—¿Encerrado en dónde? —pregunto yo.

—Qué sé yo dónde. ¿No ves que no lo ubico? Ese olor está allí, en la ropa, en el aliento de esas mujeres. Y lo peor —dice mientras huele nuevamente su camisa de impecable lino blanco—,  es que se pega, porque ahora mismo lo estoy sintiendo.

Y entonces yo, otra vez, como en todas estas tardes de hastío, resisto la tentación de decirle que sé de qué me habla, que yo sé cómo ese olor se te impregna en la piel y se te incrusta en los sentidos, y no te suelta, y se transforma en un sino, en una marca indeleble. Que yo sé que ese olor no es otra cosa que el olor de la pobreza. Pero prefiero, como siempre, encender otro cigarrillo a ver si el humo le disipa la angustia de no reconocerme.

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