Dicen los que saben que los perfumes finos vienen en frascos pequeños. A veces también sucede en el mundo de la novela. No se necesita derramar tanta tinta para convertir una obra en una pequeña joya de la literatura.

Recupero esta reflexión dos años después de comentarla con una buena amiga, quien en su momento me dijo que había comenzado a rastrear novelas cortas por el gusto que suponía su lectura y el descubrimiento de que algo diminuto puede ser, al mismo tiempo, muy grande. Y vuelvo a esta idea después de terminar la lectura de La uruguaya, del argentino Pedro Mairal. Ciento cuarenta y dos páginas de puro placer lector. Una novela quizá demasiado personalista, pero que, al mismo tiempo, esto la convierte en una obra honesta y sincera.

Pero antes de continuar, pongamos un poco de orden. ¿Qué es una novela corta? Aunque existen parámetros reconocidos, por decirlo de alguna manera, para mí lo es una obra que no pasa de las 200 páginas. Quizá me equivoque, si alguien así lo considera, le agradeceré su comentario.

Dicho esto, al igual que mi amiga, decidí hacer mi propio rastreo, pero en sentido contrario. Buscando aquellas novelas breves que me hubieran causado una impresión igual que esas obras tan monumentales como inolvidables. Comprendí entonces que mi vida lectora guardaba varios títulos en su historia.

Para empezar, si Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, una obra tan enorme como universal, me decidió a convertirme en un ser dedicado a las letras, fue Aura, del mexicano Carlos Fuentes, la que me demostró que, sólo con palabras, se pueden crear atmósferas inquietantes a través de un estilo original, en este caso, escrito en segunda persona y en menos de 80 páginas. Poco después vino Crónica de una muerte anunciada del propio García Márquez, todo un referente de la literatura latinoamericana, con ese inicio inolvidable que nos cuenta el final de la historia para incitarnos a seguir leyendo hasta la última palabra casi en un solo aliento.

Y es curiosamente una novela breve la que cuenta con uno de los mejores inicios de la historia de la literatura: La transformación (también conocida como La metamorfosis), de Franz Kafka. Tal vez no sea la mayor de sus obras, ya que todas podemos considerarlas obras maestras, a pesar de que la mayoría quedaron inconclusas. Pero es a través de ella como muchos lectores lograron introducirse al universo kafkiano. Unos lo toman y continúan, otros lo dejan. Pero a nadie deja indiferente.

También está el caso de ese autor mitificado por dos novelas largas en exceso, y quizá su pieza más personal y profunda, y menos intelectual, sea una de sus obras breves. Este es mi punto de vista sobre Roberto Bolaño y su Estrella distante. El único de sus textos con el que logré conectar más allá de lo meramente literario. Quizá sea por esa relación “amorodio”, entre un torturado y su torturador, que siempre me ha causado una tremenda curiosidad. O tal vez por esa imagen de un avión escribiendo poemas en el cielo. Un pasaje inolvidable. Debo señalar que recordé la obra de Bolaño para este artículo al incluir en el listado otra que me dejó aún más poso como fue Bariloche, de Andrés Neuman. Porque las historias sobre las huellas que deja el primer amor siempre me han parecido irresistibles. De ella es imposible olvidar el momento en que la pareja se queda varada en un bosque en medio del frío y la lluvia, y que le protagonista recuerda, muchos años después, como el único momento feliz de su vida.

Para el final dejo tres novelas que he leído en los últimos años y que ahora forman parte de esa librería personal que todos los lectores guardamos con celo. La primera es esa pequeña joya llamada Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, la cual releí hace apenas unas semanas y fue capaz , no sólo de deleitarme, sino de volver a sorprenderme y volver a enamorarme de un personaje tan entrañable como es su protagonista. Es seguro que la leeré, no una vez más, sino varias en los próximos años. De alguna manera todos deberíamos ser un poco “pereiras” en la vida, dejando que el alma predominante gobierne sobre las demás, aunque no sepamos por qué.

La segunda es uno de los primeros títulos que leí recién llegado a mi nueva aventura en Europa Oriental. Y me vino bien, pues me sentí identificado con el protagonista que llega a un mundo nuevo, irreal, donde habla, pero nadie le escucha. Hablo de La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.

Por último, mencionaré, curiosamente, la novela de un autor ruso, poco conocido, y con la cual también me sentí plenamente identificado con su protagonista: por su profesión, por su actitud, por su forma de sentir, por sus obsesiones y sus inseguridades. Me refiero a El espectro de Aleksandr Wolf, de Gaito Gazdánov. Y porque todos tenemos un momento único durante nuestra existencia, principalmente en la juventud, que nos determina para siempre.

Y permítanme terminar con una pregunta. ¿Es El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, una novela breve o un cuento largo? Quizá la duda sobre y lo único cierto es que es un clásico y parece que lo seguirá siendo por siempre.

Y después de este recorrido, observo cada título y es inevitable recordar una frase de William Shakespeare: La brevedad es el alma del ingenio.

Tenía razón.

P.D. Por favor, si conocen una novela breve que les parezca una pequeña joya de la literatura, espero sus recomendaciones. Twitter: @lopez_aguirre

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Carlos López-Aguirre es periodista y escritor mexicano. Su trabajo fue elegido para formar parte de la Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012). En ficción, aparece en la selección de relatos Sospechosos Habituales – Las vueltas abiertas de América Latina (Demipage, 2017). Sus microrrelatos han ganado concursos en Editorial Tusquets o el periódico español El País. También han sido publicados en El Periódico de Catalunya y la revista El Rapto de Europa. Ha colaborado para periódicos como REFORMA de la Ciudad de México, El Colombiano de Medellín, así como en las revistas Yorokobu de Madrid, Tusitala y Librújula de Barcelona. Blog: http://expresionescronicas.wordpress.com