Observar estrellas con Hyam Plutzik

        Se asoma la primavera en Brooklyn y con ella regresa la posibilidad de salir de madrugada, sin tiritar de frío, a observar estrellas con Hyam Plutzik (1911-1962).

          Conocí a este poeta brooklynense, de origen bielorruso, gracias a la antología bilingüe 32 Poems // 32 Poemas (Miami: Suburbano Ediciones, 2021) que invita a conocer la obra original de Plutzik en inglés, y la traduce por primera vez al español. Disfruté un par de semanas del verano pasado leyendo uno o dos poemas diarios.

          El 6 de agosto, aniversario del primer bombardeo nuclear en la historia de la humanidad perpetrado por un país anglosajón contra uno asiático, leí el poema “Hiroshima.” Plutzik, miembro de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, me impresionó con su estatura moral al ser capaz de cuestionar el bombardeo, en el contexto de una nación que se creía moralmente incólume:

The man who gave the signal sleeps well—

So he says.

But the man who pulled the toggle sleeps badly —

So we read.

And we behind the man who gave the signal —

How do we sleep?

And they below the man who pulled the toggle?

Well?

          La ambigüedad del último verso expresaba con sutileza la dificultad de la cuestión moral. Presentaba, además, un desafío de traducción que Pablo Brescia resolvió así:

El hombre que dio la señal duerme bien —

Eso dice, al menos.

Pero el hombre que accionó la palanca duerme mal —

Eso leemos.

Y nosotros, lo que estamos detrás del hombre que dio la señal —

¿Cómo dormimos?

¿Y los que están debajo del hombre que accionó la palanca?

¿Y?

          Esta pregunta final puede significar muchas cosas y Brescia logra transmitirlo. “¿Y, duermen bien nuestras víctimas?” ¿Es un descanso su muerte? ¿Para ellos o para nosotros? “¿Y, sabemos cómo duermen?” Es un enigma la muerte. “¿Y, nosotros que estamos vivos, pensamos en cómo duermen?” ¿Nos interesa? “¿Y, nosotros con la certeza moral de que el bien está siempre de nuestro lado, tenemos algo que decir?” La interpelación de Plutzik continúa vigente, sobre todo en esta sociedad tan dada a señalar cuando los otros son los agresores sin legitimidad, asesinos de civiles, criminales de guerra y amenazas nucleares, sin ser capaz de cuestionarse a sí misma.

          Durante las noches frías del invierno que termina, regresé a los versos de otro poema, “To Those Who Look Out the Window.” En las noches de cielo límpido me asomaba por la ventana tras leer los versos iniciales del poema:

To those who look out of the window at night

This passing moment, within the bounds of our city:

We are not many, standing in the dark by the window,

With the cool and starlit air brushing the face

And our eyes hungry for the light-givers,

The luminous ones, brightening the reaches of the sky.

          Mi mirada buscaba estrellas a través de las ramas sin hojas del árbol al frente de mi ventana. En la relativa oscuridad de Windsor Terrace, barrio escondido en un recoveco de Brooklyn, reconocía algunas constelaciones, como el Cinturón de Orión. La mayoría de los astros, sin embargo, eran desconocidos que me devolvían su mirada desde el firmamento:

Para los que miran la noche fuera de la ventana

En este instante que pasa, dentro de los límites de la ciudad:

No somos muchos a los que, en la oscuridad, de pie junto a la ventana,

El aire fresco e iluminado por las estrellas roza la cara

Y los ojos ávidos de las que emiten luz,

Las brillantes que alumbran los confines del cielo.

          Al leer la traducción de Jorge Vessel, solamente prefería cambiar un detalle para mí mismo. Plutzik escribe “our city”, “nuestra ciudad”, y este detalle me hacía sentir mayor intimidad con la voz poética al imaginar que nuestra ciudad era precisamente Brooklyn, hogar de tres millones de almas, algunas de las cuales gustan de contemplar estrellas.

           Ahora que regresa la primavera es más fácil salir a caminar antes de ir a dormir. Pienso en la invitación de Plutzik a los espíritus nocharniegos:

…feel the brush of the wind on the face, the bath

Of the light, the torment of beauty deep in the throat;

And strive, in secret, this brotherhood so small,

To climb the stairway out of the dust a moment

Before the lying down to sleep and the surrender.

          En busca de oscuridad aún más propicia para la observación, a veces desciendo la colina hacia las márgenes de Prospect Lake. Otras veces subo hasta las cercanías del cementerio Green-Wood. Siempre me acompañan los vecinos ocultos que, desde alguna ventana o azotea, también procuran astros, miembros de la hermandad en el cierre del poema:

…sintamos el roce del viento en la cara, el baño de luz,

El tormento de la belleza en lo profundo de la garganta;

Y tratemos, en secreto, en esta pequeña hermandad,

De salir del polvo trepando por la escalera justo

Antes de acostarnos a dormir y rendirnos.

          Mientras camino pienso en Plutzik, de cuya vida no sé más que la breve biografía incluida en el poemario. Comparto su aprecio por la literatura filosófica de Henry David Thoreau y lo imagino en su juventud, cuando vivió “un año thoreauviano en la campiña de Connecticut”. Admiro estos treinta y dos poemas de belleza estética, profundidad intelectual y sensibilidad humana, apenas un esbozo de toda una obra por explorar.

          Siento que ya lo conozco. Es asombroso cómo estos poemas, escritos por un brooklynense bielorruso hace más de medio siglo, pueden llegarle a un peripatético centroamericano, décadas después, para crear una sensación de hermandad. Él también se asombraba con las posibilidades humanas de la poesía:

Out of my life I fashioned a fistful of words.

When I opened my hand, they flew away.

           Según la traducción de Pablo Cartaya:

De mi vida he creado un puñado de palabras

Y cuando abrí la mano, salieron volando.

Algunas de ellas vuelan aún en la brisa primaveral de la noche brooklynense y me susurran.

 

 

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