Niños

retratoRonconeLlegué tarde a la reunión. La moderadora del grupo esperaba a la salida de la escuela. Me presenté y dejé el paraguas en un balde celeste, al lado de la puerta.

–Son las nueve –dijo, y se acomodó los gruesos lentes–; pensé que ya no venías.

Esa misma tarde había discutido con mi padre y había dudado en salir de casa, pero eso no se lo dije.

–Disculpe. Es lunes y tuve que ir a clases.

–Mucha gente me llama y dice que vendrá –aseguró–, pero luego se arrepienten y no llegan.

De un tiempo a esa parte tenía la costumbre de visitar grupos de todo tipo: sindicatos, conferencias de autoayuda, talleres literarios gratuitos, ciclos de cine, centros políticos para jóvenes o charlas para adictos. No me importaba mucho el tema o la gente, solo buscaba estar en algún lugar, rodeado de personas, y dejarme llevar por las voces de otros, por la compañía de otros. La idea la había sacado de una película norteamericana en la que un tipo visitaba grupos para enfermos de cáncer. Gente desamparada entre la que este tipo se sentía bien y se desahogaba. Cuando le conté a mi hermana lo que hacía, me dijo que había otra película, una mucho más antigua, en la que ponían canciones de Cat Stevens, que trataba de un joven y una anciana que iban a funerales y entierros de desconocidos, pero eso nunca lo hice, por respeto a los familiares.

A la moderadora de este grupo la había contactado por teléfono y me sorprendió que fuese tan joven. Era baja, rechoncha y de mejillas coloradas. Tenía el pelo castaño agarrado en un moño y un vestido largo. Entramos a la escuela por la puerta trasera. Caminamos por el patio vacío y luego por un pasillo mal iluminado.

–Nos reunimos aquí porque el director forma parte del grupo –dijo– y no nos cobra arriendo ni nada.

Mi padre y yo habíamos discutido esa tarde porque le dije que no volvería a la universidad. Fue una discusión corta e intensa. Quiero ser actor, le dije. Actor y director de teatro. Lo había pensado durante un tiempo y me mantuve tenaz en mi posición. Yo no sabía mucho de teatro –apenas había leído un par de obras–, pero sí estaba seguro de que no quería ser médico, como mi padre, mi madre y mi hermana.

La moderadora se detuvo en una puerta que tenía una pequeña cartulina pegada con scotch: «Sala de reuniones. Próxima semana reservada para grupo de Boy Scouts».

–Tienes que estar tranquilo –dijo–, la primera vez siempre es especial.

Pasamos a una sala pequeña. Los padres estaban sentados en sillas de colegio formando un círculo. No eran más de diez. Había un pizarrón y un diario mural con actividades de la escuela. El piso era amarillo y las paredes celeste agua.

–Bienvenido –exclamó alguien.

Di las gracias y me senté al lado de un señor de unos cincuenta años. Tenía ojos de gato y la nariz chata. Sostenía en sus manos una foto antigua en la que sonreía un niño ojeroso y delgado.

–Todos traemos alguna foto de nuestros hijos muertos –dijo la moderadora–. Nos sirve para el contacto.

Por supuesto, yo no tenía ningún hijo muerto. A mis veinte años ni siquiera había pensado en la posibilidad de tener hijos. Pero estaba ahí, sentado entre toda esa gente, esperando ansioso la sesión de espiritismo.

– ¿Cuántos años tenía tu niño? –me preguntó la moderadora.

–Cinco –mentí.

–Lo tuviste muy joven –comentó un hombre de barba blanca y tupida. Era el más viejo, y la moderadora me había comentado por teléfono que llevaba más de veinte años teniendo contactos con el espíritu de su hijo.

–Sí –dije–, la verdad es que aún estaba en el colegio cuando nació.

–¿Cómo murió? –preguntó el señor ojos de gato.

Miré alrededor. Todos esperaban mi respuesta. Parecían niños, niños ansiosos y divertidos, como si estuviesen preparados para una batalla de bolas de nieve o globos de agua.

–Se ahogó en una piscina –dije–. No sabía nadar.

–Estamos aquí para apoyarte –dijo el tipo de barba.

Las cortinas eran de color morado y estaban abiertas. Afuera había un jardín y una banca en la que descansaba una mujer, de perfil a la sala. Era aún más pequeña y gorda que la moderadora. La luz del farol la defendía de la noche y se veía concentrada, con la cabeza doblada hacia abajo.

–Es doña Marta –dijo la moderadora–, la médium que nos conecta.

–Está preparándose –señaló Cara de Gato–, necesita concentrarse antes de entrar en contacto.

–Es importante que te relajes y que confíes –dijo la moderadora.

–Todo se trata de confianza –aseguró alguien–. Los espíritus se manifiestan cuando hay un ambiente amable.

En la esquina de la sala había un ventilador. Era muy pequeño y no estaba enchufado. También había un estante cerrado con un candado, uno que otro macetero sin plantas y dos escobas apoyadas en una esquina.

–La primera vez uno siempre la recuerda –dijo Cara de Gato–. ¿Se acuerda de mi primera vez, don Luis?

El hombre de la barba tupida se acomodó en su puesto y sonrió, satisfecho. Tenía los ojos pequeños y la piel muy tostada. Dijo:

–Sí, sí, claro que me acuerdo. He visto pasar a muchos padres y también a muchos moderadores.

Doña Marta dejó el jardín y entró en la sala. Todos los padres se quedaron callados y la miraron avanzar. La mujer se sentó en una de las sillas del círculo. Tenía la cara redonda y el pelo teñido rubio. Era ciega, pero no usaba bastón; le calculé unos cincuenta años. La moderadora se levantó, encendió tres velas y las puso en el centro del círculo. Luego apagó la luz y volvió a su puesto.

–Solo puedes hablar cuando ella hable –me susurró Cara de Gato al oído–. Y no exageres con las preguntas, que la mujer se agota.

Nos tomamos de las manos. Doña Marta se sacó los lentes oscuros y se tomó de las manos de los padres que estaban junto a ella. Tenía los ojos pálidos, como velados, y así, en penumbra, apenas iluminado su vestido amarillo por las velas y la luz del foco que se colaba desde el jardín, me pareció que su cara no tenía nada especial, nada que me hiciese sospechar lo que vendría.

Doña Marta abrió la boca y la mantuvo abierta durante uno o dos minutos. Luego comenzó a mover la cabeza, como si estuviese asintiendo. Todos los padres sacaron las fotos de sus hijos y las pusieron en sus regazos o faldas. Doña Marta cerró la boca y empezó a emitir sonidos –una especie de ronroneo intermitente– y el movimiento de la cabeza se hizo más continuo y agitado. Finalmente se detuvo, inclinó levemente el cuerpo y comenzó a hablar.

Salí de la escuela algo aturdido. No quería llegar a casa y ver a mis padres y a mi hermana, todos tan perfectos hablando de pacientes o anécdotas del hospital. La noche estaba fresca y había comenzado a llover. Decidí llevar a la moderadora a su casa porque la vi en el paradero de buses, sin paraguas, y no quería estar solo. La mujer subió a mi auto y se sentó con las piernas muy juntas.

–Imagino que te sientes raro –dijo después de unos minutos–, al comienzo es difícil acostumbrarse a que ellos siguen ahí, con nosotros.

La sesión de espiritismo me había impactado, en cierta forma. Doña Marta se había comunicado durante toda la sesión con el que se suponía que era mi hijo muerto. Relató detalladamente toda la historia que me había inventado cuando decidí participar y con la que había engañado a los padres. Dijo que veía a un niño de cinco años. Un niño delgado y lindo. Dijo que veía agua, y en ese momento todos los padres se volvieron hacia mí. La emoción de Cara de Gato era descontrolada y nerviosa, como si tuviese ganas de levantarse y comenzar a gritar. Veo a un niño que hunde los pies en la piscina, dijo la mujer, sin dejar de mover su cabecita, apuntándome directamente con esos ojos pálidos y enormes. Yo sentí cierta angustia, pero intenté mostrarme fuerte. El niño cae en el agua, continuó doña Marta, y nadie lo escucha. Nadie está ahí para darle una mano, para ayudar a este niño. Cara de Gato me susurró que no me sintiera culpable. Doña Marta hizo un movimiento brusco con la cabeza y cambió el tono de voz. Ahora era ronca y áspera. Todos la miraron inquietos. Quiero que sepas que te quiero, dijo doña Marta, temblando. Te quiero mucho. Soy tu hijo y siempre estaré contigo. Algunos padres comenzaron a llorar. Papi, estoy en el cielo, dijo doña Marta, y el cielo es lindo. Luego se detuvieron los temblores y la sesión acabó. La moderadora, en silencio, apagó las velas y encendió la luz. Cara de Gato me abrazó con el brazo izquierdo y esperó a que yo le dijera algo, pero no se me ocurrió nada.

La moderadora me indicó la dirección de su edificio, ubicado en una población a la salida de Santiago. Yo no sabía de qué hablarle, así que le conté sobre la pelea con mi padre y le dije que dejaría la universidad.

–Yo soñaba con que mi hijo fuera médico –dijo–. Todas las madres quieren un hijo médico.

–Pero en mi casa ya hay una hija médico –le dije.

Las calles estaban mojadas y los colores de los árboles parecían más vivos y nítidos.

–Tuviste suerte –dijo la moderadora–. Yo llevo cinco años intentando comunicarme con mi hijo y solo se ha manifestado tres veces.

–¿Y qué le dijo?

–Dijo que me perdonaba por haberlo dejado solo la noche que murió. Que no era mi culpa –la moderadora se detuvo un instante y miró por la ventana–. Que él sabía que yo no estuve ahí porque estaba trabajando, trabajando para él y para su abuela.

Cuando llegamos a su edificio la lluvia había aumentado. Apagué el motor y nos quedamos en silencio, mirando hacia delante.

–No dejes la universidad –dijo, pero yo no le respondí, la verdad es que en el fondo me daba igual seguir o renunciar a la carrera–. Yo vivo ahí –la moderadora señaló un edificio de ladrillo chato y con escaleras externas.

Por un instante pensé en hacer una locura.

La mujer estaba ahí –con esos lentes gruesos y ese vestido largo y esa figura gruesa y colorada–, sentada a mi lado, e imaginé que le proponía tener un hijo conmigo.

Un hijo como su hijo muerto.

Un niño lindo y delgado al que le enseñaríamos a nadar desde chico y que no dejaríamos nunca solo porque mi padre me daría dinero para contratar una nana. Un niño que criaremos para que sea médico, pensé. Un niño educado y parecido a mí. Podríamos ser muy felices. Yo incluso sería capaz de ponerme estudioso, me dije, y terminar lo más rápido posible la carrera. La moderadora y yo juntos en un hogar cálido. Ella nunca más tendría que volver a las sesiones porque ahora tendría un nuevo niño y me tendría a mí. Y envejeceríamos unidos y quizá hasta podríamos tener más hijos.

–Ha sido un gusto –dijo la moderadora–. Gracias por traerme.

–Buenas noches.

–Buenas noches –dijo, y se perdió por el camino que conducía hasta su edificio.

Este cuento pertenece al libro Hermano ciervo que puedes descargar desde la imagen

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Juan Pablo Roncone

Juan Pablo Roncone (Arica, Chile, 1982). Escritor y licenciado en derecho. En 2007 su novela inédita Los días finales ganó el Premio a la Creación Literaria Joven Roberto Bolaño. Hermano ciervo es su primer libro de cuentos y fue editado previamente en Chile por Los libros que leo y en Argentina por Fiordo. Entre otros reconocimientos, esta colección de relatos recibió el prestigioso Premio Municipal de Literatura 2012. Actualmente vive en Santiago de Chile.

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