«Monólogo de Jacinta», un adelanto del último libro de Gisela Heffes.

     Monólogo de Jacinta, dentro de la cama, rodeada de frazadas, sudando de fiebre y sumida en un sueño profundo:

     No fue la primera vez que nos peleamos, licenciada. Sí, me relajo y me dejo llevar por las palabras. Sé que usted me va a ayudar. Me va a curar. Que usted me pondrá en trance y yo escupiré mis angustias para que salgan y se queden afuerita. Le repito, no es la primera vez que nos peleamos. Ya lo siento, digo, los temblores físicos. La verdad es que nunca lo aguanté mucho, lo reconozco, pero me da pena decirlo ¡imagínese! si me escucharan nuestros padres, la de mala sangre que se harían… Pero me la aguanté, por eso de que hay que honrar a los padres, como dice la Biblia, pero ahora que usted me pregunta y me promete que mis pensamientos no saldrán de este cubículo, me desahogo porque como dice, es bueno, y se ahorra una tener una ulcera… Ay, siento el tembleque… Es como una hipnosis que le entra por los ojos y le sale, mejor no digo… No, no se lo dije de frente nunca, ¿no le digo que para evitar conflictos familiares…? Pero en trance es distinto, las cosas salen de otro modo, mis padres no me escuchan, y las paredes me protegen. No lo aguantaba, ni a él ni a su mujer, que para mí era todo lo que más detestaba de las mujeres, ¿sabe? Muy frívola, pobrecita, de muchas ínfulas y muy poco vuelo, de poca clase como decía mi abuela, siempre dándose aires, pero en realidad trabajaba en la panadería, y le quedaba bien para vender pancitos, flautas, bolas de fraile, y eso, pero nada más… Y no sé de dónde Hernández sacó eso de que los hermanos sean unidos y que esa es la ley primera, no sé qué se le dio cuando escribió eso, seguro estaría borracho, o alucinando, unidos un carajo, unidos sí, si se llevan bien, si se respetan ¿sabe? pero si no ¡a la mierda! Se mataba el Martín Fierro con sus hermanos, con el moreno, ni que hablar, que no me diga ahora lo de que sean unidos, y que no me hable de la ley, que eso nos enseñaron en la escuela, cuando leímos nuestro poema nacional, nuestro Homero, decían las maestras mientras nos colocaban escarapelas azul y blanca, que se vaya a cagar… sí doctora, licenciada, lo que sea, usted me pone en trance y yo le hablo, y le suelto todo, pero que no salga de acá ¿me promete? Porque eso es lo que se me dio por decirle a mi hermano, que se vaya a la mierda, que eso de arruinarle a una el cumpleaños, con su mujer que se anda haciendo caricias y flirtea con su propio hijo, imagínese, qué desvergonzada o insegura la muy pobre, que se agarra del hijo porque no lo puede agarrar al marido, y se da aspavientos, y quiere y quiere, pero no le da, sabe, porque cuando no le da el cuero, no le da, licenciada, y usted eso lo sabe bien… si habrá visto casos… Y ya que me pregunta, le cuento que eso no se hace, no se le arruina el cumpleaños a una, mire, cuando yo fui al de mi hermano, con la familia y todo, nos portamos toditos muy bien, muy respetuosos, a pesar de no aguantarlo, pero él, no, él tiene que arruinarle la fiesta a una… y ella también… pero qué envidiosos ¿no? Pero licenciada… ¿qué carajo es una familia si le arruinan a una el cumpleaños? Y sí, la mujer de lo más arpía, panadera, pobre, no le da el cuero para más, pero él, él sí es un muchacho inteligente, podría estar con una mujer más despierta, no tan emplumada, más culta como decía mi abuela… pero ésta es medio como las barbies, sabe, esas muñecas que no saben hablar, rubiecitas, que se las sientan o se las hace caminar, o lo que sea, muy bobitas pero en el fondo no, muy manipuladoras, lo tiene agarradito de los huevos a mi hermano, y fíjese que cuando quería salir a caminar con él para hablar, sabe, para ventilar un poco las cosas de familia, la mujer no lo dejó, lo mandó a que se suba en el auto y él la obedece, así, pobrecito, también solía ser más independiente… Pero licenciada… no sé por qué le digo esto porque las ínfulas de una o la prepotencia del otro me importan un carajo… sí, es intolerante y autoritario, le gusta dominar, sabe, y grita, y a mí, doctora ¡a mí no me gritan! Yo no dejo que me griten, ¿sabe? Que le grite a la barbie. Imagínese, a mi edad, que le vengan a una a gritar, que se vaya bien a la mierda, que le grite a su panadera… Pero licenciada, entre nosotras, esto… esto que no salga, que no salga de aquí, porque a los padres hay que respetarlos y ellos sí, ellos si quieren ver que los hermanos son unidos, y que ésa es la ley primera, y toda esa barrabasada que se invento el alcohólico de Hernández…  Ya me dirá…

     Fin del monologo de Jacinta, luego de desquitarse, entre sueños, de sus fantasías hondas, de sus deseos velados. Sobra decir que al despertar Jacinta no recordaba nada. Se sentía fresca como una lechuguita. Había plegado sus ensoñaciones en una servilleta imaginaria, la cual guardó al instante en uno de los cajones que atesora el armario de su memoria

 

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Amín

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