Miami es azul

Así es. Y no lo digo por el color del cielo ni por el mar, iconos estéticos de esta ciudad del sur de la Florida junto a sus playas. Lo digo por Miami Blue y otras historias (Katakana, 2019), el libro de relatos del mexicano Xalbador García (Cuernavaca, 1982), y por las mariposas.

Si el mes pasado hablaba desde esta columna de la mirada de Jorge Carrión, de su capacidad para percibir lo que estaba ocurriendo en la ciudad en torno al colectivo SED, que edita este magazine cultural desde el que les escribo, y donde también publica García, cabe decir que, en honor a la verdad, también hay otros actores en la arena cultural de Miami que están haciendo una gran labor por la difusión de la cultura hispana en la parte meridional del Sunshine State. Hoy, en concreto, me quiero referir a Omar Villasana, editor en jefe de la revista Nagari e impulsor del sello Katakana, que está realizando un gran esfuerzo por promocionar la literatura hispana en los EEUU con la traducción de clásicos contemporáneos de las letras mexicanas, como Isaí Moreno o Alberto Chimal. Pero, además, Villasana está descubriendo y publicando a nuevas voces, como la de García o la de la cubana Dayneris Machado (La Habana, 1986). La de Villasana es una labor necesaria, a aplaudir desde estas letras.

Por otra parte, el libro de García se lee como una telaraña: la telaraña de personajes que se entrecruzan en las esquinas más sórdidas de la ciudad de Miami y juntos construyen un relato coral. Así es en el relato que da nombre al libro: “Miami Blue”, una novela corta que ocupa casi la mitad del volumen y en el que se tropiezan muchas voces con intereses dispares: Angie, Alberto, Lucía, Jaia, los hondureños… La mayoría de ellos comparten un mismo deseo, el de narrar la vida de los otros. Pero son seres efímeros, como las mariposas Miami Blue que dan título al relato: “que son endémicas del sur de la Florida y que deben ser las últimas. Están por extinguirse.” (p. 12) Una telaraña distinta, de otro tipo, encontramos después, en esas otras historias, si bien de una forma diferente, como una miscelánea en la que no solo se entrecruzan las historias y los personajes, sino en este caso, los estilos de los relatos, que no se expresan siempre con esos tintes de realismo sucio con los que se conduce “Miami Blue”, sino que combinan voces cubanas en “¡Patria o Muerte!” —y en unas cuantas piezas más—, relato de pura autoficción sobre la muerte de Castro; sonidos mexicanos en “Miami love”; ecos cortazarianos en “Díaz Ordaz, el quinto Doors” y, muy especialmente, en “Pétalos de cempasúchil”; y hasta historia ficción en “La madrugada que no fusilaron a García Lorca”.

A veces García se expresa con palabras muy hermosas y reflexiones profundas: “Es necesario amar. Levantarse por la mañana y encontrar unas manos y unas palabras.” (pp. 128-9). Otras, es más sórdido: “El semen salió y le tatuó las piernas.” (p. 27) Pero siempre con la misma voluntad, la de hacer de Miami un territorio narrable, un espacio sórdido y lleno de las miserias que sufren sus personajes, que es, precisamente, el interés de esos otros narradores que giran en torno a la constelación Suburbano y con los que García comparte intereses y amistad. Se trata de ese Miami noir del que habla Pedro Medina —quien acaba de publicar su última entrega: Americana—: “esta ciudad dispuesta a maquillarse de paraíso para ocultar el horror que le daba la vida” (p. 19), un Miami que para Garcia está al borde de la extinción, como esas mariposas de las que habla. El de Medina es un proyecto consolidado, la de García una propuesta en ciernes, que gracias a Miami Blue y el trabajo editorial de Villasana nos permite saborear la primera entrega. No podemos sino agradecer su aparición en el panorama literario hispano en los EEUU.