Mi patria de santos

Hace poco, hablando con algunos familiares sobre la situación en Colombia, les comentaba que, a mi parecer, el término “comunismo”, a diferencia de quienes tenemos más de treinta años, ya no hace mella en las nuevas generaciones, pues ellos crecieron en un mundo sin el Muro de Berlín, y en el que un país como China, que se supone comunista, hace negocios con todo el mundo, incluido los Estados Unidos, bastión del capitalismo.

Es por esto que pienso que enfocar una campaña a favor del No en el plebiscito sobre los (en mi opinión, macabros) acuerdos de la Habana, hablando de una amenaza comunista, no es muy eficaz; aunque la amenaza de la llegada de un posible régimen que, como el venezolano, disfrazado de comunista o socialista, socave todas las libertades en el país mientras estrangula a su industria y le chorrean las fauces de corrupción, es real e inminente.

Del que sí creo que todos saben, incluso los que no lo sufrieron vivo, es del tristemente célebre Pablo Escobar, famoso tanto por sus crímenes como por las series de televisión, documentales y libros sobre su vida. Escobar no mataba por llevar al poder una ideología y su ejército lo componía una pandilla de matones en motocicleta esparcidos por las ciudades. Sin embargo, nunca estuvo Colombia tan en guerra, como la época que este criminal decidió enfrentarse al estado.

¿Por qué? Porque era el rey de la cocaína, y ese título implica tener miles de millones de dólares dispuestos para corromper, pagar asesinatos, penetrar las instituciones, socavar la justicia y cometer actos terroristas. La guerra en Colombia de los últimos 30 años ha tenido un denominador común: la cocaína. Por causa de ese polvo blanco se han derramado millones de litros de sangre y lágrimas.

Cuando Juan Manuel Santos llegó al poder en el 2010, en Colombia había 62.000 hectáreas de coca cultivadas. Según datos de la Casa Blanca para el 2015, después de que las FARC impusiera como condición el fin de la fumigación aérea con glifosato, en Colombia hay más de 159.000 hectáreas cultivadas. Hasta el Fiscal General de la Nación ha pedido que, ante el fracaso absoluto de la erradicación manual, debe retomarse la hasta ahora única herramienta capaz de frenar la proliferación de estos cultivos.

Pero el presidente Santos salió a negarse, porque para él, aunque la realidad muestre lo contrario, Colombia es el paraíso idílico que él quiere vender, para que sus queridas FARC no se molesten y lo dejen colgado de los acuerdos y su soñado Nobel de Paz. Según él (a pesar de que no han movido un dedo) los santos de las FARC saldrán arropados con la bandera colombiana a arrancar con sus propias manos las plantas de coca, mientras en la realidad lo que han hecho es rociar de plomo a los comandos de policía que destinan a esa labor y sembrar más.

Juan Manuel Santos no ha llegado a estar tan cerca de una firma de una supuesta paz con las FARC porque lo haya hecho mejor que los anteriores presidentes que lo intentaron, simplemente les ha concedido a los terroristas todo lo que a los otros gobiernos les pareció inaceptable.

Y no solo es la coca, para los santos de las FARC no habrá cárcel y podrán participar en política, por ellos se ha perseguido a la oposición, se ha destituido a todo funcionario en desacuerdo con los diálogos, se ha utilizado el presupuesto nacional para comprar elecciones, se va a imponer en el territorio nacional una justicia alterna a la justicia colombiana y se ha cambiado la Constitución a la fuerza.

El presidente Santos clama para sí un triunfo que es la peor de las derrotas, la de un vanidoso que se arrodilló ante unos matones por los que el pueblo colombiano nunca, ni en los peores momentos de todas sus guerras, se inclinó un milímetro.