Los rusos

Dos hombres hablan en una lengua desconocida bajo la garita de piedra en Brighton Beach. Son las tres de la tarde y el calor sube por las paredes de la garita. El sol quema los pies. La arena se arremolina por la leve brisa que corre suave.

Dos hombres hablan en una lengua desconocida e intercambian un vaso de plástico. El vaso tiene vino y ellos se ríen a carcajadas. Desde mi posición percibo un insufrible olor a orina, alcohol y comida caliente. Los dos hombres tiran unos naipes. Juegan a un juego incomprensible. Llega un tercer hombre y se incorpora. Las cartas pasan entre las manos y la ronda es interminable.

Hay manchas de mugre y líquido aceitoso en el piso de material y mis pies descalzos rozan los restos de arena. El olor no se va. El alcohol es la moneda que los une. Esa lengua áspera y desconocida es su carta común. El alcohol es su lengua universal.

En esta playa larga, con pisos de madera, el idioma es una cosa pública. Escudriño en mi memoria las lenguas que he escuchado. Recorro los pasillos de mi pasado. Sospecho que es un idioma de Oriente, lejano, antiguo.

Me dicen que hay muchos exiliados y refugiados rusos. Dicen que hay una comunidad de judíos rusos. Es sólo un dato que circula. No lo corroboro. Me quedo con esa información al voleo. Me importa más lo que veo en la calle.

La lengua rusa está en todos los rincones. Comida, ropa, videos, juguetes, diarios, revistas. Las letras del alfabeto pululan como los vasos de alcohol. Y las miradas perdidas se suman a la vivencia común.

Cuando cruzo el pasillo de madera y piso la arena de lleno, una mujer habla en una lengua que parece ruso. Habla por teléfono como si estuviera en Moscú. ¿Cómo resiste un habitante del norte frío la arena hervida? ¿De qué forma conviven la lengua áspera y literaria con los objetos nimios y rudimentarios de la feria de pulgas? Una menorá, aros, bijouterie de plástico, ropa tirada, juguetes rotos. En la feria de pulgas hay mujeres viejas con arrugas asiáticas. Y la risa de los borrachos me persigue como el viento y los helicópteros que ululan en el cielo seminublado.

Las olas van y vienen. Entre los pliegues del agua, se escucha esa lengua y las risas estentóreas de los borrachos.

Con ese murmullo hecho de lengua áspera y risa estentórea dejo que el sol haga su trabajo.