Los raros

—Quinto piso por favor, le digo al hombre alto. Presiona el botón y la luz ilumina el cinco.

En el segundo sube una mujer de cara de sombra que parece reconocerme. Me pongo nervioso porque el sentimiento no es recíproco. O tal vez sí… Instalado en el terreno de las posibilidades, ella podría formar parte de mis sueños. Su sonrisa hacia el tercer viajero acelera mi premonición.

Al llegar al cuarto piso, otro hombre, más bajo que el pasajero anterior, da un pequeño salto y se mete con apuro en la máquina. Tiene brazos gordos y una mueca de sorna. Mira a los demás y asiente, satisfecho.

Todos vamos allí, pero no nos detenemos en el quinto. El ascensor continúa subiendo, y los otros ya no están conmigo.

En el sexto piso entra un muchacho medio calvo que tiene la nariz algo enrojecida.

—¿No sabe si hay algún problema en el quinto piso?, le pregunto.

—Yo voy al quinto, me dice, y remarca el número como para subrayar que el problema es mío.

Bajamos. No sé si duermo por un instante pero vuelvo a pasarme de largo. Uso la primera persona porque el calvo ya no me acompaña.

No puedo demorarme más. Mi presencia es dolorosa aunque necesaria: hay una muerte que debe ser detenida y soy el acto principal. ¿Qué pasa con este maldito ascensor? No soy claustrofóbico, pero siento gotas de sudor que corren por mi nuca. Afuera hay un murmullo…

Ahora subo. El ascensor, esta vez, llega al lugar apropiado. Alcanzo a ver el abismo y, antes de salir, pienso que la situación es realmente (¿realmente?) ridícula.

Y entonces por fin pongo un pie en el quinto piso y la escena es de pesadilla porque ahí están el gigante, el enano, la mujer barbuda, el payaso; todos con los rostros deformados, adulándome, invitándome a salir con gestos malévolos, con miradas oblicuas, con el despecho mojándoles los labios.

La mujer dice:

—¡Doctor, qué alivio! Lo estábamos aguardando. Confiamos en que se produzca el milagro.

 Y oigo comentar al enano:

—Pobre… de esta no se salva.

En ese momento, cuando preparo los brazos, me doy cuenta que lo que me ponen no es mi guardapolvo blanco sino una cosa rígida que se ata por detrás y que hoy parece sellar mi poca suerte.