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Los misterios gozosos de Rosario

El comunicado de prensa llegó por vía electrónica a fines de enero de 2010. Anunciaba que la editorial Santillana USA lanzaba en Estados Unidos la que pasaría a ser la última novela de la escritora puertorriqueña Rosario Ferré, Lazos de sangre, publicada el año anterior por Alfaguara.

Ferré era una de las figuras literarias que siempre había querido entrevistar durante mi tiempo como periodista, y parecía que por fin lo iba a lograr. La concertación de una cita telefónica, sin embargo, se fue postergando ante las explicaciones de una amable publicista de que la autora pasaba por un mal momento de salud.

Momento que tristemente se extendió. Esperé y esperé, pero la charla nunca no se concretó.

El 19 de febrero de 2016 me enteré por qué. El día anterior, informaban medios locales e internacionales, la también cuentista, poeta, ensayista, crítica y profesora había fallecido tras una larga enfermedad. Ese mismo día del anuncio, y en lo que sería una verdadera semana de luto para los amantes de la literatura, fallecían además los escritores Harper Lee y Umberto Eco.

Para mí, Ferré constituye un caso intrigante, un misterio, no sólo por lo que publicó, sino por su vida, su forma de ser, y por cómo algunos de sus colegas en la isla la trataron y, hasta cierto punto me atrevería a decir, continúan tratando – su obra.

Mi interés por Ferré incrementó luego que mi madre me revelara que ambas habían sido compañeras de clase mientras completaban sus maestrías en estudios hispánicos en la Universidad de Puerto Rico (UPR), sector de Río Piedras, a principios de los años 70.

La convulsión setentista

En esa época, Puerto Rico no sufriría de golpes de estado, dictaduras, o guerras sucias como tantos otros países de Latinoamérica, pero sí experimentaría a través de pequeños, aunque influyentes sectores de la sociedad –artistas, estudiantes, periodistas, profesores– sus propias revoluciones culturales e intelectuales, con la UPR como semillero de ideas izquierdistas que buscaban la separación de los Estados Unidos.

Un día, uno de esos profesores que militaban dentro de este fervor patrio, y que a la vez era una admirada figura académica, devolvió trabajos y notas a sus estudiantes, salvo a mi madre. A ella le otorgó un cero, argumentando que no había entregado la tarea.

Ferré, la independentista hija de un gobernador estadista, defendió a Ann, su colega la americana, y el profesor tuvo que retroceder.

Parecería irracional asumir que un intelectual de categoría se sintiera tan cegado por su antiamericanismo al punto de castigar a su alumna estadounidense por lo que él consideraría ella representaba: hija del imperio yanqui. Pero eso mismo era lo que estaba sucediendo, y Ferré se dio cuenta.

No me sorprendería saber que el profesor jamás le perdonó a Ferré la osadía, pero así sería ella el resto de su vida: comprometida con lo que creía era justo y necesario, sin importar a quien le gustara o no.

Rosario no estaba ni para rendir cuentas ni para vestir santos.

Nacida dentro de una acaudalada y poderosa familia en la ciudad de Ponce, Puerto Rico, Rosario Josefina Ferré Ramírez de Arellano fue hija del empresario Luis A. Ferré, fundador en los años 60 del Partido Nuevo Progresista, que desde entonces ha abogado por la estadidad para la isla y en estos momentos ostenta el poder. Ferré padre llegó a ser un respetado y querido gobernador de 1968 a 1972. Cuando su esposa Lorenza, madre de Rosario, fallece en 1970, es la hija quien asume el papel de primera dama.

De ahí comienza a manifestarse un fascinante drama familiar. Mientras el ideal político de su padre era la anexión de su tierra a los Estados Unidos, Rosario apoyaría en vez la independencia del país, y causaría revuelo con una revista literaria de corta duración, pero profundo impacto cultural, Zona carga y descarga, fundada junto a su prima, la también escritora Olga Nolla.

La burguesa, la traidora, la vendepatria, la hereje.

Durante toda su trayectoria profesional, Rosario Ferré alborotaría avisperos en Puerto Rico de una manera u otra:

  • Mujer blanca y burguesa cuya niñez fue atendida por una servidumbre negra, escribió sobre clases sociales, roles de géneros y el tabú de las razas en la isla.
  • Defensora del feminismo, explicaba después que la verdadera buena escritura no tiene género.
  • Al traducir sus propios libros al inglés, o al escribir en esa lengua, en busca de públicos más allá del insularismo, la catalogaban de mercantilista y vendepatria.

Pero quizás el pecado capital de Rosario Ferré fue la conversión política que tuvo tras vivir en Estados Unidos mientras realizaba un doctorado en literatura en la Universidad de Maryland a fines de los 80. Su postura con respecto al independentismo cambió radicalmente, entendiendo que, a pesar de la nobleza del ideal, Puerto Rico nunca tendría los recursos para subsistir por su cuenta, por lo que la única solución en un mundo de potencias era afiliarse a una permanentemente.

Ferré hizo pública esta posición al publicarla en una columna en el diario The New York Times en 1998. La izquierda política la excomulgó. A esta hereje había que quemarla en la hoguera de sus propias vanidades.

Sin importar las críticas que Ferré acumulaba con los años, ella llevaría al mundo a su manera ricas y complejas historias multifamiliares de Puerto Rico con toques costumbristas, pinceladas delirantes y sin los complejos ni inseguridades que evitaban que otros escritores de la isla alzaran vuelo internacional.

En 1995, Ferré lanza en inglés la novela The House on the Lagoon, con una versión en español dos años después. Ese detalle, de escribir y publicar primero en la que no era su lengua materna, sorprende y hace rechinar los dientes de unos cuantos. Pero más sorpresa causa en Estados Unidos, cuando el libro es nominado al prestigioso National Book Award.

Ferré perdió ante Philip Roth, lo que no es poca cosa.

Europa la había reconocido ya en 1992 con el premio Liberatur de la Feria del Libro de Frankfurt por la traducción al alemán de su libro de 1985, Maldito Amor. Brown University le confirió un doctorado honorario en 1997, y en 2004, Ferré ganó la prestigiosa beca Guggenheim.

En 2019, en su libro El coloquio de las perras, la periodista, ensayista y poeta española Luna Miguel reivindica a 12 autoras iberoamericanas, entre las que se encuentra Ferré, que fueron excluidas del boom latinoamericano literario, siempre asociado a hombres, a esos machos de las letras Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa (profesor de Ferré en Puerto Rico), entre otros.

Estas “perras” a las que honra Miguel fueron desdeñadas, ignoradas, menospreciadas y ninguneadas dentro de un marco de misoginia del que muchos han preferido hacer silencio.

Miguel toma el título de un libro de ensayos y cuentos de Ferré de 1990 llamado igual, donde presenta a dos perras que dialogan sobre la condición femenina en la escritura y la crítica literaria.

Aquel correo electrónico sobre la novela Lazos de sangre aún lo conservo. Y a veces me preguntó qué hubiera sucedido de Rosario Ferré haber podido continuar escribiendo en la época de las redes sociales y del ajusticiamiento social. Pero tengo la gozosa sospecha de que hubiera permanecido igual. Insumisa, ante todo, y haciendo las cosas a su manera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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