Los latinoamericanos somos todos de izquierda, es cuestión de branding (la vida como escritor étnico en una conferencia en el medio de la nada yanqui)

Presentación de la escritora argentina Pola Oloixarac (“Mona”) en Cátedra Abierta en homenaje a Roberto Bolaño, Universidad Diego Portales, Santiago de Chile.


 

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        “¿Qué se siente ser un escritor étnico?”, me preguntó una señora con tanto maquillaje que parecía tener cara de torta de cumpleaños derretida. La señora, llamada Karen, era la organizadora del festival de “literatura global de Tennessee”.

         Su pregunta, por supuesto, era una trampa. En verdad todo era una trampa, porque es imposible decir global y Tennessee en una misma frase.

         Eso nos dimos cuenta, con el resto de mis colegas latinoamericanos, cuando Karen preguntó qué se sentía ser un escritor étnico en Estados Unidos.

         Era viernes en la tarde y estábamos dentro de un auditorio grande y frío. Estábamos rodeados de por lo menos unas cien personas, casi toda gente bastante mayor. Todos gringos. Todos escritores. Muchas otras señoras llamadas Karen.

          Sobre el escenario, éramos un peruano, un argentino, yo, y una brasileña, carioca.

          Ninguno respondió. Nos miramos en silencio.

     Yo me había dejado una barba marxista tumultuosa, de esas que estaban de moda en Brooklyn. Pero no estábamos en Nueva York, sino en Tennessee, en un college en el medio de la nada yanqui.

       Karen me confesó, ese mismo día, que me habían invitado no por mi barba, sino por lo marxista. Ella había hecho el cálculo: yo había nacido durante los años finales de la dictadura de Augusto Pinochet. “Y si bien tus libros no están en inglés”, dijo, “por lo menos puedes contarnos tu experiencia como sobreviviente de la dictadura”.

       Además de eso, dijo que habían pensado en conseguir a Alejandro (Zambra), o a Diamela (Eltit), pero ninguno les respondió.

       “Bueno, ¿qué se siente ser un escritor étnico?”, repitió Karen.

       “Significa que tu abuela, a veces, vuele”, chistó el peruano. “Como en Cien años de soledad”.

        Para nuestra sorpresa, no hubo risas y la mayor parte del público asintió afirmativamente.

       Entonces lo entendimos.

       O por lo menos yo lo entendí.

       Esto significaba ser escritor étnico en medio de la nada yanqui.

2

            Un par de semanas antes del festival global en Tennessee había leído, y gozado, Mona, la novela de Pola Olaixarac. A esta autora ya la había leído y luego conocido en dos instancias que parecían sacadas de aquel libro: primero, en el encuentro de autores latinoamericanos en la Universidad de Cornell. Segundo, en una feria del libro en Perú donde Pola, en una cena, me preguntó: “¿Me enseñás a hablar chileno?, ¿cuánta sangre mapuche tenés?, ¡¿por qué no te ponés el Lonko ADO?!”

        Así, con el recuerdo de haber leído Mona, me di cuenta de que la única forma de soportar el resto del fin de semana en Tennessee sería regresando a la novela de Pola. Sería buscando, en sus páginas, una suerte de manual para autores latinoamericanos.

        Recuerdo, entonces, haber subrayado la siguiente frase: “Intelectualizar el sufrimiento podía entenderse como una marca regional”.

        Claro.

       Yo estaba ahí para vender lo latinoamericano; para ofrecer lo chileno, la poesía, la cordillera de los Andes, Pablo Neruda, Allende, Pinochet y los 33 mineros.

        Me quedó claro que la balada de la clase media latinoamericana cantada con melodramas gusta al lector gringo, al europeo, a los jurados del premio Nobel.

       Sería, sí, mi forma de sobrevivir.

       Pero también, de trolear.

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        Abro paréntesis.

      Quiero detenerme, brevemente, en ese verbo; trolear, ya que Pola, a continuación, leerá un texto que se llama: “Borges como troll”.

      Solo diré que, según Urban Dictionary, un troll es aquel que “publica online un mensaje deliberadamente provocativo con la intención de causar interrupción y discusión”.

       Cierro paréntesis.

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            Las noches de fiesta en el festival literario en Tennessee, con mucho vino en vaso de plástico rojo, no eran tan buenas como las fiestas en la novela de Pola. De hecho, el setenta por ciento de los participantes eran gringos que estaban ahí haciendo networking, que es como los americanos llaman a socializar, porque así justifican la amabilidad y la camaradería con el trabajo.

       Por eso con mis compañeros latinoamericanos terminamos, una noche, en una cantina mexicana, ubicada a diez minutos del college. Bebimos mezcal hasta las dos de la mañana. Hasta que en un momento el peruano se quedó dormido, por borracho, y le pedimos un Uber. Cuando el auto llegó, uno de nosotros lo caminó a la puerta.

      La sorpresa, minutos más tarde, fue la aparición de un policía.

       “Me tienen que acompañar”, nos dijo. El peruano se había subido a una patrulla policial, pensando de que era su Uber, y el oficial, enojado, ahora quería que lo acompañáramos al cuartel. “Tienen derecho a permanecer en silencio”. Lo primero que hizo, antes de subirnos al auto, donde el peruano roncaba, fue pedirnos que pusiéramos las manos sobre la nuca. Nos tenía que revisar.

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            Ahora la razón de que estemos acá.

           Pola Oloixarac es autora de las novelas Las teorías salvajes, Las constelaciones oscuras y Mona.

Esta última recientemente publicada en Chile por la editorial Neón y disponible en Random House en todo el mundo.

         La autora de estos tres libros, Pola, nació en Buenos Aires (Argentina) y estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente vive en Barcelona, España.

         Escribió el libretto para la ópera Hércules en el Mato Grosso, una comisión del Centro de Experimentación del Teatro Colón, que se representó en Buenos Aires (2013) y en Nueva York (2014).

        En 2020, Pola recibió el Eccles y Hay Festival Prize para investigar en el British Library su libro en proceso sobre el Amazonas.

        Sus artículos sobre política y cultura han aparecido en The New York Times, BBC y Folha de Sao Paulo entre otros.

         Actualmente es columnista del diario argentino La Nación.

        Sus columnas, es cosa de revisar Twitter los domingos en que Pola publica, sacan chispas.

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            Vuelvo, por un segundo, al festival literario en Tennessee.

       El festival sucedía en un College cerca de Asheville, un pueblito hippie donde hay más carteles de Black Lives Matter que black lives. Por eso mismo tuvimos la suerte de que el policía resultara ser un drop out de un liberal arts college; un gringo que había estudiado Shakespeare y quien, luego de problemas de adicción, terminó como policía en este pueblito liberal.

       Por eso mismo, ya en la patrulla, yendo al cuartel de policía, cuando nos preguntó nuestra ocupación y le dijimos que estábamos ahí por el festival literario, bajó la guardia.

       “¿Escritores?, ¿escritores latinoamericanos?”

        Ahí nos confesó que su esposa, una ceramista, le gustaba “Gael García Márquez” y “Pablo Coelho”, pero que él prefería libros que contaran historias, You know what I mean? Le gustaban los libros que parecían películas porque eran más fáciles de digerir. “Autores como John Grisham, ¿lo han leído?”

       En ese momento nos miró por el retrovisor; atrás estábamos el peruano, el argentino y yo. Y los tres soltamos una risa que lo molestó.

        En el asiento del copiloto, la carioca suspiró. Digamos que farfulló algo como: “Por la puta virgen santa de Judith Butler!”

        No exagero en decir que fue este el momento en que la latinoamericanidad nos salvó.

       Porque nuestra compañera carioca cambió de táctica; es decir, cambió de tono, de voz, de actitud, y comenzó a conversarle al oficial. Lo hizo como solo lo pueden hacer algunos brasileños, quienes hablan como si ronronearan, de forma nasal y juguetona.

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            ¿Cómo describir la obra, tres novelas y un montón de intervenciones en prensa que, a todo esto, algún día la UDP debería publicar en su colección; ¿cómo describir la obra, digo, de Pola Olaixarac?

           Para mí la mejor respuesta, claro, es una respuesta Nabokoviana, ya que Pola, sospecho, es la hija que Nabokov nunca tuvo.

        Tal como el ruso-americano, Pola escribe novelas ácidas, demencialmente divertidas, y en ocasiones oscuras, que siempre acaban convirtiéndose en monstruos.

          O en trolls.

          Las teorías salvajes, novela del 2008, es como Pálido fuego, pero en la UBA.

Mientras que Las constelaciones oscuras, del 2015, es hermanable a las novelas de ciencia ficción de Nabokov: Invitado a una decapitación y Bend Sinister.

         A propósito de esto, junto con Borges, creo que el viejo Nabokov también era un troll profesional. Es cosa de leer su libro Opiniones contundentes. O Lolita, novela que no es más que un gran troleo a la moral puritana gringa.

           Bueno.

           Creo que hay varios momentos trolls en Mona, la tercera novela de Pola.

         Mi copia está ultra subrayada y llena de marginalia, de comentarios, de marcas que dicen LOL. Podría pasar una hora citándola, pero ya para terminar, solo daré tres tentempiés de lo que se puede encontrar en Mona:

            Primer caso: El movimiento #MeToo

          “#MeToo quería decir literalmente pound-me-too, lo que en español de las colonias sería dame masa a mí también, rómpeme toda, cógeme a mí también”.

           Segundo caso: Thomas Bernhard

           “Y por eso es gracioso que Thomas Bernhard tenga tantos imitadores en Latinoamérica, es realmente increíble, cuando la gente está deprimida ya sabe, ya tiene un sensor interno que le dice: “Haz tu imitación de Thomas Bernhard, verás que irá bien, que será ‘literaria’, que tendrá el aroma de que estás diciendo algo importante”.

            Tercer caso: La izquierda latinoamericana

            “Digo, ¿qué es ser de izquierda? ¿Comer vegano? ¿Marchar contra los bancos y postearlo en tu iPad? Lo único realmente inviable sería ser un militante del Klu Klux Klan, o declararse antigay. El capitalismo devoró completamente a la izquierda y ya no tienen el único capital que le era propio: las causas buenas. Ahora la izquierda es la forma del sentido común más reaccionario; no tiene nada que ver con el pensamiento crítico, es el partido mental de la gente que quiere ser considerada buena persona y que se siente moralmente superior a los demás”.

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            Esto es lo que finalmente sucedió en el festival literario en Tennessee.

            La patrulla policial se detuvo a las afueras del college.

        Luego de veinte minutos de conversa con nuestra compañera brasileña, el oficial decidió que lo mejor era saltarnos la parte en que tomaba nuestra información en el cuartel. La carioca lo había ablandado con comentarios y preguntas y risitas; incluso le describió las playas de Rio de Janeiro y le dijo que la agregara en Facebook.

           Así, yo y el argentino ayudamos al peruano al bajarse de la patrulla. Mientras que ella le dio un abrazo al oficial, quien por supuesto no estaba acostumbrado a muestras de afectos de extraños.

               “¡Adiós, amigos!” nos dijo policía en español.

Nosotros le estiramos la mano, en señal de adiós, y volvimos a nuestra cómoda situación de escritores étnicos en Estados Unidos.

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            “La prosa de Pola Oloixarac es el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina”, dijo Ricardo Piglia.

Mientras que Ignacio Echevarría lo puso de esta forma: “Es una exquisita antropóloga de la barbarie contemporánea”.

           Creo que ambas frases son un buen resumen del espíritu que hay tras la escritura de Pola. Tras sus ideas sobre internet versus literatura, sociedad y tecnología, así como sobre las élites culturales y la forma en que estas se presentan frente al resto.

            También sobre qué diablos significa ser un escritor étnico en el contexto de la literatura global y globalizante.

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        Ahora dejo con ustedes a la autora de Mona: desde Barcelona para Chile, y para todo el mundo, Pola Olaixarac.

Acá puedes ver la conferencia de Pola Oloixarac “Borges como Troll”, en la Cátedra Abierta UDP en homenaje a Roberto Bolaño.