Como algunos recuerdan, Los cachorros (1967), del escritor peruano Mario Vargas Llosa, recrea el mundo de la sociedad limeña acomodada de mediados del siglo XX. Al hacer foco en un grupo de jóvenes, la novela resalta su crítica sobre un segmento que tiene su propia lógica, arrastra complejos y es escurridiza en su comportamiento moral. Los gestos de esos cachorros son llamados de atención de lo que será el futuro: igual que antes, que siempre, ya que la alta sociedad está enquistada desde el principio de la fundación del país. Para aumentar la hipocresía, Vargas Llosa pone como conflicto que el protagonista sufra una castración: un símbolo que se extiende a su entorno.

No es la primera vez que el autor peruano escribe sobre la juventud: La ciudad y los perros (1962) –ganadora del Premio Biblioteca Breve 1962 –describe la vida de un grupo de jóvenes del colegio secundario Militar Leoncio Prado. Allí deben soportar las estrictas reglas militares. El autor concurrió dos años a ese colegio que reproducía a escala menor la burguesía de Miraflores.

Como La ciudad y los perros, los protagonistas de Los cachorros ponen a prueba el valor, la camaradería, la sexualidad, el despertar a un mundo hostil alejado del paraíso perdido que es la niñez –ahora los adolescentes lo comprenden en su pasaje hacia la adultez–. En las dos obras, también, sus vidas e historias se van entrecruzando.

En cuanto a la manera de afrontar historias de iniciación, una de las convenciones del género es la primera persona. Lo encontramos en la literatura en inglés con The Catcher in the Rye (1951), de J. D. Salinger, y en la francesa en Le Diable au corps (1923), de Raymond Radiguet. La primera persona es adecuada ya que le da al relato un rasgo confesional –siempre debe haber un motivo oscuro que contar–. Como una operación de estilo, la primera persona hace más creíble la historia y facilita que los lectores tengan empatía con los personajes.

En el caso de Los cachorros el autor da una vuelta de tuerca al género al utilizar una primera persona del singular coloquial pero, también, una primera del plural: el “Yo” se mezcla sucesivamente con el “Nosotros”. Es un narrador que se vuelve colectivo porque, en definitiva, todos padecen el amargo pasaje de la adolescencia a la adultez. Es la conciencia de una etapa de la vida conflictiva que relata el destino de los protagonistas. ¿Cómo contarlo de otra manera? La primera persona del singular y el plural ejerce de conciencia no sólo dentro del grupo sino de una época y una sociedad. La intimidad del relato con el “Yo” actúa de caja de resonancia en el afuera, y describe impiadosamente una clase.

A una trama sencilla –el eje es la castración de Cuéllar– el escritor la sostiene con un sutil tramado complejo. Vargas Llosa es un autor que ha erguido obra tras obra estructuras diferentes, no se queda con una fórmula –pensemos, en cambio, en mucho de los cuentos de Julio Cortázar que en varios de sus cuentos supedita toda la historia a la última línea, a una revelación que deja sorprendido al lector.

La novela comienza con el arribo del protagonista al colegio religioso Champagnat. Rápidamente, el conflicto se desarrolla en los primeros párrafos cuando un perro lo hiere en los baños del colegio. El lector se da cuenta de la gravedad del incidente mientras Cuéllar y sus amigos no; comentan al pasar el hecho, y le ponen el apodo de “Pichulita”. Los que sí saben la magnitud del problema son los padres: la vida del niño ha cambiado para siempre, dolorosamente. De parte de ellos el niño recibe costosos regalos a la vez que los profesores lo consienten en todo.

Adolfo Bioy Casares decía que las herencias son bombas de tiempo. De igual manera podemos pensar la herida de Cuéllar. A medida que deja la niñez se inician los problemas, y aquel apodo que sus amigos le colocan como un chiste se vuelve una pesada cruz, un estigma.

Pero la herida de “Pichulita” se expande a todo el grupo. Al principio no entienden el comportamiento de Cuéllar que rechaza a las muchachas mientras que ellos comienzan a experimentar el deseo. El rechazo se vuelve postura machista y “Pichulita” se pone el traje de rebelde, de insatisfacción con la sociedad. Por dentro se retuerce la otra desdicha.

“Pichulita” no puede llegar a su objeto del deseo. Esa frustración es vivida en silencio. Así, los amigos (la vida), los separa:  primero son las mujeres y luego las responsabilidades: el trabajo y el estudio. Cuéllar no quiere crecer: el no poder procrear lo congela en una etapa: es el eterno Dorian Gray.

Las nuevas compañías producen chismes: “Su carro andaba siempre repleto de rocanroleros de trece, catorce, quince años y, los domingos, se aparecía en el Watkiki con pandillas de criaturas, mírenlo, mírenlo, ahí está, qué ricura, y qué bien acompañado se venía, qué frescura: uno por uno los subía a su tabla hawaiana y se metía con ellos más allá de la reventazón. Les enseñaba a manejar el Volvo, se lucía ante ellos dando curvas en dos ruedas en el Malecón y los llevaba al Estadio, al cachascán, a los toros, a las carreras, al bowling, al box. Ya está, decíamos, era fatal: maricón. Y también: qué le quedaba, se comprendía, se le disculpaba pero, hermano, resulta cada día más dificil juntarse con él, en la calle lo miraban, lo silbaban y lo señalaban”.

Hace años que la figura del Nobel cubre las noticias del corazón. Antes de izquierda, ahora devoto de la centro derecha, es protagonista de esa cultura del entretenimiento de la que reflexionó en artículos y ensayos. Alguna vez escribió novelas que ponían el dedo en la llaga. Los cachorros sigue inalterable al paso del tiempo.

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