Lectura de Caminando sobre las aguas, de Ignacio del Valle

Caminando sobre las aguas.

Suburbano Ediciones, 2015.

Páginas de Espuma, 2013.

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Hay una constante en los libros de Ignacio del Valle (Oviedo, 1971), una obsesión por fotografiar esa pulsión de muerte tan humana y, al mismo tiempo, tan contradictoria para todo lo que representa un ser humano. Como todos aquellos temas que resultan jugosos para la literatura, se trata de una conducta difícil de explicar; tanto, que quizá sólo pueda lograrse contando historias que sirvan como ejemplos de ella. Hablamos de una especie de necesidad de afrontar retos que parecen encontrarse fuera del alcance de la voluntad de un ser humano, hasta el momento en que aparece ese ser humano que encuentra la voluntad necesaria para hacerlos posibles. Pero ese proceso no es necesariamente feliz. Todo lo contrario: en muchísimas ocasiones (y aquí está la materia prima del conflicto en las historias de del Valle) el proceso tiende a deshumanizar a su protagonista. Es la eterna historia del señor Kurtz, el mejor proveedor de marfil del Congo, por sus santos cojones, a fuerza de sudor y sangre. No somos humanos hasta que no intentamos superarnos pero, a veces, cuando nos superamos, también dejamos atrás nuestra propia humanidad.

Ignacio del Valle
Ignacio del Valle

Por ejemplo, en su anterior novela, Busca mi rostro (Plaza y Janés, 2012), ese papel de señor Kurtz lo desempeñaba Erin Sohr, una fotógrafa de guerra capaz de cualquier cosa para lograr su instantánea. O, si acudimos a la trilogía de Arturo Andrade, que se encuentra entre el género histórico y el detectivesco, encontramos tramas que reflexionan acerca de esos superhombres de la voluntad que fueron todos los defensores de los totalitarismos del s. XX, y otros novios de la muerte.

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Se comprende que investigar períodos históricos que reúnen estas características, desde el Nazismo hasta las limpiezas étnicas en las Guerras de Yugoslavia, es una consecuencia natural de este interés de del Valle por la deshumanización del héroe. Y también se comprende que la literatura de género (la histórica, la bélica, la policiaca, la ciencia ficción) es un excepcional vehículo para practicar esta reflexión.

Aún no nos hemos referido al libro que nos ocupa, Caminando sobre las aguas, una recopilación de relatos que ha sido publicada por Páginas de Espuma en papel y, ahora, por Suburbano Ediciones en su versión digital. No nos hemos referido a Caminando sobre las aguas, pero, en el fondo, desde la primera línea hemos estado hablando de él. Porque los relatos que del Valle reúne en este volumen contienen todos los ingredientes que hemos tratado de explicar. Esos momentos en los que el ser humano, de tanto querer superarse a sí mismo, supera su propia humanidad.

Y literatura de género, mucha y buena literatura de género. Tenemos excepcionales ejemplos de género bélico, como Círculos, en los que, de nuevo, los fotógrafos de guerra son los protagonistas de la barbarie. O Jaques, que no siendo género bélico puramente dicho, si habla de las atroces consecuencias de la militarización de la sociedad en determinados períodos convulsos (en este caso, los acaecidos en América Latina en la segunda mitad del siglo XX). Tenemos relatos cercanos al terror o al thriller, como Drómeda. Tenemos relatos fantásticos, como La grieta. Tenemos relatos históricos, como Caminando sobre las aguas, o El extravío. Tenemos incluso relatos con ingredientes de ciencia ficción, como Relatividad o Eternidad (éste cuenta un trágico episodio de esa fascinante Historia de la Astronáutica, durante la Guerra Fría).

Y sin embargo, en esta extraordinaria variedad, no podemos dejar de encontrar un hilo conductor que une todas las tramas en intención. No importa que hablemos del cosmonauta Ivan Istochikov o de un francotirador apostado en un edificio que encuadra en su mira telescópica a un “inocente” fotógrafo. Todos ellos quisieron adelantarse a sí mismos, con la voluntad como arma. Y lo consiguieron. Tristemente.

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