#LaBola: Preludio de un asesino pendejo


Había pensado en quedarme. Esconderme tras una cortina con los zapatos sobresaliendo, como en las pelis truculentas. Salir en medio de la noche y caminar sigiloso hasta el dormitorio y pararme junto a la cama a mirarla durante horas. Quedarme allí, con una mirada de sombras, hasta que me diera miedo imaginarme que ella me hiciera lo mismo. Entonces la piel se me erizaría y las piernas me temblarían, igualito que las ganas. Entonces la luna saldría y vería mi imagen en el espejo, porque seguro había un espejo exactamente frente a mí, y me aterrorizaría de mí mismo.

En los segundos posteriores al descubrimiento de mí mismo, sacaría mi teléfono y comenzaría a filmarme, a filmarte, a documentar el evento con mano temblorosa. Me doy cuenta que el fallo de mi pulso le aportaría una vibración como que real a la cuestión. Buscaría planos favorables para mi cara y mi silueta y planes catastróficos para ti, en que parecieras una ballena después de tomarse un licuado de poison ivy, de mí para ti, con amor.

Después filmaría mi mano, la vestiría lentamente con un guante de piel, crispando los dedos, para insinuar futuros tenebrosos, trataría de que no se me trabaran los dedos en la entrada de los orificios de guante para que no le reste macabridad al acto. Saben, los asesinos de las pelis nunca pasan trabajo en esas cosas, no trastabillan, no se traban, no tropiezan al correr. Pues mi mano se deslizaría majestuosamente dentro de su funda y esbozaría dos o tres poses retorcidas. Todo esto con tu cuerpo dormido, medio fuera de foco, en el fondo. Seguro cambiaría de posición al dormir mientras esto ocurre. La sábana se deslizaría por tus caderas y mostraría tus nalgas preciosas, por lo que cambiaría la toma y enfocaría a tu cuello. Mi mano se crisparía cerca de ese cuello ensayando un te quiebro, avanzando lenta, casi rozando la piel, mostrándole a tu cabecita dormida el dedo del medio.

Luego una navaja afilada aparecería súbitamente en la mano enguantada y el video se cortaría. Metería el guante, la navaja y mis ganas asesinas en una mochilita de nailon. Abandonaría tu habitación sin hacer ruido, cuidándome de no pisar juguete chillón de Firulais, que seguro duerme o rezonga bajito al lado de la nevera.

Abriría la puerta de la calle y la cerraría dando un portazo, para asustarte, para que te despiertes. Después correría hasta mi casa, sabiendo que siempre duermes como un pecio, que nunc te despertarías con nada ni por nadie.

Llegaría a mi casa sudoroso, con ansias de ver mi proeza, y la borraría en un segundo, aterrorizado de mí mismo.

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