Más allá de las vastas aguas saladas, tan lejos que todo es dulce, hay una isla de contornos agrestes, contra los que el mar no choca, sino que besa. Es un escollo diminuto que se resume en una colina. Sube la isla, baja la isla, y ya está. De un verde manzana, la única elevación está coronada por una casita azul. Tan azul, que a veces se torna invisible confundida con el cielo. Deambula dentro de la casita una madre, una muñeca de porcelana igualita a la hija ausente y un perro sin nombre.

El perro espera el amanecer sentado junto al agua, jugando a los agarrados con los cangrejos voladores de la playa. Y cuando el mar se enciende en el horizonte canta óperas italianas con voz de barítono.

La madre hace lo mismo en la orilla opuesta de la isla, pero ella espera la noche. Tranquila, flota sobre el acantilado y mira a la distancia. Tan ligera, tan puro su corazón, que ha tenido que amarase los pies con una cuerda y atar una piedra al otro extremo para que no se la lleve el viento. Y cuando la brisa sopla tierra adentro, la madre zigzaguea en el aire, dando tumbos cómicos, como una triste cometa que espera.

Entre la aurora y el crepúsculo la muñeca yace en el centro de un sofá forrado de damasco. Su cabeza coronada de rizos eternos descansa sobre un cojín de plumas de ganso. Tiene una gracia tan humana que parece de mentira. En una de sus manos tiene un cepillo. En la otra un espejo que refleja la cara vivaracha de una niña traviesa que juega a fingir carcajadas mudas.

Cerca de la isla flota un bote inmóvil adonde se ha mudado la esperanza que habitaba antes dentro de la casa. En su mano lleva el corazón de la muñeca, dos cartas con palabras que casi han desaparecido de tanto haberse leído y un pequeño juguete en forma de huso que chilla.

La esperanza ha perdido la esperanza de volver a la isla pues, por más que trata, por más que impulsa al bote a velocidades hiperlumínicas hacia la isla, esta se aleja a la misma velocidad. ¿Se pudiera decir entonces que en el bote habita una esperanza triste? Puede ser, no estoy seguro, debo para más tiempo observando dentro de esta bola de cristal, pero mi madre insiste en que no debo fisgonear en la vida de la gente, me la quita, y la pone en la repisa sobre la chimenea, donde siempre han estado nuestros micromundos.

© 2017, Andrés Pi Andreu. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorPoemas: Davo Valdés de la Campa
Artículo siguiente#LaBola: Aguas negras
La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.