La xenofobia y el espectáculo

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El 16 de junio del 2015 el magnate hotelero y de la construcción Donald Trump lanzó su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos, y multiplicó su presencia en los medios gracias a sus acusaciones contra México. Entre otras, Trump atacó a los vecinos de enviar drogas y violadores a cruzar la frontera. Y prometió construir un muro enorme e impenetrable entre los dos países que, según él, obligaría a costear a los mexicanos. No muy lejos de Trump se escucha todavía el eco de la voz de otro precandidato, en plenas primarias del 2011, Herman Caine, exclamando que construiría un muro gigante con un pozo repleto de lagartos y carteles con la inscripción “No pase” (pronunciada en mal español), colgados cada tantos metros. Varias partes de ese muro se iniciaron durante el gobierno de George W. Bush, y fue denominado por algunos como “el muro de la tortilla”.

En cuanto a sus finanzas, a Donald Trump podría decirse que le está yendo mal, debido a la cantidad de empresas y personajes de la farándula que han roto vínculos con él. Pero en lo que se refiere a su interés político, aunque quizá sea muy temprano para sacar conclusiones, no parece irle tan mal, si nos atenemos al segundo lugar que ocupa en las encuestas. Un segundo lugar que, por cierto, le da todo el derecho a estar presente en los debates televisivos.

Las palabras de Trump, proviniendo de un candidato al primer cargo de la nación más poderosa del mundo, son de cuidado, y sus comentarios deberían ser investigados con lupa, para tener la certeza de que no hay una ideología xenofóbica tras lo que en principio no parece ser más que las ganas (gravísimas) de un profesional del marketing, que quiere llamar la atención. Sí, es cierto que vivimos en el país de la libertad y que la libertad de expresión nos permite decir más o menos lo que queramos, pero también es bien cierto que este país liberó al mundo de la peor amenaza xenofóbica de su historia. El arte de la política significa también saber navegar entre esas dos aguas y, a pesar de saberse libre de decir lo que se quiera, tener la suficiente capacidad de raciocinio para reservarse ciertos comentarios.

Lo que sucede con Trump es quizá un ejemplo de lo que el mundo necesita a la clase política, tan sumida en el desprestigio últimamente. En algún momento de la historia reciente, el ejercicio de la política se convirtió en un juego dantesco de toma y dame, y en una actividad cuyo fin último no es el bienestar de los ciudadanos sino el propio, muy alejada de los principios que dictan las cartas constitucionales que los sostienen, que hizo huir despavoridos a los mejores. Pocos cargos quedan de elección popular, a los que personas que sobresalen del montón más allá de por su astucia y marrullería, quieran acceder.

Pero ya vemos que la respuesta a esta coyuntura no necesariamente es el hombre de negocios que hizo fortuna. A un político profesional de antaño, jamás se le hubieran escapado las desafortunadas palabras de Donald Trump. ¿Qué clase de estúpido quiere echarse de enemigo no solo al pueblo de un país vecino (creo que ni siquiera en la Segunda Guerra Mundial se atacó directamente a los alemanes y a los italianos en los discursos, sino a los nazis y los fascistas), sino a muchos de sus propios conciudadanos, que son descendientes de quienes ataca?

Quizá el primer ejemplo que debe dar este país hacia el mundo, sea limpiar el espectáculo circense en que se ha convertido su política, por cuenta de los mediocres que la ejercen.