La velocidad de Einstein

Einstein enunció su Teoría de la Relatividad en dos partes: La Teoría de la Relatividad Especial, que explica la elasticidad del tiempo con respecto a la velocidad de la luz, y la Teoría de Relatividad General, con la que explica, entre otras cosas, la curvatura del espacio-tiempo al ser desplazado por la masa.

Luego de estudiar los cuentos de don Albert, Lorentz y Poincaré —bautizados por Planck— y de navegar varios años por el agitado maremagnum de la hipócrita sociedad contemporánea, me he dado cuenta de que no es necesario aplicar a la masa los trescientos mil kilómetros por segundo al cuadrado de velocidad lux, para que el tiempo y el espacio se vuelvan elásticos, pues todo depende solamente de la posición que ocupes en el espacio socio-económico-intelectual o en el mercado laboral estratégico, para que el tiempo de tus «relativos» se agrande, se achique, se mantenga o desaparezca.

A este fenómeno le podríamos llamar la Teoría de la Relatividad Convenida, cuyo humilde enunciado sería más o menos así: «El tiempo que te dedicarán tus «relativos» (amigos y parientes) variará en forma directamente proporcional a la importancia de la posición social que ocupes, del dinero que tengas o del cargo que desempeñes, con respecto a ellos o a un observador imparcial».

Don Mamerto Bueno era un gran gerente de una gran empresa. Su rúbrica valía —fácil— medio millón de dólares, pero haciendo honor a su nombre, atendía por igual quien lo buscara sin importar cuantas campanillas tuviere su apellido. Don Mame era generoso invitador y favorecedor non-selectivo y nunca dejaba de responder un correo o de devolver una llamada, contraviniendo las leyes tácitas de la Relatividad Convenida. Este atentado en contra del estricto Orden Universal originó una paradoja tal, que —un día— su mundo ya no pudo ser el mismo. No sólo perdió su posición relativa, sino que afectó de tal manera al movimiento browniano del éter ectoplasmático en su derredor, que, por su culpa, el tiempo de los personajes de su entorno tuvo un delta negativo acelerado en su mecánica cuántica ondulatoria y empezó a disminuir hasta extinguirse.

Ya nadie tenía tiempo para tomarse un café con Don Mame ni para contestarle un correo o una llamada, menos para recibirlo.

Sus dos agendas gigantes de fino empaste y su moderna agenda electrónica empezaron a desintegrarse hasta convertirse en una rala libretita de bolsillo en extinción; las puertas se cerraban a su paso y empezó a volverse transparente… nadie lo veía, por lo tanto nadie podía devolverle el saludo. Todos sus relativos, sobre todo los “demasiado importantes” estaban siempre “demasiado ocupados”, quizás querían atenderlo —se decía resignado— pero les era imposible: no había tiempo; cada vez que posponían alguna nimiedad de la agenda para atender a Don Mame, otra cosa “demasiado importante” ocupaba su lugar y terminaban dejando al pobre Don Mame esperando en vetustas antesalas, en donde ridículas secretarias de huachafos jefesuchos lo escaneaban con arrogancia infundada y una lástima que se volvía recíproca…

Así Don Mame fue olvidado y, desde su refugio de anacoreta, escribió el colofón o corolario de la teoría: “A las personas demasiado importantes —o demasiado ‘ocupaditas’— no se les debe molestar”…

Siete años de mala suerte aislaron del mundo a Don Mame, hasta que una mañana muy temprano, un hada legañosa y descachalandrada —su «maruja»— le entregó, en medio de bostezos, un ejemplar del diario «El Comercio» en donde el bueno de Mame encontró el anuncio clasificado que lo regresaría al parnaso empresarial…

La Tierra había dado las vueltas exactas y ahora Mame era gerente central de una corporación financiera mundial. Como por arte de magia el dios Cronos despertó y reacomodó el éter aristotélico, el tiempo se expandió y todos volvieron a tener el ídem disponible… Súbitamente, como en el efecto mariposa lorenziano, Don Mame se vio atacado por una avalancha de e-mails y llamadas telefónicas, invitaciones a eventos, almuerzos, cenas, bodas y hasta conciertos de rock; dos millones de cafés quedaban pendientes, todo volvía a la normalidad… menos la agendita personal que seguiría impertérritamente anoréxica (dos veces no capan al gato)…

La Teoría de la Relatividad Convenida se había comprobado, pero esta vez Don Mamerto Bueno había aprendido la lección.