La stanza del prete

No debí haber entrado en la habitación del cura Luciano. Lo sé muy bien. Pero yo tenía ocho años y no entré solo. Estaba en el patio asfaltado del colegio, cerca de una de las porterías, jugando a inventar goles con una lata de refresco aplastada y el cura Luciano se ofreció de portero. Paró dos veces la lata con el pie derecho y una con la rodilla izquierda. Debió dolerle, pero no se quejó. Luego me pidió que lo acompañara. El patio era una especie de foso. Caminamos hacia las escaleras que lo rodeaban y a través de ellas accedimos al pórtico. No estábamos del lado de los salones ni del antiguo gimnasio, que temblaba cada vez que saltábamos porque era demasiado viejo. Los escalones que habíamos subido conducían en la planta baja hacia el despacho del director, el comedor de los curas y los laboratorios de química. En la primera planta, estaban las aulas de los últimos años del bachillerato. En la segunda, la biblioteca y una capilla privada. Y, en la tercera, las habitaciones de los curas. Caminamos hacia el ascensor, ubicado entre el despacho del director y el acceso a las escaleras. Era un ascensor relativamente moderno que casi inmediatamente nos dejó en la tercera planta. No recuerdo que encontrásemos a nadie. Era el mediodía y normalmente a esa hora había poca gente en el colegio, pero siempre algún cura aparecía por allí. Si no era el Padre Frassatto, que después de comer atravesaba el patio con su sotana blanquísima y abría la puerta de la iglesia grande, el Templo de María Auxiliadora, era el Padre Panciera, uno de los primeros salesianos en llegar al país, o el Padre Ferronato, que iba a la filatelia. Pero esta vez no encontramos a ninguno. El colegio parecía estar desierto, como si una bomba mata gente hubiese caído sobre el centro de Valencia, la de Venezuela, y nos hubiera dejado a mí y al cura Luciano solos caminando en la tercera planta del colegio Don Bosco. Él no parecía estar nervioso. Todo lo contrario. Llevaba el manojo de llaves en la mano izquierda y en la derecha una libreta y dos o tres libros. Yo iba a su lado y tampoco me sentía incómodo. En la familia conocíamos muchos sacerdotes. De hecho, casi todos los amigos de la familia eran sacerdotes y el noventa por ciento salesianos. Por eso yo no sólo iba de lunes a viernes al colegio Don Bosco, sino que de lunes a domingo escuchaba con mi tía la misa en la iglesia de Guaparo y, por si fuera poco, los domingos en la tarde, era el monaguillo de la iglesia de La Entrada. Para mí era normal caminar al lado de un cura. Lo que nunca había hecho caminar con uno en la tercera planta del colegio. En la casa no me lo habían advertido, pero no tenía sentido que yo caminase con el cura por ese pasillo. El cura Luciano mientras tanto continuaba hablando y caminando. Yo iba a su lado. Yo, que tenía ocho años. Y no me asusté cuando él se detuvo frente a una puerta y la abrió con su manojo de llaves. Era, lo entendí entonces, su habitación: la stanza del prete. Él entró primero, encendió la luz y luego me hizo pasar. No miento si digo que recuerdo el olor del lugar. Olía a desinfectante. Dejó las llaves y los libros sobre el escritorio junto a la cama y comenzó a enseñarme su biblioteca. Estábamos él y yo frente a ella. Han pasado casi cuarenta años y aún la recuerdo como si la acabase de ver. Libros, libros, una cámara fotográfica, alguna biblia, un rosario. La biblioteca del cura Luciano.

El Colegio Don Bosco ocupa todavía una manzana completa del centro de Valencia. Es una estructura grande, gigantesca. Cuatro caras de una fruta construida en diversas etapas en cuyo centro, a manera de foso, se encuentra un patio inmenso dividido en dos por una hilera de árboles. Ése era el patio que atravesaba el Padre Frassatto para ir a rezar en la iglesia luego del almuerzo. Allí yo jugaba los mediodías, luego de comer una arepa o dos cachitos, mientras esperaba las lecciones de la tarde. Como vivíamos a veinte kilómetros del colegio, mi madre había decidido que yo me quedara en el colegio los mediodías y luego me recogería mi tía, que salía a las cinco y media de su oficina. Así funcionamos durante cuatro años. Yo a las doce y media me sentaba en el suelo, con la espalda pegada a la pared del comedor de los curas, y comenzaba a comer. Entre mordisco y mordisco escuchaba sus discusiones y sus risas. Luego los veía salir. Primero el Padre Frassatto, hacia la iglesia. Luego el Padre Panciera y el Padre Ferronato hacia la filatelia. Y luego los otros curas, varios años más jóvenes, todos hacia sus habitaciones, para hacer la siesta. Así iban saliendo de uno en uno y así también iba pasando el tiempo, los años. Uno de los curas era el director del colegio, un hombre moreno y delgado de apellido Scurato que luego sería sustituido por el futuro cardenal, José Ignacio Velasco. Otro era el Padre Moretto, el profesor de música. Nos enseñaba canciones religiosas y tocaba el órgano. “Somos Don Bosco que camina”. Pero también le gustaba jugar al fútbol. Recuerdo que una vez se fracturó el tobillo derecho al intentar detener un balón. En una época estuvo el Padre Carlos Reschop, siempre con el cuello inclinado hacia la izquierda y con una campana pequeña en la mano que le servía para decretar el final del recreo de primaria, pero también para golpear en la cabeza a los más atrevidos. Luego del Padre Carlos estuvo el Padre Félix. También salía obviamente el cura Luciano. Tenía una marcha rara, entre lenta y amanerada. Venía de Italia y, aunque con acento, su castellano era bastante bueno. Se hablaba mucho de él. Inicialmente de manera positiva por el hecho de atreverse a frecuentar la universidad local, la Universidad de Carabobo. Luego cambiaron las cosas. Comenzó a circular el rumor de que llevaba a los alumnos a su habitación. Unos decían que los hacía masturbarse mientras él ?sentado frente a ellos? escribía en una libreta. “Dice que son apuntes para su tesis”. El cura Luciano estudiaba educación, mención orientación. Otros decían cosas diferentes. “Sencillamente te metes con él en su cuarto y él te pregunta si sabes qué significa la palabra genitales y si los puedes señalar”. Los más procaces lo tenían claro: “hay que cogérselo o hay que dejarse coger”. Pero éstos decían que nunca habían subido por lo que sus hipótesis carecen de valor, incluso en el recuerdo. En esa época yo ya tenía once años y estaba a punto de dejar el colegio. Por una o por otra razón, porque no me gustaba quedarme en el colegio los mediodías y porque tenía una relación problemática con dos o tres alumnos y algún profesor, pedí a mi madre que me sacara y ella finalmente accedió. Recuerdo el día en que fuimos a retirar los certificados. El cura Luciano fue el único que se acercó. “¿Cómo está? ¿Cómo se siente? ¿Por qué se va?” Aunque se refería a mí, no me lo preguntaba directamente. Se lo preguntaba a mi madre. Ella lo interpretó favorablemente. “Mira qué buen cura, es el único que ha mostrado interés”. Yo no supe qué decir. Ahora lo veo más bien como un delincuente que se acerca a la escena del crimen y se interesa por saber qué detalles de su delito conoce la policía. Luego, cuando yo ya estaba en el otro colegio, supe que también a él lo habían cambiado de colegio, incluso de ciudad. Se decía que la causa del cambio estaba relacionada con los niños que continuamente entraban y salían de su habitación. No desapareció entonces de mi vida. En los años de la facultad, hablé de él con un compañero que también había visitado la sua stanza. Recuerdo también que una vez, yo tendría unos 34 años, caminaba con mi hijo de uno o dos años por el aeropuerto de Curazao y lo vi de lejos: era su rostro rojo y mortificado por el sol o por alguna alergia, su camiseta brillante, era el cura Luciano. Agarré a mi hijo, lo abracé, lo cubrí completamente y me fui con él hasta el otro extremo del aeropuerto. No quería que me viera, no quería que me identificara, pero fundamentalmente no quería que sus ojos se topasen con la piel de mi hijo. Sentía, en una mezcla de miedo, rabia y odio, que debía protegerlo.

En la habitación del cura Luciano, yo tenía ocho o nueve años. Sentía una especie de miedo que me turbaba pero que no era del todo desagradable. Recuerdo que él me mostraba los libros de su biblioteca, pero no recuerdo más nada. Considero imposible que me hubiese pedido que me masturbase porque yo no sabía de qué se trataba la masturbación y del pene sólo conocía su función urinaria. No recuerdo que me tocara. Tampoco recuerdo ningún gesto violento. Quizá no pasó nada. No sólo es lo más probable sino lo que yo más deseo: que al cura Luciano le hubiese conmovido mi inocencia de entonces, que era infinita, y lo dejase estar; o que sencillamente no me hubiera llevado a su habitación con una intención malsana. Yo era muy pequeño y de las cosas que luego se supieron entonces nada se sabía. Quizá algo pasó y lo he olvidado todo: en una época lo planteé repetidamente en mis sesiones de psicoanálisis, pero no pude sacar nada en claro, más allá de que la tensión sexual que entonces había en el colegio era suficiente para sentirse mal o que allá arriba, en la stanza del prete, no era necesario ser penetrado analmente para ser abusado. Puede tratarse de nada o del rincón más oscuro de mi memoria. Realmente lo ignoro y quizá nunca recuerde ni logre aclarar nada más. Lo único que sé es que el cura Luciano no debió llevarme con él a su habitación, no importa que lo hiciera con el pretexto ?ahora lo recuerdo? de regalarme una galleta María y dos mandarinas. Lo de las mandarinas no lo había recordado hasta ahora. Eran dos. No era necesario hacerme subir a la sua stanza para dármelas.