La violencia volvió a azotar una escuela el pasado 18 de mayo, cuando a un estudiante de 17 años, Dimitrios Pagourtzis, al parecer despechado por un rechazo amoroso, se le ocurrió vestirse con una gabardina negra, armarse con un fusil y una pistola que pertenecían a su padre, y cometer una masacre en la escuela secundaria de Santa Fe, un pequeño pueblo de Texas.
En lo que va de año, han muerto más personas en escuelas a manos de homicidas armados que soldados norteamericanos en conflictos en el extranjero.

Diez personas cayeron bajo los disparos del joven criminal en Santa Fe: ocho estudiantes y dos profesoras. Entre los muertos estaba la joven que había rechazado las propuestas amorosas del homicida durante meses, Shana Fisher. Tras sufrir el indeseado acoso durante largo tiempo, terminó asesinada por el despiadado hostigador.

Una estudiante paquistaní, que asistía a la escuela de Texas bajo un plan de intercambio estudiantil, también cayó abatida por los balazos del asesino. Sabika Sheikh quería ser diplomática y llevar en alto el nombre de su país. El secretario de Estado, Mike Pompeo, ofreció a la familia de la joven sus “más profundas condolencias”.

Como en todas las masacres anteriores, los políticos se apresuraron a asegurar que sus “oraciones y pensamientos” están con las víctimas y los dolientes. Pero no es suficiente. Todas las condolencias que puedan expresar son frases huecas que no resuelven nada, un pobre consuelo ante la plaga que devasta a la nación.

En la matanza del Día de San Valentín en una escuela secundaria del condado floridano de Broward, en la que Nikolas Cruz –otro cretino como Pagourtzis con el cerebro derretido por el insano culto de las armas– asesinó a 17 personas, los políticos dijeron que rezarían por las víctimas y que tomarían medidas para que el horror no volviera a pasar. Pero como habían anunciado los que quieren detener las absurdas matanzas en este país, volvió a pasar.

No basta con rezar. Hay que tomar medidas eficaces contra la afición de los norteamericanos por las armas, que ha convertido a los Estados Unidos en el país más violento del mundo desarrollado.

La Segunda Enmienda de la Constitución, redactada en 1791, y que según una interpretación cuestionable garantiza el derecho de los ciudadanos a armarse, es obsoleta y debe ser derogada. La Segunda Enmienda se redactó para que las milicias ciudadanas que combatían a las tropas de la metrópoli británica a fines del siglo XVIII tuvieran sus mosquetes a mano a la hora de enfrentarse a los soldados de la Corona, no para que los ciudadanos del moderno Estado democrático tengan fusiles de guerra en sus garajes. Fusiles que en la mayoría de los casos no se usan para mantener a raya a los delincuentes, sino para cometer matanzas contra personas inocentes y desprevenidas. Las armas que el padre de Pagourtzis había adquirido legalmente solo sirvieron para que el estúpido criminal de su hijo asesinara a compañeros de estudios.

Los políticos deben dejar la hipocresía y los rezos a un lado y tomar medidas para controlar eficazmente la malsana proliferación de armas. Eso va a ser muy difícil, porque muchos congresistas se inclinan ante la poderosa Asociación Nacional del Rifle –la asociación que hace propaganda al negocio de las armas–, que los soborna con cuantiosas contribuciones a las campañas políticas. Esos políticos no representan al pueblo, sino a intereses particulares que les forran los bolsillos.

La gente debe acudir a las urnas electorales para sacar de sus puestos a los funcionarios que anteponen las ganancias de los fabricantes de armas a la seguridad y el bienestar general. Las estadísticas no mienten: el índice de asesinatos con armas de fuego en los Estados Unidos supera con creces al de cualquier otra nación desarrollada porque hay demasiadas armas en circulación: más de 300 millones, aproximadamente una por cada habitante del país. Muchos ciudadanos no tienen ningún arma, pero otros acumulan arsenales en sus casas.

Digan lo que digan los mercaderes del negocio de la muerte y los defensores de las armas y de una enmienda constitucional obsoleta, la epidemia de la violencia se cura con un control estricto de los fusiles y las pistolas. La masacre en la escuela de Santa Fe vuelve a demostrar que el problema radica en la tenencia de armas. Esa es la verdad que la sociedad debe entender para actuar en consecuencia.

© 2018, Andrés Hernández Alende. All rights reserved.

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Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso (2013) yEl paraíso tenía un precio (2011). El ocaso quedó entre las cinco finalistas del Premio de Novela de Concurso Latino de 2013, y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Miami de ese mismo año. Escribe una columna de temas sociales y políticos en El Nuevo Herald (Miami) y tiene un blog, llamado El Blog de Alende.