La invasión de los niños

La crisis de los niños inmigrantes provenientes de Centroamérica, que ha desbordado la capacidad de respuesta y alojamiento de las autoridades en la frontera sur de los Estados Unidos, ha sacado a la luz flagrantes paradojas y despreciables actitudes.
Primero, en los Estados Unidos han salido a la calle –como siempre– las hordas racistas e insolidarias con otros seres humanos que no hablan inglés ni son calvinistas, para quejarse de la invasión e increpar a los infelices cuando son trasladados en autobuses a los centros de detención.
“La culpa es de las políticas de Obama”, argumentan los racistas y oportunistas del Partido Republicano, tratando de sacarle capital político al fenómeno migratorio y de paso desahogando su pérfido malestar con el hecho de que el ocupante de la Casa Blanca es un mestizo, un hombre de la raza negra, no un ario como ellos.
El legislador republicano Bob Goodlatte, presidente del Comité Judicial de la Cámara de Representantes, dijo hace unos días que el Congreso está listo para aprobar recursos adicionales para atender la crisis de los inmigrantes menores de edad, pero aclaró que las medidas deben ser policíacas. Lo que quiere Goodlatte y los que piensan como él –que no son pocos, hay que tener en cuenta– es que se detenga y se deporte inmediatamente a los niños y a los adultos que llegan en la oleada.
El senador John McCain, republicano por Arizona y héroe de la guerra de Vietnam, quiere deportar de inmediato a los menores. “Tiene que haber un alto a esta situación –le dijo a CNN– y la mejor manera de hacerlo es enviar aviones con esta gente a sus países de origen”.
McCain y los demás no piensan que en sus países de origen, a los menores les espera la miseria, el acoso, la violencia, la muerte. No les interesa.
Las palabras de los republicanos han hecho creer a muchos que la llegada de los niños se debe a la percepción de que las políticas de Obama han suavizado las restricciones a la inmigración y que este es el momento de enviar a sus hijos a los Estados Unidos para que obtengan la residencia legal. La culpa, claro, es de Obama.
En Miami, albergue de todo tipo de paranoias políticas, hay quienes piensan que el éxodo es causado por alguna oscura conspiración comunista para crear el caos en los Estados Unidos. La imaginación de los fanáticos no reconoce límites.
La realidad es que la gran mayoría de los niños que llegan a la frontera sur, el 93 por ciento, proviene de tres países centroamericanos: Honduras, El Salvador y Guatemala. Son los países del istmo con mayor índice de violencia, territorio de feroces pandillas de criminales que se dedican al narcotráfico, extorsionan a comerciantes y a trabajadores, violan mujeres, reclutan niños a la fuerza para convertirlos en sicarios, sobornan a funcionarios públicos, y han devastado el tejido social de esos países.
Muy pocos de los niños inmigrantes provienen de Nicaragua, Costa Rica o México. El  nivel de violencia en estas naciones es marcadamente menor. Incluso en México, a pesar de la guerra contra el mundo que libran los carteles de las drogas en su enloquecido afán de lucro. Honduras es un país infinitamente más peligroso.
Los inmigrantes –niños y adultos– vienen de países que fueron campo de sangrientos conflictos civiles en la época de la Guerra Fría, y en cuyos asuntos internos el gobierno de los Estados Unidos metió la mano, y de qué manera.
Incluso mucho después que la contienda entre los dos bloques ideológicos concluyó, Honduras se ha convertido en el país con el peor índice de crímenes y violencia de la región tras el derrocamiento de Manuel Zelaya en 2009, cuando su gobierno populista fue sustituido manu militari por representantes de la oligarquía local. Los legisladores norteamericanos republicanos que ahora se quejan de la invasión de niños deberían recordar que ellos mismos dieron su apoyo al golpe de Estado en Honduras, disfrazándolo con argucias y pretextos supuestamente constitucionales. Los derechistas incluso se negaron a calificar la acción militar como lo que realmente fue: un coup d’etat, un cuartelazo.
El crimen y la violencia de que huyen los inmigrantes –niños y adultos– son, en última instancia, el fruto podrido de la miseria, que cubre como una costra la piel de Centroamérica –de unos países de Centroamérica más que de otros– tras largas décadas de corrupción, injerencia foránea e imposición de un modelo neoliberal cuyo resultado es la desigualdad escandalosa, el enriquecimiento descomunal de unos pocos a cambio de la condena de millones a la pobreza.
Esto es lo que deberían saber los alarmistas, los oportunistas y los racistas que quieren convertir a los Estados Unidos en un Elíseo aislado del mundo exterior por un muro de hierro, dispositivos electrónicos, insolidaridad e ignorancia, los que les quieren cerrar las puertas del futuro a los niños en la cara.