La identidad, la felicidad y la importancia del pasado en Indian Journeys de Gladys Ilarregui

Álvaro Torres Calderón

Revisando algunas notas de poesía, encontré unos poemas que me llamaron la atención y me hicieron pensar en el tema del pasado y el reconectar con él, lo cual traería un sello imborrable en lo que pueda expresar a la vez de darle sentido a varias cosas que rondan en mi cabeza y por lo tanto un sentimiento de felicidad indescriptible. José Saramago lo mencionó en algún momento al referirse a la felicidad como no otra cosa que estar en paz consigo mismo.

Esto me llevó a conectar justamente con estas notas y Gladys Ilarregui, quien nos dice que la mayor felicidad de un escritor es encontrar «su propia voz» Esta búsqueda también conlleva escuchar otras voces, escucharse en otras voces y convertirse finalmente, como menciona el poeta colombiano Juan Carlos Galeano “en la voz de la tribu,” una percepción que totaliza, engloba e incluye una comunidad que originalmente no es sino la construcción de un imaginario todavía en formación.

Esa percepción que busca una reacción de la ‘tribu’ la puedo encontrar en este poemario de Gladys Ilarregui llamado Indian Journeys de 1998, que es fundamental en su producción poética y el cual quiero destacar como uno de los trabajos de poetas latinoamericanos residentes en los Estados Unidos con un poder cautivador por el lenguaje que demuestra pero a su vez el impacto que tiene con el tema de la identidad.

A lo largo de sus páginas hay una tensión entre lo efímero y lo profundo, asimismo  el mismo cuerpo actúa como centro e imán, crea una metáfora de lo asimétrico y se refleja bajo nuevas miradas que son las que efectivamente se multiplican en infinitas alternativas.

Es de relevancia indicar brevemente algunos aspectos importantes de la autora que nos darán más luces  sobre sus preferencias poéticas, sobre sus preocupaciones. Nació en la Argentina 1958, pero reside en los Estados Unidos desde 1983. Ha publicado los siguientes libros: Poemas de Medianoche (2003, Premio Jorge Luis Borges), Reuniones (2000), Como una viajera y sus postales (1999), Indian Journeys (1998, Premio Plural), Oficios y Personas (1996, Premio Lorca) y The Cumean Sibyl, Selected Poetry (1999).

Gladys es la primera hija de una familia de clase media cuyos antepasados habían emigrado de España a Buenos Aires hacía tres generaciones. Su padre, José Eduardo Blanco trabajaba como empleado de comercio, mientras que su madre Gloria mantenía la casa para ella, el hermano menor Eduardo, el tío y el abuelo paterno. De niña Gladys sufría de una seria deficiencia renal. Con frecuencia tenía que quedarse en el hospital, conectada a máquinas que la mantenían en vida, dependiendo incluso para sus más mínimas necesidades de las enfermeras, de los médicos o de su madre. Las personas que van a influir en su vida en cuanto a lo literario van a ser su abuelo y su madre y esos recuerdos o fragmentos siempre la acompañan y son importantes en el constante desarrollo y adaptación en una sociedad diferente.

Indian Journeys, refleja el pasado y el presente personal de la voz de la poeta pero también en un plano más amplio refleja lo arcaico y moderno del continente americano. Los paisajes desde Alaska hasta Argentina son incluidos en su imaginario. Encuentra material en aquellos lugares para sus poemas.

Su poesía ordena fragmentos de mitos, filosofía, ciencia, experiencia personal, y literatura para recrear su experiencia. Como sus imágenes, se mueve fácilmente entre la cultura occidental, las ideas americanas antiguas del microcosmos, el macrocosmos y de los elementos que son cruciales tanto como la idea moderna de las partículas y el perspectivismo. Judy B. McGinnis, tuvo un papel preponderante también porque es quien traduce este y algunos otros poemarios al inglés.

Sus espejos son el mundo, el cosmos, el tiempo, el lenguaje, el ser y la memoria que buscan un reencuentro con sus propios elementos fragmentados en un instante anterior. Se fusionan en la búsqueda del ‘otro’, que se nota en la experiencia de esta viajera, en su experiencia de mujer como una constante en la rica propuesta poética. La voz de la poeta señala “pienso en sueños soñados por otras mujeres, niñas mirándose desde los espejos de agua…” El pasado y presente singular de la poeta se buscan y se encuentran en el paisaje de otras niñas y mujeres a través de la historia de su vida.

Un ejempo más completo de lo anteriormente mencionado es su poema “Los antepasados” o como la voz poética le llama, el principio de un viaje:

como un baúl de espejos de caras fracturadas aparezco buscando mis caras anteriores, y en la montaña de miradas, de un espejo a otro, saco la cara de la niña que mira pasar la lluvia, entre tantos espejos está también mi cara con dolor, con ojos largos, mi cara adolescente, mi primera arruga caras de mis caras en estos espejos, en el ático donde otros guardan muñecas yo guardo gestos una luz de atardecer se filtra por la casa mágicamente, una luz que al tocar las cortinas las pone pálidas de rodillas busco mis otras caras, mis pertenencias: sonrisas, lágrimas, astucias inocentes, es que llega una edad donde la literatura es un deconstruirse y encontrarse uno mismo: los verbos sueltos, el pelo suelto, los lazos, las hebillas desde una persona potencial a una privada haciendo versos: buscando mis caras.

El tema del exilio es importante aquí pues la poeta inicia un viaje a otro lugar, la mujer moderna y el viaje de la mujer americana, original que es exiliada en el pasado y ambas tratan de encontrarse. El tema del exilio es tomado pues en su aspecto más amplio. Como menciona el poeta Luis Alberto Ambroggio en Poesía del exilio argentino en los Estados Unidos, el exilio “implica no sólo el exilio político, sino también el socio-económico, profesional, entre otros; la expulsión y el autoexilio, la amplitud de modalidades que abarca la idea de “irse de” y “vivir en” un lugar fuera del que conforma la identidad primaria del poeta.” (20)

La poesía de Ilarregui la vemos expresada en diferentes dimensiones: el cuerpo transmisor de mensajes o un cosmos que lleva adentro como en su poema “Retrato de una mujer con un mensaje”, observamos el cuerpo envejecido en “Me distraje”, el cuerpo de la memoria y del sueño en “Wisdomkeepers”, el cuerpo del lenguaje de lo sagrado en “Autumn Prayer”.

 Lo original, fresco, y enigmático, se traduce en una celebración especial de la población indígena de América, situando la mirada bajo una perspectiva ahistórica: rompiendo con estructuras o parámetros y reconoce al ‘otro’ en un tiempo que no es el que se nos enseñó a ‘respetar’, sino un tiempo muy íntimo, un pasar de instantes o miradas que nos dejan vivir y compartir con esa ‘otredad’ que fue abandonada por nuestro transplantado olvido occidental americano; y que ahora se nos devuelve por el poder de la poesía y la imaginación de un viajero o viajera.

La poeta mantiene al lector cautivado escapando de lo convencional que puede ser un tema de nuestros tiempos, como los problemas de identidad solucionados a través de la psicología, la sociología, etc. Ese hilo está presente y listo para ser tomado, el tablero está ahí y la poeta es responsable de la reconexión de estas huellas en peligro de ser borradas para siempre. Nosotros mismos somos responsables.

La misma vida de estos tiempos nos abandona también y continúa a pasos acelerados sin darnos un respiro y nos obliga a correr. Ilarregui, trata de hacernos respirar a través de una experiencia mística para recoger nuestras huellas del pasado y renovarlas con nosotros mismos. La voz poética nos lleva a una dimensión diferente y nos cuenta su experiencia como la que escuchó de poblaciones indígenas que ella visitó en su viaje por las Américas.

Asimismo, resalta la función de la mujer como mensajera que transforma el lenguaje de sus recuerdos más obvios, y  aparece en el curso del amor, y el reencuentro, ejerce un magnetismo especial: el de ser ella misma, abriéndose a la expectativa y al miedo, la fuerza inmediata de la mano que acaricia, y el dolor de un espejo.

La estructura del poemario permite ingresar a las diferentes etapas en las que el Ser sale de su monotonía, recoge sus espejos, los recompone, vuelve a nacer y es un nuevo yo, el fresco, el nuevo. El lector se encuentra absorbido por la fluidez con que las ideas se entretejen y nos llevan de un punto a otro y así sucesivamente hasta el fin del viaje en el que nuestra experiencia está totalmente transformada. La celebración de la experiencia es definitivamente un tema importante y crítico en este poemario, una experiencia que está registrada en afectos y aventuras interiores.

En ‘Me distraje’ por ejemplo la poeta nos habla de su desfamiliarización con los segundos, con los minutos, con las horas convencionales, con los planos. Ella nos dice: «y perdí la noción del tiempo y el espacio… sentí la vibración de otro ser vivo: mis palabras, mi tiempo” (Ilarregui, 12). Nos lleva a la inmensurabilidad de la realidad de la caminante que se constituye como un cambio necesario, que sin querer el otro tiempo que mide pasó y su cuerpo ya es mayor; pero no es nunca tarde para redescubrir los espejos de la memoria y refrescar la identidad adentrándonos a la cosmogonía americana y al de la propia artista.

En el poema ‘Conversaciones’ nos devuelve la imagen de la totalidad del ser y lo maravilloso que es crecer creando, con un impulso muy vital mágico y “azul”. El crecer es visto como el “búfalo corriendo por la pradera de la página.”(16), es el escribir con toda intensidad posible para descargarlo en “luna” como el papel. La imagen que desarrolla es fuerte por la conexión entre la escritura, el lenguaje y su diálogo con el pasado para poder proseguir.

En ese microcosmos la historia se repliega y confunde, y la poeta viajera comprenderá la rutina que ha dejado atrás y en “Autumn Prayer” dirá que “una hoja amarilla cruza el agua, una señal del ocre que se lo lleva todo, fugacidad de esta cara, estos ojos…” (18) resaltando la fragmentación que es conectada con el recuerdo pero la permanente existencia de la vida en la naturaleza, en todo como lo había sostenido Octavio Paz en su “Piedra de Sol”.

En todo este viaje hay una persona sensible que tiene que enfrentarse consigo misma: la certeza de saber quién una es y en su eventual rescate, los personajes femeninos se reconocen, quienes nunca se ven como víctimas sino que tienen el poder de renacer, como se puede apreciar en “Criar espejos”: “…lluvia encendida de fuego, de potencia, o lluvia que al borrar todos los rostros, inventa nuevamente un camino…” (20). También recalca la imperfección humana, y el resultado del viaje o exilio que si bien puede ser esperanzador, no es la felicidad original. La poeta afirma que “si bien crecerá un mañana …antes tocábamos los astros con los ojos” (36).

El proceso termina con el alivio que produce la poesía, con los vacíos que llena, que va más allá de lo humano y que este puede tocarla al verse, al ver al otro, al caminar el mundo, al imaginar, hará que esas creaciones artificiales – ayer, presente, futuro – sean una y distinta a la vez: “la poesía lo puede todo/la poesía es un eco en la garganta cósmica de una pradera” (40)

Este es un poemario autobiográfico y testimonial porque forma parte de un círculo de experiencias de la poeta con poblaciones indígenas, específicamente mujeres, olvidadas en el trayecto histórico, pero que renuevan su cosmovisión al ser manifestada a través de la palabra a nosotros lectores que experimentamos un viaje similar encontrándonos y reconociéndonos en los demás. Al final todos provenimos del mismo origen, como lo menciona Diane Glancy en Claiming Breath, el cual se comunica de una u otra forma como una biblioteca invisible, que surge con la tradición oral que lleva la llama y el espíritu de la gente estableciendo un sello personal y tribal.

Esa comunicación se conecta con los tiempos modernos mediante muchos medios, sin embargo ese “espíritu” (la vida, la palabra, la poesía, el mundo), sigue su curso como lo menciona la viajera en “Contando cuentos”: cuyas historias terminan “imponiéndose al olvido, a la cinta grabada, al silencio” (26). Y tiene razón porque el olvido es imperfecto y humano, la cinta grabada termina por ser piedra inerte y el silencio es la imitación de la muerte.

Finalmente, dentro del plano de la autora misma, Ilarregui es definitivamente “otra”: por virtud de su ser y de su identidad nacional. Además, viviendo en diferentes lugares y ahora residiendo en los Estados Unidos, se ha percatado más de su “otredad”, de su individualidad y de su propia “extranjeridad”. Incorpora fragmentos del pensamiento europeo en complejas alusiones a escritores de diversos orígenes. A través de estos fragmentos reconstruidos se define como mujer, argentina, hispana viviendo en los Estados Unidos, pero también como poeta dirigiéndose al mundo.

Asi recuerdo su poema “Fotos viejas”:

Uno no condena a una tijera por haber formado parte del trabajo de cortar una fotografia. El afilador de tijeras pasa con su silbato inundando la tarde las tijeras son como pájaras dormidas adentro de un cajón picos que parlotean en silencio, o se duermen sin mar

y pasa la tarde – apretada a sus flores de durazno – pasa levantando la siesta, rozando con los dedos las ventanas una mujer mirando fotos viejas, personas que cruzaban el pasillo restos de sol tocando la espalda de una silla, cortar una fotografia mientras llora, y el afilador cruza con su silbato por la esquina, el hombre lleno de potencias: dividir, cortar, lastimar, organizar de otra manera,

el rompecabezas de líneas que suben y bajan, pedacitos de ella/ que caen por la ventana cuando él silba y pasa: en un trabajo inofensivo de afilar esas bocas de pájara, y en un inofensivo caer de la tristeza.

Su trabajo es la reinterpretación del pasado y de ella misma (y por tanto de nosotros) a través de una frase ecléctica que revela la fragmentación de su cultura, refractada en su psique, que se reconoce como “otra”. La definición o la propuesta de Ilarregui desde la periferia genera con su poesía varias cosas a la vez: uno de indeterminación, inmanencia, auto-textualización, urbanismo, pluralismo, eclecticismo radical, fragmentación, dispersión. Su lenguaje, si bien diferente y re-evaluador, no mantiene al lector indiferente y su mensaje llega a su destino: las huellas no quedan perdidas y por el contrario continúan y se mantienen a la espera de nuestro propio viaje.