La hora de Andrés Montero

 

En entrevista con Suburbano, el escritor chileno habla de su novela “En el horizonte se dibuja un barco” y de los beneficios que le trajo el Premio Elena Poniatowska por “Tony Ninguno”. Al mismo tiempo, comparte impresiones de su oficio de cuentacuentos, su elección de Gabriela Mistral por sobre Neruda, su opinión sobre la libertad creativa en estos tiempos y cuenta por qué acaba de crear una editorial sobre teoría de narración oral. 


 

Andrés Montero Labbé (1990) es un escritor inquieto. Mientras se desarrolla parte de esta entrevista en la terraza de un bar santiaguino golpeado por el sol, se acerca a una mesa de al lado a comprar un cigarrillo que finalmente le regalan. Luego busca un enchufe donde cargar su celular y después de un rato se acerca a un músico que acaba de tocar para pedirle su contacto. Lo quiere invitar a una actividad de “La Matrioska”, la compañía de cuentacuentos que dirige junto a su pareja Nicole Castillo. Su espíritu inquieto se deja ver también en su biografía. Estudió un semestre Historia en la Universidad Católica de Chile, después hizo dos semestres de Literatura en la Universidad Alberto Hurtado, interrumpidos por un viaje de cuatro meses por Argentina, Bolivia y Perú en 2011. Admirador de Roberto Bolaño, de los infrarrealistas y de la narración oral como parte importante de la construcción de su narrativa, Montero aprovechó ese viaje para poner en práctica su oficio y pasión: contar cuentos, en lo que reconoce también la influencia de su familia, “narradores de sobremesa”, les llama. Y es que la narración oral es parte fundamental de sus libros. Por ejemplo, de “Tony ninguno”, su celebrada novela publicada por La Pollera, que en 2017 obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska, entregado en octubre de ese año en la Feria Internacional del Libro del Zócalo de Ciudad de México. Desde ese momento su nombre comenzó a dar vueltas por los medios de prensa y emergió como una voz lúdica y original en la literatura chilena. Siguieron los premios; su libro de cuentos “Alguien toca la puerta. Leyendas chilenas” (SM Ediciones) ganó el premio Marta Brunet, entregado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, en la categoría infantil; en 2018, “Tony ninguno” se tradujo al italiano, al danés y tuvo una edición argentina. También el año pasado, SM Ediciones publicó “En el horizonte se dibuja un barco”, una entretenida y emotiva novela que cuenta la historia de Gabriel, un adolescente que va descubriendo su poesía al mismo tiempo que sus tormentos con el amor y el desamor. El libro, quizás eclipsado por el éxito y difusión de “Tony ninguno”, tuvo poca visibilidad y para sorpresa de quien escribe, también una mirada un tanto distante de su propio autor. El escritor inquieto y entusiasta que es Andrés Montero fue descubriendo en el camino que su novela era mucho más que un texto juvenil para adolescentes. El acercamiento a la poesía que tiene el protagonista bien podría ser el vínculo que tenemos los lectores (de todas las edades) con ella, desde las reflexiones sobre la construcción del género mismo o de esas reflexiones casuales que se dan en un momento muerto de un día cualquiera: “Es tan triste Santiago un sábado a las seis de la mañana. Es tan triste regresar a casa sin saber bien qué le espera a uno, si un reto o la indiferencia o ninguna de las dos cosas, tal vez simplemente un montón de imágenes de una fiesta a la que habría sido mejor no asistir”.

En esta entrevista, el autor expone el carácter inquieto que tiene en su relación a tiempo completo con la literatura, su oficio de cuentacuentos, su elección de Gabriela Mistral por sobre Neruda, su opinión sobre la libertad creativa en estos tiempos, habla de sus películas favoritas y de por qué acaba de crear una editorial sobre teoría de narración oral.

El libro es una novela protagonizada por adolescentes, pero en esta historia se cuela una definición de la poesía. ¿Hay algo del vínculo que tú tienes con la poesía en esta novela?

Leo menos poesía de lo que quisiera, porque me cuesta muchísimo entenderla, pero en la adolescencia fueron los poetas los que me acompañaron. Creo que en esa época entendí que la poesía era una forma de ver el mundo de nuevo, o algo así, y luego intenté traspasar eso a la prosa que es lo que se me da mejor. Gabriel, el protagonista, descubre en Nicanor Parra algo de la rebeldía que a él le falta y es un poco lo que me pasó a mí también. De modo que sí, hay bastante de mi propio vínculo con la poesía en la novela.

¿Piensas como Gabriel que Santiago es una ciudad triste a las 6 de la mañana?

No, a mí me parece una hora hermosa. Todo tranquilo, el sol saliendo por la cordillera, hasta el aire parece limpio. Pero cuando uno viene de regreso de una fiesta en la que le fue mal, y va borracho de regreso a la casa, sin plata y sin cigarros ya, sin saber bien para qué se emborrachó tanto, eso sí me parece triste. Pero no por Santiago, sino por la idea de ciudad grande abandonada a cierta hora.

¿Sigues pensando que esta es una novela para el público adolescente?

Sí, yo la escribí pensando en ese lector, recordando quién era yo y los que me rodeaban a los 17 años. Pero es difícil catalogar así, porque a los adultos que la han leído les ha gustado mucho. Dicen que les ha hecho recordar esa «Edad prohibida» (como diría Torcuato Luca de Tena) que muchas veces olvidamos rápido porque trajo muchas cosas desagradables, partiendo por nosotros mismos. Que esté pensada para lector adolescente no quiere decir que no la puedan disfrutar tanto o más los lectores adultos.

Desde que conocí «En el horizonte se dibuja un barco» sentí que tú mismo como autor la miraste por debajo del hombro y me parece que en alguna conversación anterior me lo reconociste.

Creo que tiene que ver solamente con el tiempo que me tardé en escribirla. Para “Tony Ninguno”, por ejemplo, trabajé cuatro años en total, desde la primera idea hasta la edición con La Pollera. Claro, tenía que aprender mucho de circo, leer varios libros, ver documentales y películas relacionadas con el circo y hasta ir a quedarme unos días en un circo de pueblo. En cambio, con esta el trabajo fue distinto, mucho más emocional, si se puede decir así, que intelectual. Me pasé todo el verano escribiendo y la terminé a tiempo para enviarla al Premio Barco de Vapor, donde resultó finalista. Digamos que si la miré en su momento “por debajo del hombro”, como dices tú, debe haber sido porque es una novela que me significó menos trabajo. Pero bueno, dicen que Hemingway escribió “El viejo y el mar” en una sola noche y totalmente borracho. Quizá el tiempo de producción tiene menos que ver con el resultado de lo que yo mismo pensaba.

¿Cómo cambió tu oficio de escritor después del premio Elena Poniatowska a “Tony Ninguno”?

En lo cotidiano, muy poco. Sigo escribiendo mucho, porque es lo que más me gusta hacer, pero no tanto como quisiera porque tengo que parar la olla y para eso hago trabajo de gestión cultural y también cuento cuentos. Sí hay algo nuevo, que no tenía antes y que tiene que ver con los tres premios que me dieron el año pasado. Uno a “Tony Ninguno” y los otros dos a “Alguien toca la puerta”, que es un libro para niños de 10-12 años: ahora tengo una seguridad casi total de que habrá editoriales interesadas en publicar lo que escriba, a menos de que sea una burrada. Eso me da confianza en los proyectos literarios que comienzo.

¿De dónde viene tu interés por la narración oral?

Es familiar, hay muchos cuenteros entre los abuelos, tíos, hermanos, mi mismo papá. Claro que son cuenteros naturales, narradores de sobremesa. Mi hermano mayor hizo un taller para contar cuentos en el escenario y yo lo seguí. Eso fue el año 2010. Ahora soy el único que se dedica profesionalmente a contar historias, pero todos cuentan.

¿Cuál es tu apreciación de la literatura chilena actual? ¿Qué autores te interesan?

Estoy contento porque veo que la moda de la escritura “carveriana” (la frase seca, rápida, sin descripción, tan presuntuosa) que se reflejaba en libros muy breves, a veces con capítulos de 2 líneas y muy ligada a la autoficción, ha ido dando paso a libros más complejos y arriesgados, o al menos novedosos, con tramas originales. Del último tiempo podría mencionar “Jeidi”, de Isabel Bustos, “Ecos”, de Alex Saldías, “Kramp”, de María José Ferrada y la reunión de todos los cuentos de Cristián Geisse en “Pobres diablos”. En todo caso, no es que no me guste ese otro estilo: creo que Zambra es el mejor escritor chileno en este momento y sus libros son breves, de autoficción, etc. Es solo que aburría que todos los libros fueran tan parecidos. Y no todos son Zambra.

Hubo hace unos semanas una polémica en Chile por una usuaria que encontró un cuento del concurso “Santiago en 100 palabras”, que según ella hacía una apología al feminicidio. ¿Tiene libertad creativa la literatura en sus formas y contenidos o hay que cuidarse en estos tiempos?

Supongo que cuando perdamos la libertad creativa lo habremos terminado de perder todo. El microcuento al que te refieres es bueno, sin ser algo del otro mundo. Es correcto en su estructura y tiene algo que decir. No creo que haya que cuidarse, la literatura no hace apología de nada. Concuerdo con Bolaño cuando decía que la literatura solo se debe a la literatura. Un texto como este puede generar debate, poner otra vez el tema sobre la mesa, de hecho, eso es lo que ha pasado, pero entenderlo como una apología del femicidio es una soberana estupidez.

¿Qué opinas del caso del profesor de un colegio de Independencia que propuso como lectura a Pedro Lemebel y sus estudiantes se negaron? Hace unos días se supo que fue despedido.

No tengo claro cuál fue la razón de su despido así que sobre eso no puedo opinar. En términos generales, me parece sano que los estudiantes se puedan negar a leer algo, porque si lo logran estamos hablando de una sociedad donde la lectura puede ser dirigida, sugerida, pero no obligada. El problema es social: ¿por qué estudiantes se niegan a leer a alguien como Lemebel? ¿Qué les contaron? ¿Lo habían leído antes? ¿Qué les asusta encontrar ahí? ¿Cuánto se involucraron los apoderados en esta polémica? ¿Cómo “vendió” el profesor este libro, qué dijo que los espantó tanto? Es un caso muy extraño porque todo parece indicar que los jóvenes son cada vez menos prejuiciosos, más abiertos. A mí al menos me sorprendió mucho.

Hay una constante de que en tu literatura esté muy presente la literatura, en la vida de los personajes, en sus gustos, sus obsesiones. ¿Por qué?

No lo tengo tan claro. Imagino que porque son mis gustos y mis obsesiones, y quiéralo o no se terminan traspasando a los personajes que creo. El que cuenta se cuenta.

Después de leer tu libro hay una pregunta ineludible: ¿estás más cerca de Neruda o de Mistral?

Leí mucho a Neruda en mi época de poeta adolescente, creo que porque no conocía otros. No puedo negar que fue una primera entrada a la poesía. Pero hoy me siento infinitamente más cerca de Mistral. No solo la considero una mejor poeta que Neruda, sino que es evidente que mientras la figura de Mistral ha crecido y se ha valorado cada vez más, la de Neruda anda por los suelos. Soy de los que consideran que no vale la pena leer a los cabrones, no creo en eso de que la obra es totalmente independiente de su autor. A Neruda dejé de creerle hace mucho y eso me hizo releer su obra con otros ojos. “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta” sonaba muy bien, hasta que entiendes que Neruda era un egoísta y que se creía por encima del resto de los mortales. A Mistral le creo todo, cuando la leo, leo sinceridad, y eso para mí es importante. Por último, la cercanía que tuvo con el folclor y la importancia que dio a la narración oral me acerca más a ella, desde otro lugar.

Cuéntame de la editorial que acabas de lanzar con tu proyecto “Casa Contada” que ya tiene su primer libro.

Ah sí, eso me tiene muy contento, descubrir el trabajo de editor ha sido maravilloso. “Casa Contada” es una Escuela de Literatura y Oralidad, donde se imparten talleres de escritura creativa, crónica urbana, microcuentos, escritura autobiográfica, literatura infantil y narración oral, en diversos niveles. Yo quería que la escuela tuviera una editorial asociada que publicara libros de teoría literaria, sobre todo de Literatura Infantil y Juvenil, y teoría de narración oral. Así que este año publicamos el primer libro: “Contar con los cuentos”, de la española Estrella Ortiz. Para los que contamos cuentos o tienen interés en comenzar a hacerlo, es la biblia. Ya había sido publicado en España por la editorial Palabras del Candil, pero nos cedieron generosamente los derechos al enterarse de que al otro lado del mundo una editorial quería publicar teoría de narración oral, que prácticamente no existe.

¿Es un nicho atractivo para autores y lectores la narración oral?

Debería serlo. Hay muchísima gente que se pone a leer después de escuchar cuentos, son actividades que están bastante relacionadas, aunque me resisto a la idea de que la narración oral solo está al servicio del fomento lector: eso es falso y hace mucho daño al oficio. Para los autores es interesante que se cuenten sus cuentos, porque en quince minutos te escuchan 50, 100 personas, en cambio la lectura es personal. Además, está la adaptación del narrador, que puede hacer crecer el cuento o darle una óptica que tú como autor no habías considerado. Yo no puedo entender que las ferias del libro no tengan narración oral para adultos. Está el prejuicio de que solo hay cuentos para niños, y eso llevan. Además, más cercanos a los pintacaritas que a la narración oral.

Por último, ¿qué relación tienes con el cine? ¿Hay alguna película como recomendación para el cierre de esta entrevista?

No veo demasiado cine. En general, no soy muy amigo de la pantalla. Disfruto más una buena historia contada en la sobremesa que una gran película, y qué decir de una buena novela. No quiere decir que no vea nada de cine, pero me cuesta encontrar películas que de verdad me gusten. Me fijo muchísimo en los guiones y en los diálogos, mucho más que en la fotografía o la música, por ejemplo. Parece que esa fijación me hace incapaz de ver una película como un todo. Sí me gusta mucho el cine italiano, en particular las películas de Ettore Scola. Mi película favorita es “Nos habíamos amado tanto”, y quizá la segunda es “La familia”, también de Scola. Podría agregar “La Strada”, de Fellini. Me gusta mucho también el cine argentino. Las últimas películas que me volaron la cabeza fueron “Relatos salvajes” y “El clan”.