La filosofía peruana existe

Rubén Quiroz Ávila es filósofo y docente universitario en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado Ni calco ni copia. Antología de la filosofía peruana contemporánea (Solar, 2019) donde ha seleccionado trece textos: “Universalismo y latinoamericanismo” (Francisco Miró Quesada), “El comienzo del filosofar” (Augusto Salazar Bondy), “Repensando la tradición nacional” (David Sobrevilla), “El inca Garcilaso y la independencia de las Américas” (Edgar Montiel), “En torno a la identidad nacional” (María Luisa Rivara), “El principio de la interculturalidad y la filosofía de la plenitud” (José Ignacio López Soria), “Ética, modernidad y autoritarismo en el Perú actual” (José Carlos Ballón), “Ética ambiental. Del dominio al respeto a la naturaleza” (Teresa Arrieta), “Latinoamérica el reto de las redefiniciones” (Juan Abugattás), “La filosofía entre nosotros. Cinco siglos de filosofía en el Perú” (Augusto Castro), “Interpretando al otro: comunicación racionalidad y relativismo” (Pablo Quintanilla), “Kay, pacha, yachay. La reflexión y el saber en el Tawantinsuyo” (Victor Mazzi Huaycucho), “Experiencia cósmica y dinámica social en el Manuscrito de Huarochirí” (Zenón Depaz).

Augusto Salazar Bondy en 1968 publica su libro ¿Existe una filosofía de nuestra América? Ante ello, ¿Cuál sería la respuesta de Rubén Quiroz?

Salazar Bondy es uno de los más fascinantes pensadores latinoamericanos. Un activista incansable del filosofar. El pensamiento y la acción. Un filósofo comprometido con la mejora de la vida para todos. Es por ello que atribuye a las formas de colonización y hegemonía imperial como una de las causas de que nuestros discursos filosóficos, en su gran mayoría sean imitativos, serviles, acríticos, irresponsables en su vinculación con la realidad en la cual se desarrollan. En eso coincidimos. Es decir, de todos aquellos que convierten a la filosofía en una suerte de fe religiosa, en una secta donde endiosan a su filósofo y, cual creyentes, encuentran el camino, la verdad y la vida. En vez de ser filósofos parecen unos fanáticos seguidores de la palabra del gurú de turno. Entonces, se tiene a grupos que se han apropiado de la interpretación supuestamente exacta y válida y, desde esa imaginaria y peligrosa situación de privilegio, se fanatizan y son intolerantes con otros tipos de pensamiento. Sin embargo, ese modelo es una forma de dominación ya que define el canon y traza las fronteras de nuestras propias creencias. Incluso, su despliegue como un grupo apostólico en delirio dispersan el evangelio del filósofo o la corriente que asumen como su herramienta ideológica. Así tienes a fanáticos fenomenólogos, entusiastas heidegerianos, seguidores a ultranza de Žižek, hegelianos nostálgicos, marxistas en infinitas variantes, liberales que más parecen predicadores. Cuando sucede ello, hay una claudicación del espíritu crítico del filosofar. Es un desprecio a la forma más compleja de pensar suponer que existen individuos capaces de encontrar la respuesta a todo y luego, como un rebaño, seguir esas ideas. Es totalmente contrario a la filosofía misma permitir que se acepten ideas que más que liberadoras son una manera sofisticada de estupidización. Por supuesto, mucho de ese fenómeno está ligado a nichos de poder intelectual, de sobrevivencia como comunidad administrando una matriz conceptual que es útil en tanto mantienen el control en las diversas formas institucionales: desde universidades hasta medios de comunicación. Hay todo un campo de batalla en tensión y disputa por la administración de las ideas.

Somos parte de un país donde las humanidades no terminan de ubicarse en la escala de importancia del peruano promedio. ¿Qué se necesita para revertir eso?

Es muy retador plantear alguna alternativa sensata y que no sea una vana ilusión. Si apelamos a que es desde el Estado, que al fin y al cabo es una ficción social también, se den políticas de impulso, creo que sería un buen punto de partida. Ya que la existencia misma de esa forma republicana y democrática es salvaguardar el bienestar del colectivo nacional al cual se deben. Sin embargo, sabemos que hay una inmensa fractura entre quienes gobiernan y los gobernados que a duras penas buscan formas de subsistencia en su gran mayoría. Por lo tanto, lo que ha habido es una cadena de gobernantes corruptos, más preocupados en latrocinios que en apoyar la ciencia y las humanidades. Y ello se refuerza porque se han construido una ideología del pragmatismo más insensible con todo aquello que esté ligado a su no productividad industrial. Es decir, cualquier interés humano que no sea medible o no pueda ser explicada por una cadena de suministros, es considerado extraño, ajeno, casi un exotismo. Tienes por un lado esa lógica fabril que desprecia las humanidades y por otro, una población que necesita de condiciones básicas para tener calidad de vida. Sin salud ni educación públicas de calidad, con recursos, sin centros de conocimiento bien organizados, estamos condenando a nuestras generaciones a la exclusión.

Aún no se ha escrito una historia de la filosofía peruana. ¿Qué te ha motivado a emprender parte de esta titánica tarea?

A pesar del inmenso, complejo y enmarañado corpus bibliográfico que tenemos desde el siglo XVI, cuando menos, es inexistente una historia total de la filosofía peruana. Se ha contado de manera fragmentaria, incompleta, aunque con entusiasmo. Hemos perdido la oportunidad de contar nuestra historia acontecida, esa laberíntica e interesante ruta intelectual que tenemos. Por un tiempo, incluso, creímos que no teníamos historia filosófica. Craso error. Porciones inmensas de nuestra memoria epistémica no han sido mostradas. Es un desafío evidente, necesario, urgente, contar nuestra historia filosófica peruana. Como consecuencia de ello, por mi propia especialización en la investigación teórica, lo mínimo que podíamos elaborar es un muestrario básico de la filosofía peruana contemporánea. Ello apenas da un brochazo de lo que hay cocinándose como discurso. Es más cercano a un aperitivo donde se señala las variantes que estas últimas décadas ha tomado la filosofía como disciplina teórica. En el Perú los filósofos hemos estado un tanto al margen y, además, marginalizados por otras disciplinas. Hasta los coaches tienen mayor presencia que nuestros filósofos, estando nosotros entrenados para desarmar ilusiones. Ese es otro signo de la posición periférica en la que nos hemos estado moviendo, incluso, con la expulsión de la filosofía de los colegios secundarios. Esa debe ser una de las afrentas más desalmadas contra el pensamiento crítico.

En la introducción del libro, afirmas que la filosofía es una invención cultural exclusiva de Occidente. ¿Este sigue siendo un mito o cómo se podría interpretar en estos tiempos?

Occidente para gestionar la subordinación de otras culturas, fabrica tácticas de control efectivo, entre ellas, apropiarse de puntos de inflexión de la humanidad y, con ello, someter a otras formas culturales. Bajo el manto de una civilización única, cristiana, blanca, racional, configuró un orden global a su imagen y semejanza. De ese modo, la filosofía también se supuso exclusivo de Occidente. El tiempo ha desmontado la estrategia occidental y ha permitido mostrar la interesada instrumentalización que se ha hecho de esa tesis universalista. La expansión de Occidente a nivel planetario también fue la implementación de un paradigma, de un sistema de dogmas y el triunfo de un supuesto modo correcto de percibir la realidad. Eso es ya un modelo imperial que arrastró a todos a estandarizar nuestras creencias. Pero las fisuras, las grietas, existen en lo que parece monolítico. La filosofía está en todo el planeta desde siglos y es heterogénea. La filosofía no solo habla en alemán, inglés o francés. Incluso para evitar que el quechua se considerado una lengua con capacidad de contener abstracciones y conceptos universales, se la descartó como tal. O sea, se fabricó una supuesta incapacidad del idioma para que sea un dispositivo para pensar con complejidades abstractas. Ahora, es donde sospechamos que todo eso era una cadena de artilugios para que la maquinaria imperial se afirme.

Las antologías siempre suelen ser controversiales. Tu antología se compone de trece textos. ¿Por qué trece y por qué precisamente esos textos y esos autores?

Es la primera antología de filosofía peruana. Por lo tanto, tiene la ventaja de los unigénitos. Considero que el mapa de filósofos es más grande y con otros aportes que no he considerado por ahora. Acepto que la selección puede ser apenas un referente de la producción mayor que existe. Insisto que es el inicio de un universo que merece y debe ser contado. No pretendo que los autores seleccionados sean los canónicos, son solo indicios de que su producción bibliográfica, sus ideas, tienen algo qué decir. Bajo esta metodología, que puede ser muy discutible, se insertan autores que me han llamado la atención por sus aportes y que pueden sugerir escenarios de lectura de la realidad. Cada uno de los seleccionados tiene una trayectoria importante en Perú y que, considero, al colocarlo en Ni calco ni copia, se puede ayudar a conocerlos. Es que nuestra pequeña y muchas veces mezquina comunidad intelectual es incapaz de reconocer el aporte de los filósofos a la historia del Perú. Este texto demuestra que ello no es cierto.

Ahora, ya hecha esta propuesta inicial, estoy terminando una historia de la filosofía peruana contemporánea. En ella los casos son analizados, estudiados, confrontados, puestas en rigor. De ese modo, podemos tener un fresco, una cartografía de las ideas peruanas y cuyos impactos apenas tenemos indicios. Se ha ido moviendo de manera subterránea, pero existe, está allí, como un río hablador, como un torrente que ha comenzado a surgir y discurrir.

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