La construcción de una experiencia con Ítalo Calvino

Un día desperté con la preocupación siguiente: “¿qué voy a hacer en los próximos  años con mi vida?”. En aquel momento acababa de llegar a Monterrey con el objetivo de entrar a la Universidad. Conocía el diagrama citadino a grandes rasgos porque de niño en diversas ocasiones llegué a visitar a mis primos regiomontanos; sin embargo, transcurrida la adolescencia me ausenté por algún tiempo y, mientras tanto, la ciudad se expandía inevitablemente. Por ende, al llegar, yo, un mozuelo de 18 años, con el apoyo de mis padres tomé la decisión de vivir en un departamento junto con mi primo Enrique, un joven siempre punzante y cuya inteligencia es notable, quien ya estudiaba medicina, cursando el segundo grado, y otras siete personas. Imagina la escena: nueve hombres en el tercer piso de una serie de departamentos frente al Hospital Universitario. Aquello era muy divertido y, aunque decíamos estar estudiando, realmente gran parte del tiempo era consumirnos en un ocio dialéctico, desarrollar anticuerpos como consecuencia de una invasión continua de cucarachos y beber alcohol como si al día siguiente el mundo dejara de existir. Ahora bien, de cuando en cuando, mi primo Miguel me visitaba con su carismática sonrisa y sus lentes inconfundibles. Durante las tardes, fumábamos tal cantidad de cigarros que el cuarto donde dormía se impregnaba de una atmósfera neblinosa. Contábamos chistes, hacíamos reminiscencia de nuestra infancia y escuchábamos canciones de The Doors. Era una época en que el viento se llevaba las ilusiones y las regresaba como un aire de otoño: fresco y sutil.

En las tardes de aquel lejano 2002, recuerdo que leía Cien años de soledad y me preguntaba cómo era posible escribir una historia en donde hubiera múltiples relatos construidos en tiempos diversos; sin duda, pensar en eso me provocaba conflicto: un escritor necesita tener conocimiento, pero también creatividad. Veía yo en Gabriel un ejemplo que deseaba seguir y, más que un sueño, pensé en edificar mis propias historias.

En aquella mañana, cuando me pregunté esa duda existencial, ahora que lo pienso con cierta madurez, mi propósito de convertirme en escritor era iniciático e ingenuo. Para ese momento, ya escribía; sin embargo, una persona que se dedica realmente a la escritura sabe a ciencia cierta los desvaríos por los cuales un escritor pasa y las dificultades inesperadas, reveses, imponderables de la vida cuyo desenlace es imposible saber. Como mi objetivo era escribir, decidí matricularme en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL; estimé que sin ser una escuela de escritores, al menos podría ejercer el noble oficio de la literatura y así aprender a desarrollar capacidades hasta ese instante ausentes. Tras presentar el examen de ingreso, meses más tarde obtuve el fallo positivo. Entré. Cuando supe, se abrieron posibilidades increíbles. Lo más curioso? y aún me cuesta entenderlo?es cómo al paso de los años tejes amistades que en cierto grado te conducen a otras, conexiones literarias y no en donde la riqueza humana atiende a impactos más fuertes; en otras palabras, aprendes que la vida, si la ves con ojo quirúrgico, maquila historias. Bien dice Raymond Carver que “…todo gran escritor, o incluso todo aquel que sea bastante bueno, hace el mundo conforme a sus propias especificaciones”[1].

            En este punto, es cuando entra Ítalo Calvino a mi vida. No recuerdo con exactitud ?debió ser en el otoño del 2006?, pero alguna vez durante mi estancia en la Universidad tuve un diálogo con el escritor Ítalo Calvino. Sí, con él. Fue gracias al maestro Agustín García Gil, profesor en aquel entonces de literatura europea en la Facultad de Filosofía y Letras, y en vida amigo de otro gran escritor: Manuel Puig, que conocí la novela Si una noche de invierno un viajero. En la solapa del libro, en cuyos apartados delanteros y traseros venía una breve introducción de su vida, así como una entrada fortuita a la obra, la foto en claroscuro del escritor ítalo-cubano captaba enormemente mi atención porque sonríe sutilmente mientras ve a un mamífero (el cual no se aprecia del todo).

Estaba ante la gran oportunidad de leer al escritor de El barón rampante y sólo debía dirigirme hacia la biblioteca para solicitar el préstamo del libro. Confieso que fue un periplo llegar hasta la lectura de la novela, me sentí como un pequeño Ulises en la búsqueda de su Penélope en el largo viaje de Troya a Ítaca. Mi odisea duró algunos días: el proceso para llegar hasta el valioso documento impreso fue tedioso, pero satisfactorio.

En primera instancia, me dirigí a la biblioteca de la facultad para buscar el libro. Cabe decir que en mis frecuentes visitas a ella nunca había tenido contacto con el escritor ni con ninguna de sus obras. La aventura se vislumbraba desde el nombre del autor. Por lo regular, cuando pasaba por el estante de literatura italiana me detenía a contemplar los títulos de autores consagrados, como Dante, Ariosto, Petrarca y, mucho más contemporáneo, Umberto Eco y Antonio Tabucchi. Pero a Calvino jamás lo tuve presente. Nadie me lo había recomendado hasta el momento, ni los profesores consagrados ni mis compañeros de clase, a quienes consideraba alejados de la literatura europea; prefierían, debo decirlo, a ciertos autores locales, salvo David Soules y Hugo Muñíz, quienes eran muy proactivos con lecturas de autores franceses. Por fortuna, un buen día llegué, como apuntaba, a su búsqueda.

A través de los anaqueles distinguí que en otra estantería estaba su nombre en un libro delgado, titulado El caballero inexistente. Llegué a pensar que el maestro Agustín García me había hecho una treta literaria: al buscar el mencionado título en los libros vecinos, la respuesta no fue positiva. Luego, indagué en el catálogo bibliográfico electrónico y pude comprobar que el libro sí se marcaba en la biblioteca, pero por alguna razón siniestra alguien lo robó debido a que sí había como tal el libro en existencia virtual, mas no física. Por un instante, me derrumbé. La lectura debía hacerse en tres días porque al cuarto tendría la clase de literatura con el maestro. Volví a intentar encontrarlo en el catálogo y para mi suerte había uno en la biblioteca Alfonsina. Con rapidez elocuente, casi como un marchista en estado de urgencia, solté mis piernas para llegar ahí. La distancia de cien metros aproximadamente me prometía una lectura comprometida como difícil por lo que he referido; sin embargo, en el transcurso del camino mi mente revolvía pensamientos atribulados que podrían etiquetarse en la locura. Pensé que una fuerza desconocida me quería privar del libro o alguien perverso evitaba que él estuviera en mis manos.

Por fin llegué y sobre la mesa del bibliotecario puse el código que la novela tenía en esa biblioteca. Un maestro de la literatura, Alfonso Reyes, me había recibido en su casa dispuesto a que poseyera un poco del intelecto de su amigo Calvino. Veía de reojo el busto del regiomontano, autor muy mencionado, poco leído, y temía que me negara la lectura a consecuencia de mi desesperación. Como mal augurio, noté que en los gestos del bibliotecario el libro se caracterizaba por su ausencia. Era de esperarse. Con una rotunda negativa, me dijo que no había una sola copia. Dije “gracias”, y me retiré. Mi remedio era su compra, pero mi presupuesto de estudiante no alcanzaría porque las ediciones de Siruela son caras. Di la vuelta y antes de salir divisé la figura de una estudiante que en sus manos traía un libro. Sentí la corazonada. Caminé despacio para ver de cerca la cubierta y sólo se veía una Í, porque sus manos cubrían lo restante del nombre. Pasó a un lado mío y decidí esperar un poco. Llegó y noté que entregaría el libro. El bibliotecario me hizo una seña como diciendo “aquí está”. Mi suerte giró de rumbo. Me acerqué después que saliera la muchacha y finalmente llegó a mis manos el libro.

Rápido di una ojeada para ver la cantidad de páginas que tenía. Supe al instante que no sería una lectura de un día; dos o tres me esperaban. Las otras materias me parecían de escándalo, porque no cubrían mis necesidades para satisfacerme de un conocimiento literario acorde a mis objetivos. En cambio, la lectura de Calvino me tenía incentivado. Esa misma tarde leí ciento veinte páginas, hice apuntes y a las nueve de la noche me retiré de la sala Alfonso Reyes.

Al siguiente día, la misma ruta pero sin estación pasajera en la otra biblioteca. La novela no podía prestarse fuera del recinto; sólo podía leerse adentro, aunque se podía fotocopiar. Esto último nunca ha sido de mi agrado, resulta molesto leer una copia de algo, aunque sea calca. Es mejor el libro en las manos, pensar el tiempo de la escritura, otorgar el valor a quien estuvo detrás (primero el escritor, luego, editores, correctores, impresores).

Ese segundo día fue como estar de vacaciones: hice mi tiempo de lectura porque me entregué al deleite de las palabras. Tantas novelas ?al parecer cuentos? dentro de una misma, me perecieron un reto. Conforme pasaba las hojas, me di cuenta que Calvino tenía un juego. Como niño, se divirtió seriamente con la escritura. Yo era parte de la novela, incluso en partes de la historia fue una semejanza de mi periplo. Hoja tras hoja, comprobé que escribir no es mortificarse por publicar algo que jamás se ha escrito de la misma forma; se trata de divertirse de una manera adulta y con un compromiso inequívoco. Ahora mismo, recuerdo una historia que cuenta Enrique Vila-Matas en su novela Bartleby y compañía[2]. Habla de Jerome David Salinger y de cómo lo encuentra en un autobús en la ciudad de Nueva York. En el relato, que toca el tema de la ironía y cierto principio de incertidumbre, el escritor catalán cuenta de cómo deseaba acercarse al misterioso narrador norteamericano; va adelantándose a los hechos con suposiciones como “¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada?”, todo esto a modo de diálogo inventado; no obstante, y para ser sincero, la historia adquiere un matiz más interesante cuando inserta a una muchacha, la cual se sienta junto a Salinger. Hasta ahí dejo el cuento. Quise citarlo debido a la extraña semejanza y coincidencia que tienen las historias reales con las ficcionadas. En mi caso, es Ítalo una introducción hacia mi odisea por conseguir el libro. La paradoja, entonces, me indica que en cualquier momento podemos estar siendo la historia de alguien más, o nuestras acciones están desarrollando situaciones que, a la postre, otros contarán.

BIBLIOGRAFÍA

Vila-Matas, E. (2015). Bartleby y compañía, Barcelona, España, Ed.Seix Barral.

Montes de Oca, M (Ed.). (1995).El placer y la zozobra. El oficio del escritor, Colección Poemas y Ensayos, México, DF: Editorial UNAM.

Calvino, Í. (2017). Si una noche de invierno un viajero, Madrid, España, Ed. Siruela.

[1]  El placer y la zozobra. El oficio del escritor (pp. 222).

[2]Cfr.: pp. 88 del citado libro.

© 2018, Luis Estrella. All rights reserved.

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Luis Estrella (Ciudad Mante, Tamps). Es escritor y poeta, licenciado en Letras Hispánicas por la UANL. Figura en el libro de cuentos Calidoscopio (2005), publicado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, con el cuento “La muerte de Emilio”. En poesía con La vida que pasa (Diáfora, 2013). Ha publicado las novelas Después de la niebla (Nómada, 2015) y Los 70´s después de Cristo (Resolana, 2016). Trabaja en su tercera novela. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos, así como en diversos proyectos culturales que difunden la lectura; fundó la revista literaria La Llave (2014-2015). En la actualidad es redactor editorial en la revista Diario Cultura, donde mantiene una columna. Labora en Playful, una agencia consultora de business innovation como Copywriter creativo y redactor de contenidos.
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