La constelación del algodón

El último libro de Cristina Rivera Garza, Autobiografía del algodón (Random House, 2020) es una continuación del estilo que la autora ha ido construyendo a lo largo de su carrera. Cada vez más, nos parece que en la obra de Cristina se ha ido eliminando la línea que separa los terrenos de la realidad de los de la ficción. Estos terrenos no son sino espacios habitables para una flora diversa; hablando metafóricamente, desde poesía hasta ensayo, pasando por telegramas, cartas oficiales y otros registros , habitan en las páginas de la autora. En estas geografías escriturales de Cristina Rivera Garza, se reinterpretan autores y lecturas clásicas para la literatura mexicana, como lo hizo con Rulfo en el libro anterior Había mucha neblina o humo o no sé qué (Random House, 2016), en donde, si ahí nos compartía de “su Juan Rulfo personal”, en esta autobiografía le toca el turno a José Revueltas, a quien la autora retrata en el siguiente fragmento:

El cielo del campo tenía algo de definitivo sobre su cabeza. El negro compacto y, luego, esos agujeros luminosos que llamamos estrellas. Cien mil millones de estrellas brillaban desde lejos. Las dos osas, el carro y otras constelaciones. Algo debería estarlos viendo desde la bóveda del universo, y ese algo no podía ser divino. Las estrellas tenían historia. Las constelaciones tenían historia. Todo era materia viva, ennegrecida, adusta. La vida así, tan pequeña y tan heroica, sólo tendría sentido si alguien o algo la registraba desde allá arriba: ojos desde Venus; ojos desde Urano. El murmullo de los asambleístas era apenas un trazo que aparecía y desaparecía para esos ojos foráneos que los espiaban desde las estrellas, pero era un trazo al fin y al cabo. Algo real. Algo con inicio y, con suerte, algo con final. Cuando regresó a la reunión, le cayó de golpe el cansancio del viaje. El peso de las emociones juntas. ¿Cuándo se armó este sindicato?, preguntó. En diciembre pasado. ¿Y cuándo fue la primera gran cosecha de algodón? Hace dos años apenas, en el 32. ¿Dónde dice que está la presa? Unos 70 kilómetros de aquí, yendo para Sabinas. Conforme escuchaba las respuestas, fue dándose cuenta de la dimensión de la tarea. Si el partido esperaba que organizara a las masas que ellos llamaban desorganizadas, el partido no tenía la menor idea de lo que se estaba fraguando aquí. Lo que sí podía hacer, era oír. Lo que tenía que hacer, era escribir.

Rivera Garza, Cristina. Autobiografía del algodón (Spanish Edition) (p. 19). Penguin Random House Grupo Editorial México. Edición de Kindle.

Pero esta novela no se trata de Revueltas y, en cierto modo, tampoco se trata de la autora porque, si bien ella declara en esta entrevista, “el lenguaje no me pertenece”, parece también reconocer que incluso su pasado no es solamente de ella. O por lo menos no lo interpreta solamente para ella, sino que se lanza a la encomienda de reconciliar un espacio y tiempo familiar. Un pasado que, desde el algodón y sus motas blancas, constelan (como el cielo que vio Revueltas) a toda una región. En esta región, en esta novela, quedan plasmadas las decisiones cuyas causas y consecuencias orillaron a nuestros (sus) antepasados a caminar un destino que, en cierta forma y para bien o para mal, nos tiene donde ahora estamos. Lo digo como un individuo que comparte esta frontera tamaulipeca con la autora, y cuyos padres que, sin ser de Nuevo León, migraron de Monterrey hacia el norte de Tamaulipas como los abuelos de la autora.

Si pudiera especificar ese momento, ese “hágase la luz” después del cual comenzó a pensar en Autobiografía del algodón, ese primer cuestionamiento que dio origen al libro, ¿cuál sería?

Todo momento es gradual. Había querido escribir esta historia por mucho tiempo, pero carecía (y sabía que carecía) del bagaje teórico y técnico para hacerlo. Si no hubiera estado leyendo ya por muchos años trabajos sobre los nuevos materialismos y, en general, el así llamado giro material, creo que esa tarde de octubre, cuando celebraba mi cumpleaños número 50, en que un colega (Max Parra) me recordó que El luto humano, la novela que José Revueltas publicó en 1943, me habría pasado desapercibido. Pero había pensado en el algodón, y en todos los retos escriturales que el desarrollo de ese proyecto implicaría, y por eso esa conversación frente al pacífico, una tarde luminosa de inicios de otoño, sigue siendo sin duda ese hágase la luz de este libro. Sabía ya que las coincidencias no existen, y ahí entendí que había encontrado la mía.

 

Mi pregunta anterior nace de esa conexión, que vemos en su obra, entre muchos términos normalmente contrapuestos; por ejemplo, realidad – ficción, o academia / investigación / ensayo – narrativa / literatura / poesía. Pero, cuando leemos sus novelas, tal parece que estas categorizaciones opuestas no son solamente innecesarias sino, digamos, incorrectas.

A las distintas autoridades que nos gobiernan, o que quisieran dominarnos del todo, les interesa que experimentemos nuestro alrededor como una serie de pedazos sin conexión. La escritura, entre otras cosas, nos permite buscar, y encontrar en sus momentos más felices, esos hilos que, aunque invisibles, mantienen la conexión entre los mundos orgánicos e inorgánicos, entre las plantas y los animales y las piedras, entre el tú y el yo. Una vez que empezamos a buscar estas conexiones, es sencillo empezar a imaginar las maneras en que éstas, que existen, podrían existir de otro modo. De ahí el poder crítico de la escritura, o de cualquier otra actividad que no nos deje seguir con la ilusión trágica del aislamiento y la individualidad.

 

Constantemente usted habla del término “escrituras geológicas”, que reinterpreta la escritura de otros autores. ¿Podría hablarnos un poco de esto y cómo lo aplicó con José Revueltas en Autobiografía del algodón?

Mucho ha cambiado entre los libros que he ido escribiendo a lo largo de los años, pero hay dos constantes: que el lenguaje con el que trabajo es material y que no me pertenece a mí como individuo. En la base misma de estas dos nociones está la inescapable realidad de que somos cuerpos entre cuerpos, y que las relaciones entre estos cuerpos está estructurada por lazos de poder, dinámicos y disolubles. A este punto de partida básico, hay que añadirle ahora, gracias a la discusión sobre el capitalosceno que coloca a la extinción como centro de tanto pensamiento crítico, a los cuerpos no humanos: plantas, animales, planetas, piedras, fosfato, cloro. El concepto de escritura geológica con el que he ido trabajando implica estos dos puntos y añade un tercero, que tomo prestado directamente de la teoría geológica general de Sergio Villalobos-Ruminott: que esta forma de exploración nuevomaterialista abre campo para plantear siempre la pregunta sobre la acumulación (el trabajo). Escribir, cada vez estoy más convencida de esto, es des-sedimentar. Las herramientas de la escritura nos sirven, entre otras cosas, para ir hurgando verticalmente en esas muchas capas que, una sobre otra, conforman una versión de lo que es “natural”. Levantar esas capas de materialidad, entre los cuales se cuentan, por supuesto, los distintos lenguajes de otras tantas agencias, implica interrogarlas de frente para obtener otras respuestas. En otras palabras, la pregunta sobre la acumulación es otra manera de plantear la pregunta sobre la justicia.

 

“Uno escribe para saber, no porque sabe”, dice usted. ¿Es entonces la escritura parte de la lectura? ¿Qué representa la etapa escritural en el proceso cuyo objetivo es saber?

Hay una curiosidad fundamental detrás de todo proceso de escritura. Si supiera la respuesta a lo que busco, no tendría sentido escribir libro alguno. El libro es el sistema que construyo junto con el lenguaje y los materiales a los que tengo acceso para atravesar un enigma. Y digo atravesar porque tampoco creo que la tarea de un libro sea resolver o aclarar un enigma. Tal vez, como decía Eduardo Gruner en El fin de las pequeñas historias, lo necesario sea más bien proteger al enigma, preservarlo como enigma, para poder compartirlo (sin saber bien a bien qué es o cómo termina) con otros.

 

En una entrevista del 2018, usted habla de este libro como un proyecto en el que apenas estaba trabajando, y cito: “Mi proyecto se llama, hasta el momento, La autobiografía del algodón, porque involucra no solo la historia o la práctica de los agentes humanos sino también, sobre todo, la del algodón como tal: me interesa mucho saber cuál es la perspectiva del algodón en todo esto”. Ahora, viendo el proyecto terminado, ¿Qué diría usted que es lo que le dijo el algodón tanto individual como colectivamente?

No hablo algodonés, así que tuve que recurrir a la serie de “traducciones” que la química (en los fertilizantes), el comercio (préstamos bancarios, precios de exportaciones e importaciones), los ingenieros agrónomos (tipos de suelo, producción de semillas, cosechas), la política (la reforma agraria), la fitopatología (plagas) nos han ofrecido para escuchar, de manera refractaria, esas voces. Lo que me dijo el algodón está en esa autobiografía sin yo y post-antropocéntrica (como la definió Pierre Herrera) fue que la frontera entre México y Estados Unidos le debe a una planta humilde pero recia muchas de sus comunidades más constantes. Me dijo que la agricultura siempre implica una relación cercana, íntima, cariñosa con la tierra, y que esto con frecuencia se traduce en una defensa acérrima por modos producción autónomos y libres, que casi siempre se deciden por asamblea. Me dijo que hay comunidades de andantes que encontaron una manera de hacer una pausa a su vera, cuando un pedazo de tierra de 20 héctareas les ayudó, en serio, a producir una vida mejor para futuras generaciones. Me dijo que, si no se cuida bien el suelo, las semillas, los procesos de trabajo, la ecología en general, todo puede terminar en una tragedia espeluznante, cuyo destino final es la guerra.

 

¿Podría contarnos un poco sobre el proceso de investigación que realizó en esta novela, y todo lo que involucró?

Hubo archivos de por medio, en Nuevo León, en Tamaulipas, en Houston, en Washington DC (la biblioteca del congreso). Hubo viajes interminables por los caminos del algodón, desde San Diego hasta Savannah, pasando por Houston y Mobile. Hubo paradas en pueblos fantasmas que, a regañadientes, se dejaron fotografiar. Hubo muestras de suelo. Hubo entrevistas, muchas, algunas formales, como con algunos de los fundadores de Anáhuac, Tamaulipas, y muchas informales, como las pláticas que tuve con miembros de mi familia. Hubo esa búsqueda voraz de documentos genealógicos, con los que me ayudó mi buena amiga Claudia Sorais Castañeda. Hubo muchos días de voltear a ver el cielo, sin encontrarle pies ni cabeza a todo esto. Y hubo luego, claro, el espacio, el tiempo, la mesa donde estuvieron todos esos materiales a la vista para poder ir escribiendo poco a poco sobre todos ellos.

 

¿Con qué se queda Cristina Rivera Garza, la nieta de estos caminantes?

Uno no puede caminar aprisa. Por más rápido que vayas, por más velocidad que le imprimas a tu paso, uno sabe que caminar es la forma lenta de las cosas. Cuando uno camina uno tiene que resignarse, o disfrutar, lo obvio: que estamos cerca. Que dependemos de todo y de todos los demás. Me quedo con esa voluntad de piedra, como la definía Revueltas, de los caminantes; me quedo con ese afán ignoto de encontrar algo más.

 

Como autora, idealmente, ¿qué le gustaría descubrir que tomaron los lectores de su Autobiografía del algodón?

Cada que hablo sobre este libro, los lectores se apresuran a contarme su propia historia de migración. Ese es el regalo más íntimo; el más generoso. Todos venimos de otro lado. Todos tenemos encima, o muy en el centro de todas nuestras sedimentaciones, esos largos caminos que hemos atravesado u otros han ido atravesando por nosotros. Que la lectura de este libro active el impulso de compartir estas historias—que son con frecuencia historias traumáticas, nada fácil de compartir—me confirma que los libros son espacios de escucha, de encuentro, y, si se puede, de comunión.