La ciudad

Sólo tenía un techo de chapa, unas paredes de madera y unas puertas de ausencia. La cortina de mi puerta era una colcha vieja. Me sentaba en la cama para calmar el desasosiego, ponía un disco de Bach y sentía el vacío en un vaso de jugo. Escuchaba el disco como un rito pagano y oía la voz de lo vertical entre los surcos negros. “Si alguien le debe todo a Bach es Dios”. Solo tenía esa mínima protección, una filigrana sonora que repercutía en la madrugada: una melodía de órgano, la despedida del día entre las maderas que funcionaban como bambalinas de un teatro imposible.

No podía viajar con frecuencia. Mis vacaciones eran un rectángulo verde en el fondo de la casa.

La primera vez fui a la capital en un colectivo rudimentario que tardó más de lo previsto. Paré en un hotel cerca del Congreso y vi las cúpulas verdes desde el balcón estrecho y oscuro, con el cielo como único testigo.

Hubo una tarde en la que no tuve dinero para comer. Pero en ese momento no significó nada. La pasé bien. Volví a la pieza del hotel y me acosté con la esperanza de recorrer la ciudad como un desconocido. Quise perderme, sentir la multitud como una reliquia, como si pudiera dejar de ser yo por una tarde. En ese viaje no tenía nada que perder. Podría haber muerto y no hubiera importado.

La distancia de mi entorno me permitió calibrar la ciudad interior: ¿cómo ser un perro en medio del ruido de un laberinto impiadoso?