La ciudad y Dios

Es la siesta. Me recuesto frente al ventanal impúdico del hotel Deauville y contemplo el agua turquesa que moja los techos repetidos. Luego me paro pegado al cristal y ejercito, vanamente, el acto de ver siguiendo el método de los artistas holandeses. Trato de acercar mi ojo a las cosas como si estas fueran cada una un objeto mínimo, minúsculo, preciso en su individualidad. Mi ojo se concentra en el zoom natural. Sigo el paso de un auto que se pierde en la espesura de Alton Road, el aleteo de un helicóptero entre las nubes suaves, las antenas lejanas, la variación geométrica y los colores de los techos, la lancha mínima que deja una estela blanca, las copas de los árboles que mueven su cabellera desenfadada. Cada miembro del paisaje tiene su comportamiento por separado. Y juntos conforman un sistema en curioso equilibrio.

Desde la ventana, el orden parece perfecto. Una serie de individuos que siguen un destino.

A la mañana siguiente, me despierto bajo el amparo del alba. Tomo el ascensor que funciona bien. No hay nadie en el salón de entrada. Apenas un empleado vestido de negro y la recepcionista que sonríe como una forma automática de la felicidad impostada. Me pierdo en la soledad de la avenida. Unos autos sin ruido cruzan desde la isla hasta la ciudad de Miami. Camino un trecho hasta la 71. Giro y veo las olas que repiquetean voraces en el vacío. Pienso en el destino de cada engranaje. Todos tienen el mismo fin.

Giro nuevamente y entro a Harding Av. Hay unos pocos autos estacionados. El silencio matutino es atronador. Unos pájaros desordenan el descanso. Lejos, en el horizonte de agua, veo la silueta descansada de un hombre solo. Parece que espera a alguien. Cuanto más me acerco más puedo ver el gesto de desamparo. Pero es solo una presunción. Tiene una mano sobre el mentón. Apoyado en la baranda de una casa, mira hacia la entrada de agua.

Ya estoy a unos metros del hombre que está solo y no espera. El hombre se para. Miro hacia los alrededores. Un ciclista pasa distraído, con los auriculares enchufados en la cabeza. El hombre se acerca. No me mira. Yo paso a su lado. Sin ademanes que transfiguren el ayer, estira una mano. Sigue con la cara alta. Me entrega un folleto. Lo paso y reviso el contenido del libelo. Pertenece a una iglesia. Dice que Jesús es mi salvador.

Cuando me doy vuelta, el hombre ha desaparecido.

Pienso en su destino. Me ha entregado la palabra de Dios: su camino cumple el rol asignado. Es un engranaje en el sistema automático de la ciudad.

Subo por el ascensor que funciona mal. Me acerco a la ventana. Vuelvo mi memoria sobre el arte holandés. Tengo las volutas de las nubes de Delft, el mapa irreemplazable de El arte de la pintura, las caras de Rembrandt que son y no son el pintor, el rostro de la encajera circunspecta. Sigo las nubes de Miami y la hélice entusiasta de un helicóptero: compruebo, una vez más, que cada cosa es una máquina y el engranaje sutil de una máquina mayor. Cada ente persevera en su ser –sin voluntad– y está ubicada en su milimétrico lugar.

¿Así es el mundo bajo la lente de Dios?