Hace hoy cincuenta años, el líder de los derechos civiles Martin Luther King Jr. caía abatido en Memphis, Tennessee. Un ladrón fugitivo y supremacista blanco, James Earl Ray, lo asesinó de un disparo con un fusil Remington que había comprado unos días antes, usando un nombre falso. King estaba en un balcón del segundo piso del motel Lorraine, junto al reverendo Jesse Jackson y otros activistas. Ray disparó desde una casa de huéspedes al otro lado de la calle.

Muchos –entre ellos los propios hijos de King– no creen esa historia oficial. Piensan que el asesinato del líder afroamericano fue el objetivo de una conspiración del gobierno, y que Ray fue el chivo expiatorio. Ray se declaró culpable en el momento de su arresto, pero más tarde cambió su versión de los hechos y afirmó que formaba parte de una conspiración y que él no había efectuado el disparo mortal.

Hay una similitud entre el penoso episodio de Memphis y la muerte del presidente John F. Kennedy, cinco años antes en Dallas, Texas. Según la versión oficial, un solo hombre, Lee Harvey Oswald, fue el asesino de Kennedy. Pero muchos creen que la verdad apunta a una oscura conspiración y que Oswald –como Ray– fue una cabeza de turco. En ambos casos, la verdad está oculta en una maraña de presuntas conjuras.

King fue a Memphis a solidarizarse con los empleados negros de sanidad pública, que habían iniciado una huelga en protesta por las abusivas condiciones laborales y por la desigualdad que sufrían frente a sus compañeros de trabajo blancos.

La lucha contra la inequidad fue la brújula que guió la tenaz actividad de King. En 1955, dirigió el boicot a los autobuses de la ciudad de Montgomery, en el estado de Alabama, iniciado después que a Rosa Parks, una mujer afroamericana, la arrestaron por negarse a ceder su asiento en el autobús a un hombre blanco. El boicot duró hasta diciembre de 1956, y dio lugar a un fallo del Tribunal Supremo de la nación que declaró inconstitucionales las leyes de Alabama que establecían la segregación racial en los autobuses.

En 1963, después de una larga lucha contra la discriminación, King organizó la Marcha a Washington, donde pronunció su famoso discurso “Tengo un sueño” el 28 de agosto. “Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’. Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad”, pronunció King ante el monumento a Abraham Lincoln.

Su sueño, en gran medida, se realizó: las ultrajantes leyes que institucionalizaban la discriminación fueron derogadas. Pero el racismo aún no ha desaparecido en la sociedad norteamericana; sigue enquistado en la mente retorcida de individuos que añoran un pasado de injusticia y crueldad, de opresión y desprecio por las personas de piel oscura cuyo trabajo esclavo creó la riqueza nacional y la fortuna de muchas familias hoy acomodadas. La batalla por los derechos civiles todavía no ha concluido.

King recibió el premio Nobel de la Paz en 1964 por combatir la inequidad racial mediante la resistencia pacífica. Su acción no se limitó a lograr la igualdad entre las razas. También luchó contra la guerra de Vietnam y contra la pobreza.

En 1968, planeó una ocupación nacional de Washington por los desposeídos, un movimiento multirracial que se llamó la Campaña de los Pobres y que exigía una Declaración de Derechos Económicos que garantizara la justicia social. King quería que los manifestantes expresaran a los políticos en la capital: “Estamos aquí; somos pobres; no tenemos dinero; ustedes nos hicieron así… y hemos venido para quedarnos hasta que hagan algo al respecto”.

King nunca vio la ocupación de Washington por la gente pobre. El 4 de abril de ese año, una bala asesina segó su vida en Memphis. La campaña de todas formas se llevó a cabo, pero terminó en el fracaso, reprimida por la policía.

Vigilado por el FBI, cuyo jefe, J. Edgar Hoover, consideraba a King un radical, odiado por los racistas, y siempre infatigable en su lucha por la igualdad, King dijo en febrero de 1968, en una iglesia bautista, como deseaba ser recordado después de su muerte: “Quiero que digan que traté de amar y de servir a la humanidad”. A medio siglo de ese momento aciago, así es justamente como lo recordamos.

 

 

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Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso (2013) yEl paraíso tenía un precio (2011). El ocaso quedó entre las cinco finalistas del Premio de Novela de Concurso Latino de 2013, y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Miami de ese mismo año. Escribe una columna de temas sociales y políticos en El Nuevo Herald (Miami) y tiene un blog, llamado El Blog de Alende.