Un fantasma recorre los Estados Unidos: el fantasma del salario mínimo. Desde Miami hasta Seattle, desde Los Angeles hasta Nueva York, los trabajadores que ganan menos han realizado innumerables protestas para exigir un aumento salarial a 15 dólares la hora.

El presidente Obama ha pedido al Congreso que apruebe un aumento del salario mínimo en todo el país, pero la mayoría republicana en el Capitolio se opone.

La candidata demócrata a la presidencia, Hillary Clinton, quiere subir el sueldo mínimo a 15 dólares la hora. Al principio no exigía tanto, pero la enorme popularidad del candidato socialista Bernie Sanders la llevó a moverse unos cuantos grados a la izquierda. Varios estados, como Nueva York y California, y varias ciudades ya han adoptado medidas para elevar el salario mínimo a 15 dólares en unos años. Sin embargo, la mayoría de los políticos republicanos se opone.

Uno de los argumentos que esgrimen los oponentes de la medida es que el alza del salario mínimo genera desempleo, ya que los negocios dejan de contratar gente para compensar el mayor gasto de nómina. Pero muchos comentaristas señalan que al incrementar el poder adquisitivo de los trabajadores de menos ingresos, aumenta el consumo, estimulando la actividad económica y generando empleos.

Al mismo tiempo, como ha apuntado el economista Paul Krugman, “el nivel actual del salario mínimo es muy bajo según cualquier parámetro razonable”. Krugman indica que desde hace unas cuatro décadas, los aumentos al salario mínimo siempre han estado por debajo del aumento de la inflación, por lo cual el salario real de los que ganan menos es mucho menor actualmente que en la década de 1960. Y entretanto, la productividad de los trabajadores se ha duplicado. Si aplicamos la tan mentada relación directa entre productividad y salario –una relación que muchas veces es inexistente–, entonces el aumento a 15 dólares la hora es justo y lógico.

Según datos de la organización sindical AFL-CIO, si el salario mínimo hubiera subido en la misma proporción que los ingresos del uno por ciento más acaudalado de la sociedad norteamericana, ahora sería de $28.34 la hora. El agravamiento de la desigualdad social es un fenómeno alarmante, imposible de ocultar ni siquiera con la avalancha de retórica neoliberal en los medios. Y tampoco con el concepto –tan caro para los republicanos– de la “responsabilidad personal”, una noción que aplican a rajatabla a los trabajadores de bajos ingresos, a los desempleados y a los beneficiarios del welfare, pero que muchas veces pasan por alto en los innumerables casos de delitos de cuello blanco que plagan a la nación.

En ningún estado norteamericano una persona que gane el salario mínimo puede alquilar un apartamento de dos dormitorios. En estados como la Florida, Nueva York, California, Nueva Jersey, Virginia y otros, debe trabajar más de 88 horas a la semana para pagar el alquiler de una vivienda reducida. Y en ningún estado puede alquilar un apartamento trabajando 40 horas semanales.

Como ha dicho el presidente Obama, toda persona que trabaje a tiempo completo debe tener la capacidad financiera de costear un lugar donde vivir. Eso suena a sacrilegio para los oídos neoliberales, pero lograr ese objetivo conduciría a un fortalecimiento de la sociedad al reducir las inequidades. La batalla por los 15 dólares es un paso importante en esa dirección.

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