Juzgar la historia

Desde hace meses se ha instalado en la sociedad, principalmente en la latinoamericana, un encendido debate revisionista de la historia que nació al hilo de la brutalidad de la policía norteamericana con la población negra de su país, violencia que no cesa sino que sigue creciendo con una insultante impunidad hacia los que la perpetran (el policía asesino de Georges Floyd) y que ha derivado en un linchamiento de estatuas públicas de todos los europeos, principalmente españoles, que arribaron al Nuevo Mundo y lo colonizaron. Con la óptica actual se están juzgando a personajes como Cristóbal Colón, Hernán Cortés o Francisco Pizarro, entre otros.

Hace unos meses el presidente de México exigió a España que pidiera perdón por las masacres cometidas por los conquistadores de su país, imagino que en alusión directa a Hernán Cortés que no tiene calles, plazas ni esculturas en ese inmenso estado de América del Norte. Algunos, desde el otro lado del Atlántico, le contestaron, con una cierta sorna, que quizá debiera ser él quien debiera pedir perdón porque por sus venas corre sangre española que no parece haberse mezclado con la indígena y hay más probabilidades de que él sea descendiente de los que llegaron a su país para conquistarlo que los que nos quedamos en España y nada tuvimos que ver con las masacres y los latrocinios que, entre otras cosas, acompañaron a los conquistadores.

Andaba yo, por entonces, terminando una novela épica que se había iniciado en México, en las pirámides de Teotihuacán, a 50 kilómetros de DF, en el año 2005, después de una ardua labor de escritura y documentación que me había llevado 15 años, que se llamaba “El centro del mundo” y que por fin ha visto la luz gracias a la confianza que en mí había depositado la editorial española Almuzara, y hablaba precisamente de ese encuentro, nada amistoso, de civilizaciones que se había producido 500 años atrás cuando Cortés, sus capitanes y sus hombres desembarcaron en la actual Veracruz e iniciaron ese extraordinario periplo que culminó con la caída del imperio azteca.

Cuando escribo ficción no soy amigo de maniqueísmos, no pretendo juzgar a mis personajes, no los encuadro en ese binomio simplista de buenos y malos, sino que trato de exponer hechos y actuaciones con la mayor ecuanimidad posible, y fue por ello que, junto a las crónicas de los conquistadores, un documento extraordinario que me sirvió de guía en ese viaje al pretérito, y unos cuantos libros de eruditos españoles que escribieron sobre ese hecho, figuraron una serie de libros de escritores mexicanos para así poder contrastar las dos visiones de un mismo acontecimiento porque mi idea, al empezar a escribir “El centro del mundo” era precisamente contar la historia desde esas dos perspectivas, aunque el trabajo fuera muchísimo más complejo.

Los españoles que iban con Cortés lo hicieron movidos por la codicia que solía acompañar a esas operaciones de conquista, la promesa de ese El Dorado tras el que iban los desheredados de la tierra que huían de la miseria espantosa de la suya y buscaban otra de promisión, cometieron atroces crímenes en su marcha hacia Tenochtitlan, sus caballos chapotearon en sangre indígena, violaron nativas, arrasaron poblados y templos, saquearon los tesoros que iban encontrando, y ello se refleja en la novela, como también las dosis de humanidad de algunos capitanes de Cortés, y de él mismo, que se emparejaron y hasta se casaron con nativas de las que se enamoraron y con las que engendraron los primeros mestizos.

Si Cortés es odiado en México y su compañera la Malinche, capital en la victoria de los españoles, considerada una traidora, también deberían considerarse así a los totonacas y tlaxcaltecas que los acompañaron en esa aventura y fueron decisivos para derribar el imperio azteca y tan mexicanos eran como los finalmente derrotados. Pasan por alto los detractores de los conquistadores, no yo, que el totalitario imperio azteca había sometido a los restantes pobladores del Anáhuac mediante un régimen de terror que incluía, entre otras crueldades, los sacrificios humanos masivos de sus vecinos. La, por otra parte, civilizada sociedad azteca muy adelantada en urbanismo, arquitectura, ingeniería, astronomía y otras ciencias, destacaba también por su fanatismo religioso que incluía auténticos baños de sangre que sembraban el terror entre sus vecinos. La crueldad de los rituales aztecas no encuentra parangón en otros pueblos ni en otras épocas, si excepcionamos el Holocausto nazi, y por ella pasan de puntillas muchos mexicanos. Quizá AMLO, al mismo tiempo que exige que España pida perdón por los crímenes de la conquista, debería exigírselo también a los descendientes de los aztecas por las decenas de miles de nativos mexicanos que asesinaron a sangre fría en sus pirámides quinientos años atrás. El triunfo de Hernán Cortés se debió, en buena parte, al hartazgo de otras poblaciones, tan mexicanas como los aztecas, de los tributos en sangre humana que debían pagar a uno de los imperios más violentos de la historia de la humanidad.

Recuerdo especialmente una encendida discusión que tuve con una mexicana de clara ascendencia hispana y cultura exquisita hace quince años, cuando estuve en México y comenzó a rondarme la escritura de esta novela épica. Cuando le hablé de las atrocidades que cometían a diario los aztecas y que formaban parte de su idiosincrasia, me rebatió que también los españoles ensalzaban la muerte y el canibalismo cuando celebraban la santa misa y apelaban a comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre. Confundía lo alegórico y simbólico del ritual católico con la violencia exacerbada y cruel de los rituales aztecas, algo que me dejó perplejo.

Para nuestra desgracia, la historia de la humanidad, el nacimiento de los países y el trazado de las fronteras, están escritos a sangre y fuego y la historia de los genocidios cometidos en aras de un ideario de nación son incontables. La conquista de América por parte del Imperio español fue un rosario de atrocidades que costó miles de litros  de sangre indígena. Españoles, portugueses e ingleses comerciaron durante siglos con seres humanos secuestrados en África y tratados peor que a las bestias. No lo niego, sino que lo condeno. Los imperialismos actúan siempre de esa forma cuando no encuentran un contrapoder que los frene. Lo hizo el imperio azteca con los pueblos de su alrededor,  Estados Unidos arrebatando a México buena parte de su territorio,  el imperio romano extendiendo su pax a sangre y fuego por toda Europa y España cuando era una nación poderosa.

El tiempo y las energías en exigir perdones por hechos cometidos hace medio milenio más valdría que se emplearan en evitar los crímenes del presente. Recojo en mi novela una frase del siempre brillante Eduardo Galeano que reparte culpas por igual: “En América todos tenemos algo de sangre originaria. Algunos en las venas y otros en las manos.”