Huyendo de la refriega política habitual de la ciudad donde vivo, escapo rumbo norte y me refugio en un hotel en Arlington, separado de Washington solo por el anchuroso Potomac. Al otro lado del río se extiende el pueblo de Georgetown, con la calle M colmada de restaurantes y tiendas, que recuerda las ciudades mediterráneas, y la famosa universidad de perfil medieval, donde no es difícil imaginar a Harry Potter estudiando lecciones de magia.

Al día siguiente tomo el Metro hacia la capital. Para bajar hasta los andenes en la estación de Rosslyn, la enorme escalera automática se pierde en las profundidades de la tierra en un largo descenso que puede espantar al visitante desprevenido.

Al salir a la superficie en McPherson Square, cerca de la Casa Blanca, el día es luminoso y nada haría pensar que en ese mismo momento, las fuerzas armadas israelíes bombardean Gaza y los insurgentes extremistas del Ejército Islámico de Irak y el Levante (EIIL) prosiguen su sangriento avance hacia Bagdad.

El espejo de agua que se extiende entre el monumento de Washington y el de Lincoln es tan liso como un cristal; solo la bandada de patos que mora apaciblemente en el largo estanque altera su superficie. En el National Mall se respira tranquilidad. Pero muy cerca, en la Casa Blanca, en el Departamento de Estado en Foggy Bottom, en las agencias gubernamentales que se alzan como hongos por toda la ciudad, se planea con agitación el inmediato porvenir. La calma es un espejismo, un reflejo en el agua al pie del obelisco.

Avanzando hacia el sur, casi sin pensar hacia dónde nos dirigimos, nos topamos con el monumento de Martin Luther King. El coloso de granito observa la lejanía, el futuro. A  través de la brecha que divide a la Montaña de la Desesperación de la que emerge la figura de King, se puede ver en la distancia el monumento de Thomas Jefferson. Dos forjadores de la nación están unidos por el portentoso diseño arquitectónico.

King no solo fue un luchador por los derechos de las minorías, sino también un pacifista que se opuso firmemente a la guerra de Vietnam, el conflicto de su tiempo.

“Las tinieblas no pueden expulsar a las tinieblas; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo”, es una de las 14 frases de King inscritas en piedra alrededor del monumento. La paz que envuelve al sitio como un manto protector evoca la paz por la que el pastor de Atlanta luchó toda su vida.

“No basta con decir: no debemos librar guerras. Es necesario amar la paz y sacrificarse por ella”, dijo King en un discurso pronunciado en Los Angeles, en una conferencia contra la guerra, en febrero de 1967. “Debemos concentrarnos no solamente en la expulsión negativa de la guerra, sino en la afirmación positiva de la paz”, concluye la frase labrada en el monumento.

Palabras inspiradoras en un día soleado en Washington que hacen soñar con un futuro mejor, un porvenir sin contiendas, en el que todos los seres humanos habiten pacíficamente nuestro planeta formando una gran fraternidad.

Ese mismo día, en un intento (¿vano?) por reparar el desastre en el Oriente Medio provocado por el agresivo gobierno de George W. Bush, y causado también por las potencias occidentales en largas décadas de colonialismo, el presidente Obama anunciaba el regreso de la fuerza aérea norteamericana a Irak para bombardear las posiciones del EIIL. El objetivo: salvar al debilitado gobierno iraquí mediante una operación militar que posiblemente será de larga duración.

El día en que leí las frases de Martin Luther King junto a la Roca de la Esperanza, se anunciaba de nuevo la guerra.

 

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