Juan Sasturain

Esa tarde busco a Juan Sasturain en el hotel Garden Plaza, de Tucumán. Ni bien baja del ascensor nos abrazamos en el porche presuroso.

Subimos al auto. Damos una vuelta por el barrio sur y después encaramos por la Mate de Luna hacia el cerro. La lluvia, finísima, dialoga con nosotros. Juan, distendido, me habla de su pasado. Cada tanto mira por la ventanilla y hace alusiones breves a las casonas, los jardines, los espacios abiertos.

Al llegar al pie del cerro, giro a la derecha y tomo, luego, la avenida Perón. Juan recuerda su época de estudiante en la UBA y me dice que en ese tiempo no había una radicalización de los estudios académicos como los de ahora. Refiere la disputa, para él bizantina, acerca de que tenés que estar del lado de Soriano –léase del relato fácil—o del lado de aquellos que defienden la experimentación por sí misma. Dice que hay que tomar texto por texto y que no tiene sentido etiquetar a la gente.

Mientras cruzamos el puente Lucas Córdoba, Juan saca medio cuerpo por la ventanilla y se queda prendado de los trenes detenidos y de las huellas de la estación derruida. Agrega, casi para sí mismo, que la ciudad fue un centro ferroviario muy importante.

Estaciono en la Catamarca, a la vuelta de nuestro destino. La lluvia, persistente, nos cubre con su manto invisible.

Caminamos por las calles aledañas al Museo de la ciudad.

En esos instantes, Juan me conmueve: se despoja del yo gigante que suele acompañar a nuestro gremio, hace alusión rápida a los avatares de la escritura y luego habla de sus hijos y lo hace con orgullo. Es ahí que siento que Juan es un tipo bueno, de esos que ya no quedan. Juan es una especie de discípulo del buen salvaje, de Rousseau, que ha escrito una novela sobre Dashiell Hammett en la que solo se dispara una vez.

Las caras de los transeúntes, los cuerpos borrosos, la lluvia, las nubes bajas hilvanan la conversación que sigue en el bar de la esquina del Museo. Entramos a la ex Casa Sucar y recorremos las habitaciones. Un joven fervoroso hace el relato de las fotos y de los espacios.

Salimos, saludamos al policía y nos sentamos en las sillas de la vereda. El bar está lleno y la esquina bulliciosa ofrece bocinas de coches y colectivos. Juan saca un cigarro corto y empieza a desgranar historias de policiales antiguos. Hace un repaso por lo que ha mencionado la tarde anterior en el BAN. Analiza un folletín de los años treinta, El crimen de la noche de bodas, firmado por un tal Jacinto Amenábar.

Volvemos al Museo. Antes de que empiece la presentación del libro, veo que se acerca a conversar un hombrecito delgado, alto, de brillantes ojos celestes. Lo he visto otra vez entre el público, en dos eventos organizados por la municipalidad. Me mira, me hace una seña y me dice que está esperando ansioso porque el autor, y señala a Juan, es un gran peronista. Juan se ríe, solo mueve la cabeza como si asintiera pero no emite palabra. Apenas mueve su mano y después mira al costado. El hombrecito no se queda quieto. Se pega a nosotros. Avanzamos hacia la salita de entrada y el hombrecito camina con Juan  y conmigo. Ya en el hall, me dice que quiere contarme su historia. Abre los brazos y con una voz grave pronuncia las palabras con tono grandilocuente. Juan corre la cabeza al costado y mira hacia un panel que contiene fotografías de la ciudad y de las familias tradicionales. Me dice que se va a ver. Entonces, el hombrecito se acerca y me dice al oído que conoce la historia del movimiento como nadie, y que él es un soldado de Perón, que hace falta que la gente estudie las relaciones entre San Martin y Perón, que hace años que él viene insistiendo en la importancia de los militares en la vida argentina. Noto que Juan ha percibido correctamente la situación. Se queda apartado, al lado de la cocina, quizás atraído por el aroma del café. El hombrecito me dice que quiere hacer una película sobre su propia vida y que yo soy el indicado para filmarla. Me cuenta su paso por el colegio militar y narra, con detalles, que se ha sentado hace unos días en el sillón de Perón en la Casa Rosada. Yo ya no sé cómo salir de ahí. Sé que debo quedarme, que en unos minutos empezará la presentación de la novela de Juan, pero quiero huir de alguna manera. Se acerca Silvana Firpo y me pide que nos coloquemos en nuestras posiciones. Le hago una seña con el brazo a Juan y se acerca. “Qué pasa”, compañerito, dice y se sonríe. Los dos entendemos. Nada, digo, ya estamos para empezar. El hombrecito nos mira. Luego se pone de espaldas a la gente que ya está sentada en la sala, abre su cartera –esas carteras que solían usar los hombres en la época de mi abuelo—y saca lentamente una pistola. La saca con cautela, como si supiera que debe esconder el artefacto. Juan la mira y se alerta pero no dice nada. El hombrecito pega su cabeza a las nuestras y dice en un murmullo que el arma fue comprada en una casa reglamentaria y que él no sale nunca sin el chumbo. Dice chumbo y Juan carraspea. Aunque ha escrito una serie de policiales notables, está claro que no quiere lidiar con una situación de peligro. Yo tampoco. Como si el episodio no existiera, le pido al hombrecito que se acomode. Le digo que ya va a empezar el acto. El hombrecito guarda el arma en la cartera y se corre dos pasos. Sé que Silvana no ha visto nada y yo no hago nada para que se dé cuenta.

Juan habla durante un poco más que una hora de su imprescindible novela dedicada al inefable Hammett. El público lo escucha extasiado. Su voz grave, apacible, vincula autores, épocas, escenas.

Cuando termina, busco al hombrecito en el público y no lo encuentro. En algún momento, ha partido sin que nos diéramos cuenta.

Subimos nuevamente al auto. La lluvia no se detiene. Las luces opacas del auto no alcanzan para mejorar la visión en las calles penumbrosas. El parabrisas pletórico de gotas gruesas dificulta mi perspectiva. Felizmente, menos por lo que veo que por la suposición, puedo girar en 24 de septiembre para encarar hacia el centro.

Nos internamos en la ex Cosechera. Menciono de soslayo el pasado fructífero del bar.  Sasturain se interesa. Algo más le digo, para amenizar mientras empujamos las puertas exteriores que conservan los vidrios prístinos.

Cerca del final de la cena, por pedido de Silvana Firpo, hablo del documental en proceso sobre Jacobo Regen. No sé cómo lo relacionamos con el documental de Andrés Di Tella sobre Piglia. Juan conecta la enfermedad de Piglia con la del negro Fontanarrosa. Aludo a lo que me ha dicho Piglia sobre uno de sus dedos de la mano derecha en su estudio, en Buenos Aires, el día que le hice una entrevista para La Gaceta. Piglia había comentado que uno de sus dedos permanecía rígido y que parecía un defensor pata dura o algo así. En ese dedo había empezado la enfermedad.

Piglia escribió un cuento sobre Pavese y fue un lector agudo de sus diarios. El propio Ricardo Piglia escribió las últimas páginas de sus diarios con un dispositivo electrónico que le permitía anotar con los ojos. Llevó esa práctica de escritura hasta el final. Como su admirado Pavese, dejó constancia de su vida hasta el instante previo a la muerte.

Es cierto, dice Juan, y percibo que la cena ha adquirido un no buscado tono sombrío.

Nos levantamos. Empujamos las puertas ataviadas con los vidrios pretéritos. Silvana se adelanta y cruza la calle. Me quedo con Juan en la vereda. Miro al cielo y el agua finísima y vertical me moja la cara. Como si fuera un fantasma en un cuento de James, en la esquina aparece la figura lívida del hombrecito. Se acerca a pasos rápidos. Detecto preocupación en la cara de Juan. El hombrecito abre la cartera y saca un libro. Dice que él también escribe. Le entrega el volumen a Juan. Lo recibe como si fuera la hostia o un álbum con figuritas de jugadores de fútbol. Con una velocidad inusitada, el hombrecito se esfuma. Juan me abraza, suspira, y cruza la calle. Desde la vereda levanta su brazo. Se sube al auto en el que están Silvana y la jefa.

Subo al mío. Juan Sasturain ha hecho alusión al título brillante de un libro de Blaisten: “Cerrado por melancolía”. Pienso que la melancolía se ha instalado en la noche. Por unos metros no acciono el parabrisas. Quiero que la lluvia blanca limpie las sombras del ánimo. Es en vano.

Mientras regreso a casa, recuerdo algunas humoradas del “Hammett” de Juan, unas ironías brillantes que podrían ser tanto de Hammett como de Sasturain. Decido quedarme con esa mueca antes de apoyar mi cabeza en la almohada.