Montreal, 28 de Agosto de 2016.

Estimado Alberto Aguilera Valadez,

Quien agradece es el niño. Pues si toda mi hombría  pertenece a sus años de música, es mi infancia la gran tributaria de ese monumento que esculpió su voz. Remito, pues, mis letras, Don Alberto, como sinónimo de amor y respeto.

Dos agradecimientos acucian mis párrafos. Uno y principal: su integridad como artista.

Porque los tiempos corren, y la modernidad —o eso que llamamos modernidad— sugieren que el sonido y el escenario no es otra cosa que el ombligo al aire, la falda colegial por encima de las caderas, como si la piel o el morbo sustituyera la magnitud de nuestras cuerdas vocales. Su integridad, repito, pues supo conjugar el escenario, la música, y la picardía sin ausencia del respeto. Incluso en sus movimientos más provocativos fue caballero y hasta brilló —con aquellos inmaculados uniformes de mariachis—, con las aras del sol. Es su voz la herencia, su integridad nuestro patrimonio.

Dos:

Este agradecimiento —muy poco común—, lo dirijo a sus hombros.  Porque yo jamás he visto a ningún Homo Sapiens, ya no hablemos de hombres, ni mujeres, sino de nuestra especie humana— estremecer los hombros, o desencajarlos como en vida usted lo hizo, Don Alberto. Y no quiero provocar el celo de sus otras extremidades. Ni a sus piernas, ni a sus manos, ni a su garganta les fue negada virtud alguna. No. Pero este par de bolas de carne cuando se juntaban con el resto de su organismo hacían de usted un holograma, algo del más allá o del más acá, un prodigio, y allí, tras el popurrí del Noa-Noa nos obligaría a observarle, a vivir con usted la alegría del cuerpo, en pleno estado de perplejidad: ¿Cómo le hizo?

Yo cometí una vez el atrevimiento de zarandear mis hombros frente al espejo. Y no le tengo buenas noticias. Por ello sé lo difícil que es imitarle y no terminar en el hospital. Y todo eso, uno debe, al menos en vida, agradecérselo.

Acepte, pues, mis letras como el niño que siempre seré mientras le escuche. Y si mi gallardía en algo incumple por nombrarle como figura su pasaporte, entiéndalo menos como un atrevimiento, y más, como un abrazo, de los fuertes, como un intento por acercarme al hombre solitario que somos, y que lo fue usted, de igual modo, tras los camerinos.

Usted murió fuera de México, y fue Jorge Negrete quien advirtió que todo artista que transfigura a lo eterno lejos de su patria, tan solo cierra los ojos. Diremos pues, Juan Gabriel, que usted duerme.

Muy suyo, y de sus hombros y de su eternidad.

Atentamente;

Geyser Dacosta

 

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Geyser Dacosta (Caracas, 1980) fue finalista del certamen poético Alfonsina Storni (Calgary, 2009) y el mismo año galardonado con el premio de autores inéditos de Monte Ávila Editores, mención narrativa, por su obra Los Hijos de Israel. Sus textos y algunas críticas sobre su poesía aparecen en diversas revistas literarias (entre otras: Alba Volante, Almiar, Qantati, Ágora; papeles dramáticos). Vive en Montreal.