Fuera de este mundo: Diego en 10

 

 

Para Adriana, ella sabe

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“Si yo fuera Maradona, nunca me equivocaría”, dice Manu Chao en “La vida es una tómbola”.

Qué linda canción y qué mentira más grande, ¿no, Diego?

 

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Maradona murió hoy.  O fue ayer tal vez. No lo sé. Me hubiera gustado que este comienzo fuera el de una novela como la de Camus y no el fin de una vida. Fin de una vida, pero no de una existencia.

Su corazón golpeado, sangrante, desvaído, a 62% de capacidad desde el 2009, lleno de talento, amor, odio, drogas, alcohol y fármacos finalmente dio el basta. ¿Dónde estaba su corazón? ¿En Argentina, donde era reverenciado, despreciado y perseguido por la mirada de todos? ¿En Nápoles, donde elevó a la ciudad y al equipo desde las cenizas del Vesubio y, en ese trayecto, se convirtió en un semidiós? ¿O en México, lugar de su inolvidable performance en 1986, especialmente con esa combinación ante los odiados ingleses, un gol pura trampa contrario a las leyes del juego, el otro gol puro fútbol y contrario las leyes de la física?

¿Cómo hiciste esos goles, Diego?

 

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Con la ida de Maradona algo mío también se va. Tenía 10 años cuando Argentina ganó la Copa Mundial de 1978, 18 años cuando ganamos la Copa Mundial de 1986

Ganamos: eso es lo que hacía Maradona, nos hace pasar del individuo a la colectividad en un segundo. Mi padre jugó profesionalmente en Argentina; yo no pude sino hacerlo por 30 años, incluyendo “soccer” en la universidad en los Estados Unidos. Mi hija jugó de los 4 a los 14 años en este país. Mi sobrino ha seguido nuestros pasos y hoy integra el equipo de una universidad en Tennessee. La sangre, que le dicen. Todos jugamos, vivimos, miramos fútbol.

Es difícil comunicar o hacer entender lo que me hizo sentir Maradona como jugador. Los adjetivos no alcanzaban y ni los sustantivos podían abarcarlo. Mago, bailarín, “barrilete cósmico”, “el más humano de los dioses”. El ingenio popular hizo aparecer un código de resonancia global: “D10s”, aquella cifra que juega con la palabra divina y el número que siempre llevó. Messi ha sido su heredero.

Se dice que los grandes deportistas, como los grandes artistas, son de otro mundo, otro planeta. Pero Maradona estaba, más bien, fuera de este mundo. Era como si jugara contra él mismo. Él y la pelota, y nada más importaba.

Era eso Diego, ¿no? ¿Uno contra uno?

 

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Maradona desplegó siempre una gran pirotecnia verbal de frases ingeniosas. Fue un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios, dijo, refiriéndose al primer gol contra los ingleses en el Mundial 86; me cortaron las piernas, se lamentó en la conferencia de prensa luego de descubrirse su doping positivo en el Mundial de 1994 en los Estados Unidos. Lo juro por mis dos hijasfue una frase repetida muchas veces; ¿sabés que jugador hubiera sido yo si no fuera por las drogas?fue tal vez su expresión más autocrítica y lapidaria, la que deja un sabor amargo. Hay muchas otras que han pasado a formar parte de la jerga argentina: se le escapó la tortugay billetera mata galánquizá sean las más famosas. Hay varias agresivas, groseras, como dos de su etapa como director técnico de la selección argentina en el Mundial de Sudáfrica del 2010: Vos también la tenés adentroy que la sigan chupando.Incluso, existe un libro casi inhallable que se titula Diego dijo.

¿Pensaste en alguna para este momento, Diego? Había sentenciado que en su epitafio debería decir gracias al fútbol, gracias a la pelota.

 

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Mucho se ha dicho y escrito de cómo Maradona fue víctima de su propio ego y de sus impulsos autodestructivos. Nunca se consideró un ejemplo de nada: podía ser generoso; supo ser violento. Sus posiciones políticas fueron abiertas y militantes y le ganaron adeptos y enconados enemigos; se tatuó al Che Guevara en un brazo y se hizo amigo Fidel Castro y de Hugo Chávez. Le gustaban los autos de lujo, los habanos y el baile; fue drogadicto y alcohólico. Se peleó con la FIFA, con políticos, con periodistas, con sus managers, con sus médicos, con parejas y exparejas, con otros jugadores.

En sus últimos años, le costaba caminar, hablar. Le costaba ser.

Debe haber sido extenuante, ¿no, Diego? El exceso es extenuante.

 

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En Argentina, en España, en Italia, en México, en Gran Bretaña se reaccionó inmediatamente a su desaparición física y muchos se llenaron de palabras para decirnos como debíamos separar a la persona (mala) del jugador (excelso).  ¿Por qué? ¡Como si fuera posible dividir al humano falible en compartimentos! No. Llegó a la cima y a las puertas del infierno enterito él.

ElNew York Timesredactó su esquela: “Diego Maradona, One of Soccer’s Greatest Players, Is Dead at 60. Estaba clasificado con Pelé entre los mejores y su habilidad para sorprender y asombrar le ganó fanáticos y críticos. Pero sus excesos y adicciones oscurecieron su legado” https://www.nytimes.com/2020/11/25/sports/soccer/diego-maradona-dead.html

¿Existe un legado que no tenga oscuridad, Diego?

 

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Soy hincha de Boca Juniors, el equipo más popular de la Argentina. Maradona jugó la temporada 1981 y logró su único título de campeón en el fútbol argentino. En “Estrella 15” se puede ver el documental de toda la campaña.  Volvería a Argentina, jugaría para Newell’s y para Boca otra vez y ya nada sería igual.

Mi papá me llevaba poco a la cancha. Pero el día que debutaba Diego me dijo: Vamos. Tenía12 años. Íbamos en un colectivo lleno escuchando la radio, apretujados entre la gente. A mitad de trayecto, por el puente Sarandí, el relator anunció: ¡No hay más entradas! ¡Acaban de anunciar lleno total!Empecé a lagrimear y mi papá me vio.

Nos bajamos. Me invitó a comer pizza a “Los tres ases”, posiblemente la mejor pizzería del universo (milagro: busco en google y todavía existe). Todo el mundo sabe que la pizza es sinónimo boquense.

¿Te acordás, Diego? Ganamos 4-1 contra Talleres de Córdoba. Hiciste dos goles de penal.

 

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A mediados de los noventa estaba estudiando literatura y un premio universitario me permitió hacer mi primer viaje a Europa.

Bajé del tren y vi Nápoles. Fui a la oficina de turismo para que me dieran un mapa. Un taxista me vigilaba. Arreglamos para que fuera mi guía.

Algo de italiano hablo. Me preguntó de dónde era. Me miró por el espejo retrovisor. ¿Argentina? ¡Maradona!

Y me contó su historia: Apenas me casé, me dijo, colgué un crucifijo en la pared detrás de la cama matrimonial. Vino Maradona y nos sacó campeones. ¿Sabes qué hice?,preguntó.

Non lo so, le contesté medio asustado de su mirada torva.

Sonrió. ¡Saqué el crucifijo y puse el poster de Diego!confesó, casi gritando. Mi esposa protestó un poco ma… y sus ojos se perdieron en el recuerdo.

¿Ves lo que le hacías hacer a la gente, Diego?

 

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Encontraremos probablemente un millón de anécdotas e historias como esa sobre Maradona. Las hay divertidas y tristes; unas sublimes, otras ridículas.

A mí me gusta esta: hace rato que Maradona ha dejado el fútbol y vive en Buenos Aires, siempre perseguido por los medios y metido en algún lío. Es una gloriosa tarde de sol en barrio de Palermo y la gente corre, hace bicicleta y juega al fútbol en “picados” intergeneracionales improvisados en los “bosques”. Una 4×4 (SUV) negra estaciona frente a uno de ellos. Se bajan tres tipos.

¿Puedo jugar?, pregunta. Los del partido paran y abren bien los ojos. Sí, es Diego, pidiendo jugar. Se arreglan un poco los arcos hechos de ropa y bolsos, y siguen. Juega, hace goles, le dan alguna patada, discute porque no le cobraron un gol que había dado en el “palo”. Se ríe. Se va.

¿Puedo jugar? Qué pregunta, ¿no?

 

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Creo que todo lo que quería era jugar a la pelota. Era un chico en ese sentido y en muchos otros; estaba fuera de este mundo porque casi nunca podía con él, no pertenecía.

En cambio, en el planeta esférico cubierto el verde césped, con la pelota atada a sus pies, ahí sí.

Diego, entonces, ¿salís, salimos a jugar?

 

 

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