Forrest J. Ackerman: “Mr. Sci-Fi”

Memorias de una visita a la “Ackermansion”, el Museo del Sr. Forrest J. Ackerman, “el Más Grande Fan Mundial de la Ciencia-Ficción” según Stephen King.

El 4 de diciembre de 2018 marca el décimo aniversario de la partida del Sr. Forrest James Ackerman hacia “el país no descubierto de cuya frontera ningún viajero regresa”, como se refiriera William Shakespeare, por boca del Príncipe Hamlet, al más allá.

A Forrest Ackerman lo apasionaban la ciencia-ficción, la fantasía y el horror en todos sus formatos: literatura, cine, televisión, radio, música, comic… Fue escritor, editor, agente y amigo de Isaac Asimov, Ray Bradbury —cuya carrera impulsó—, A.E. Van Vogt, Curt Siodmak y L. Ron Hubbard, entre otros famosos autores; creador de la voluptuosa Vampirella y de la célebre revista “Famous Monsters of Filmland”; actor —sus cameos en el cine de género fueron numerosos: “The Time Travelers” (1964) de Ib Melchior, “King Kong” (1976) de John Guillermin, “The Howling” (1981) de Joe Dante, el video musical de Michael Jackson “Thriller” (1983) de John Landis, y un largo etcétera)—, y quien acuñara la expresión sci-fi.

Entre otros reconocimientos a su labor, en 1997 obtuvo el Bram Stoker Award al “Logro de Toda una Vida”, así como el premio Hugo de 1939 al “mejor autor fanático del género”. El escritor argentino Rodrigo Fresán, que consumió vorazmente “Famous Monsters” como parte de su dieta durante la niñez, afirmó en el afectuoso obituario que le dedicara a Ackerman, titulado Monstruo Famoso, que tal vez su gran mérito fue enseñar a varias generaciones de freaks a idolatrar y adorar a todos esos monstruos queribles que nos regaló la imaginación. Como coleccionista, el Sr. Ackerman convirtió su casa de Los Angeles —la “Ackermansion”—, situada en las colinas de Hollywood, en el mayor museo del mundo dedicado a los citados géneros, llegando a formar una colección —que iniciara en la década de 1920— compuesta por trescientos mil ítems desplegados en trece habitaciones y cuyo valor fuera estimado en más de cinco millones de dólares: libros —incluyendo una primera edición de “Dracula” firmada por Bram Stoker y dedicada por Bela Lugosi “to Forry Ackerman”—, revistas, posters, fotografías, películas, pero también —y principalmente—objetos originales: maquetas, utilería y vestuario utilizados en películas y series televisivas, de poseer los cuales el Sr. Ackerman se enorgullecía (y no era para menos).

Cuando, a comienzos de 1979, visité la “Ackermansion”, yo tenía 22 años y el Sr. Ackerman 62 (casualmente, la edad que tengo ahora, mientras redacto estas memorias). Cuando niño, también yo disfrutaba en mi país, la Argentina, del inigualable desfile de monstruos variopintos que llegaban de la mano de “Famous Monsters”, y había descubierto, en uno de sus números, la existencia del hombre y del museo al contemplar, fascinado, una fotografía en blanco y negro y a doble página del mismísimo Sr. Ackerman posando en medio de una barroca acumulación de horrores… Acompañaba a la sorprendente imagen el título “The House in The Twilight Zone” (referencia al clásico televisivo creado por Rod Serling).

Tras subir a pie la empinada cuesta de Glendower Avenue, en las inmediaciones del Griffith Park de Los Angeles, llamé a la puerta y un asistente del Sr. Ackerman me recibió con gran deferencia y me condujo ante él, que se hallaba trabajando en su despacho. La afabilidad del Sr. Ackerman quedó demostrada de inmediato: me saludó con calidez y me obsequió el libro-souvenir de la exposición que, con 250 ítems de su colección, se realizara en Tokio por aquellos años: una publicación en versión bilingüe y profusamente ilustrada que amablemente me dedicó de su puño y letra, mientras en su anular izquierdo brillaba el anillo que luciera Boris Karloff en “The Mummy”, realizada por Karl Freund en 1932. Luego, su asistente tuvo la gentileza de darme el tour por la “Ackermansion”… a mí solo, puesto que no había otros visitantes aquella soleada mañana. Acerca de su inusitada hospitalidad, que puede parecer excesiva e incluso temeraria, el Sr. Ackerman comentó en un reportaje que le hicieran al cumplir 85 años: “Mi esposa solía decir: ‘¿Cómo puedes permitir que entren extraños a nuestra casa?’ Pero, ¿qué sentido tiene poseer una colección como ésta si no puedes dejar que la gente disfrute de ella?”

Trasponer el umbral de la “Ackermansion” me causó el efecto contrario a la intimidatoria advertencia a la entrada del Infierno del Dante (“Abandonad toda esperanza los que entráis”): ingresé en ella con la esperanza de hallar y tocar ese objeto mágico que había visto en alguna de mis películas o series favoritas cuando era niño (y no tanto). La expectativa fue saciada con creces: allí estaban, ante mí, las orejas puntiagudas que Leonard Nimoy ostentara, encarnando a Mr. Spock, en la serie “Star Trek” original; el monóculo de Fritz Lang, director de clásicos como “Die Nibelungen” (1924), “Metropolis” (1927) y “M” (1931); una de las manos de “The Thing from Another World” (1951), no ambas, pues una de ellas había sido robada por algún amante —excesivamente apasionado— de aquella excelente realización de Christian Nyby/Howard Hawks; los alienígenas aracnomorfos que perseguían a Bruce Dern en “The Zanti Misfits” (1963) y la grotesca criatura de “Don’t Open Till Doomsday” (1964), episodios del clásico televisivo “The Outer Limits” que en el mundo hispanoparlante conociéramos como “Rumbo a lo desconocido”; la máscara del mutante de Metaluna de “This Island Earth” (1955); modelos de las naves marcianas de “War of the Worlds” de George Pal (1953); la cabeza y los hombros del Monstruo de la Laguna Negra utilizados en “Revenge of the Creature” (1955); la estructura mecánica de una de las garras de “King Kong” (1933); las pistolas futuristas del serial “Buck Rogers” (1939) y de “The Invaders” (1967-68), la serie televisiva que protagonizara Roy Thinnes; la cabeza en estado de descomposición realizada por el maestro del maquillaje Dick Smith para el “Dorian Gray” (1970) que interpretara Helmut Berger; una de las capas usadas por Bela Lugosi en “Dracula” (1931); el sombrero que vistiera Lon Chaney en “London After Midnight” (1927); la máscara de uno de los simios utilizada en las películas de “Planet of the Apes”; la criatura parasitaria de “The tingler” (1959); el monstruo venusino de “20 Million Miles to Earth” (1957) y varios dinosaurios a escala reducida, piezas creadas —y obsequiadas— por su amigo Ray Harryhausen, maestro del “stop-motion”; el kit de maquillaje de Lon Chaney, “el hombre de las mil caras”, y la lista continúa y continúa y continúa…

Antes de despedirme del Sr. Ackerman le pregunté si tendría la amabilidad de facilitarme la dirección de Ray Bradbury, a quien no podía dejar de visitar durante mi estadía en Los Angeles (mi adolescencia había transcurrido entre sus cuentos y novelas a partir de mi primera lectura de “Crónicas marcianas”). Solícito, el Sr. Ackerman mecanografió la dirección de la oficina de Ray Bradbury en Beverly Hills y me la entregó (poco después, yo me presentaba ante el mismísimo Bradbury, pero esa, como suele decirse, es otra historia).

El inventario de famosos que visitaron la “Ackermansion” no es menos impresionante que el de sus ítems, e incluye a Bela Lugosi, Vincent Price, Jane Seymour, Anthony Perkins, Steven Spielberg, Mark Hamill, Carrie Fisher, Eleanor Parker, George Takei, Gene Roddenberry, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Harlan Ellison, Robert Heinlein, Ray Harryhausen, George Pal, Joe Dante, John Landis, Fritz Lang, Clive Barker, Tobe Hooper y el astronauta Buzz Aldrin, piloto del módulo Eagleen la misión Apolo 11 y segundo terrícola en pisar suelo lunar. El Sr. Ackerman inspiró las carreras de muchos de ellos. Incluso la autoridad que ostentaba en las materias de su interés era ampliamente reconocida, como lo demuestra el hecho de que, en 2008, el actor Benicio Del Toro, en vías de interpretar al malhadado Larry Talbot en “The Wolf Man”, solicitó su asesoramiento.

En sus últimos años, ya viudo y afectada su salud, el Sr. Ackerman no consiguió que un museo acogiera su colección (según se informó, por problemas de espacio para ubicar semejante enormidad de material), y se vio obligado, además, a vender parte de ella a coleccionistas privados en la necesidad de cubrir los costos de un proceso judicial. La “Ackermansion”, por su parte, ya había dejado de recibir a los desconocidos que tanto inquietaban a la Sra. Ackerman: “Mr. Sci-Fi” se había mudado, en 2002, a un pequeño bungalow al que bautizó como “la Acker-mini-mansion”.

El Sr. Forrest J. Ackerman falleció el 4 de diciembre de 2008, a los 92 años, debido a problemas cardíacos. Poco después, en marzo de 2009, se le rindió tributo en una ceremonia llevada a cabo en el Egyptian Theatre de Hollywood, a la que asistieron, entre otras figuras, Ray Bradbury, John Landis, Guillermo del Toro y Ron Chaney, bisnieto de Lon Chaney.

Valga lo hasta aquí expresado como mi más sentido homenaje al Sr. Forrest J. Ackerman y a la pasión que lo convirtió en “el Más Grande Fan Mundial de la Ciencia-Ficción”, según un tal Stephen King, que, según dicen, algo sabe de estas cosas.