Fórceps (fragmento de novela)

Todo me daba igual. Solo esperaba a tener dinero para volver a follármela. Entonces me quedé sin trabajo: la librería que me empleaba decidió cerrar. Mi situación económica era alarmante. Desesperado por verla, pasé por un cajero y la llamé mientras pedaleaba en dirección a su casa. Me dijo que iba hacia el aeropuerto, que volvía a Holanda de vacaciones, que ya nos veríamos después de verano. Aquello me descolocó. Primero me vine abajo, pero enseguida sentí alivio: por fin las circunstancias daban una tregua a mi desquiciada voluntad.

Templada la ansiedad, mi obsesión por Mina tomó un cariz diferente. Mi estado ocioso y su ausencia en las páginas de clasificados me ayudaron a idealizarla: solo tiene 21 años —me repetía—; aún no puede estar totalmente maleada. Su tono de voz es tan suave… ¡Y habla cuatro idiomas! Hasta mi abuela —llegué a pensar— se quedaría encantada si se la presentase.

Tenía que hacer algo para superar tanta confusión. Retomé la idea de un relato que se me ocurrió escribir pensando en ella, un relato cuya redacción estaba postergando y en el que estas nuevas circunstancias encajaban a la perfección. La historia iría de un tipo que, poco antes de someterse a una operación con asombrosas consecuencias estéticas, contrata a una puta y se enamora de ella. Al cabo de unos meses, recuperado ya de la cirugía, la llama y acude a la cita haciéndose pasar por un nuevo cliente. El desenlace no lo tenía claro: en principio solo quería que él se convirtiera en otro capaz de conseguir a la chica; pero el cambio de identidad, ahora me daba cuenta, también podría ser un puesto de observación privilegiado desde el que desengañarse. ¿Había alguna otra manera de comprobar, por sí mismo, cuán especial era el trato que ella le dispensaba?

No quedaba ni un mes para que me operaran; la convalecencia coincidiría con las vacaciones de Mina. La vida se iba ciñendo al relato.

Fragmento de la novela Fórceps, Suburbano Ediciones.

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