Esquirlas para una biografía de Copi

11717514_1017573021617328_8085059604465853405_oUnos días antes de morir víctima del Sida a los 48 años, Copi (1939–1987) recibió el Premio de la Ville de París al mejor autor dramático. Al difundirse la noticia no pocos esbozaron una sonrisa socarrona. Como a otros artistas, la obra de Copi (Raúl Natalio Damonte: autor, dibujante, actor) era aceptada tardíamente por la crítica y el público. Sólo en 1970 con Eva Perón –la escribió mucho antes que el musical de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice– había captado levemente la atención del ambiente literario. Para todo el mundo Copi era el humorista gráfico de La mujer sentada, original historieta que podía leerse en publicaciones de Francia (Le Nouvel Observateur), Estados Unidos (Evergreen Review) y Argentina (Confirmado).

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«Cuando llegué a París, a comienzos de 1962, quería estudiar teatro, pero durante un año no hice nada; viví de los giros, no demasiado opulentos, que mi padre me mandaba todos los meses, y no pisé una sala ni siquiera como espectador.» Los giros se acabaron y entonces «me acordé que cuando era chico me gustaba dibujar, y comencé a hacer algunas cositas que después vendía en el Pont des Arts y en los cafés de por ahí». Eran acuarelas, trazadas febrilmente por las tardes, y las entregaba a cambio de diez francos cada una. Fue en el Flore, todavía de moda en aquella época, que una señora quedó maravillada con lo que hacía ‘le jeune argentin’. Era la mujer del dueño de la revista Twenty, Jean-Claude Fournet, y quince días más tarde Copi se había convertido en colaborador permanente de la publicación. Twenty cerró al poco tiempo, pero los dibujos cayeron en las manos del jefe de redacción de Le Nouvel Observateur, una revista que, al cambiar de fórmula, buscaba renovar el staff. «Nadie quería saber nada con la tira, yo mismo no estaba demasiado convencido y empecé a hacerla con el solo apoyo de Lafaurie; el resto opinaba que ‘le truc’ no hacía reír a nadie».

(Nota de Silvia Rudni sobre Copi, Primera Plana, 1965)

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“Siempre digo que soy argentino sobre todo cuando conozco algún francés. Lo hago porque como yo hablo sin acento no quiero que haya malentendidos…”

(Copi a Giselle Casares, Tiempo Argentino, 1986)

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“Esto de ser autor es una vocación, no sé, un don o una profesión que consiste en escribir cosas, acciones que pasan arriba de un escenario, eso es todo. Creo que la pieza está ahí como artefacto; en las puestas jamás me modificaron ni una coma, pero no me molestaría si lo hicieran. Me parece que un autor vivo es siempre molesto, así que no voy nunca a los ensayos ni a los estrenos de mis obras”.

(Copi a Beatriz Seibel, revista Crisis, 1987)

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Copi pensó que Evita debía ser interpretada por un travesti. El resultado fue inmejorable, pero el teatro sufrió un atentado de bomba que lo dañó por varios días.

Si los dibujos de Copi tienen el eco de Saul Steinberg y Lino Palacio, su dramaturgia está emparentada con Eugène Ionesco y Jean Genet. Podemos hablar de esta influencia en el sentido que el grotesco deja una carnada malicienta para que el humor negro del argentino la mastique y escupa un delirio marginal tan violento como despiadado. En cierto modo, “Eva Perón” cuenta la historia del peronismo, que es la historia de la República Argentina, en su estado más salvaje, con una Evita que guarda dinero mal ganado en cuentas bancarias en Suiza, que es déspota, que se burla con mucho resentimiento del cáncer que le está destruyendo no el cuerpo sino el alma. El autor, además, pensó en un travesti para el rol de la esposa de Perón.

Copi necesita de una obra articulada en un solo acto para que la acción transcurra rápidamente; los personajes entran y salen del escenario gesticulando y hablando en voz fuerte –el autor sentía debilidad por los signos de exclamación–. Bajo la superficie de este delirio se indaga la condición del poder, su tiranía perversa, la fascinación que a muchos enceguece.

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“¡Qué catzo me importa ser argentino! ¿A quién le va a importar ser argentino?”

(“Habla Copi: Homosexualidad y Creación”, del periodista y escritor argentino José Tcherkaski).

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Obras (Tomo 1), de Anagrama –editorial que editó en español casi toda las novelas y cuentos de Copi– agrupa La vida es un tango, La Internacional Argentina, el relato El uruguayo y un breve texto autobiográfico, que permanecía inédito: Río de la Plata.

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—Copi era sumamente elegante. Algunas veces usaba cosas de marca. Cuando se lo podía permitir, porque era una persona cuya economía era muy cambiante: pasaba del esplendor a limitarse a las necesidades básicas. Una vez me regaló una pañoleta, un chal de lana, que costaba nada, calculo que unos 20 francos de esa época, pero era un accesorio bellísimo. Era una cosa muy popular, que se vendía en el mercado, pero estaba elegido por alguien que tenía un gusto exquisito y un gran refinamiento. Copi era la persona que he conocido que tenía menos problemas para decir directamente lo que pensaba. En Invenciones hay una frase de Silvina que dice: «A veces me da miedo transmitir directamente lo que pienso cuando estoy callada, o no poder transmitirlo cuando lo defino con palabras». Bueno, al respecto, Copi tenía bastante poco problema para hablar, era bastante radical en la expresión de sus opiniones. Me acuerdo del gran escándalo que armó después del Proceso. Fuimos recibidos en la embajada argentina en París. Era el momento en que se pasaba del pasaporte de cuero al de plástico, más moderno. Copi quiso sobornar a las nuevas autoridades para que no le cambiaran el viejo pasaporte de cuero, porque decía que se iba a sentir falto de identidad con el de plástico; les dijo a los gritos que su materia primera era el cuero. Copi era gay, por supuesto, y tenía muchos amigos de África del Norte. Y en la embajada, en medio de la cena, comentaba sus amistades amorosas con una gran libertad y una gran poesía delante de los funcionarios y de la gente que servía la comida. Todos estaban asombrados, quedaron boquiabiertos.

(Entrevista de Pablo Zunino a Marilú Marini, La Nación, 2009)

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Copi fue un autodidacta en el arte del dibujo, y un verdadero revolucionario Su economía de líneas que sugiere se entronca con la teoría del iceberg de Ernest Hemingway: hay una historia disfrazada que se construye con los sobreentendidos de la cultura popular.

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“La Argentina me ignoró siempre. Podría reunir una montañita de criticas en el extranjero, pero en mi país solo una vez me hizo un reportaje la revista Clarín”.

(Copi, Clarín, 1984)

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“Hace veinte años que no voy al cine y no leo nada, ya no leo más. ¿Para qué? Lo único que necesito es salir a la calle, mirar, observar la conducta de la gente, escuchar lo que dice. Por eso me fascinan los mercados, los restaurantes populares, el café, el bar, los lugares donde la gente se reúne y cambia impresiones, se da mutuamente consejos. La vida, bah”.

(Copi a Ernesto Schoo, La Razón, 1986)

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En El uruguayo (traducción de Enrique Vila–Matas) un joven escribe compulsivamente cartas a su “Maestro”. Cada misiva es una reproche en el que se cruzan las penurias económicas y la precariedad emocional del exiliado: “Estoy seguro que le habrá molestado que emprendiera solo tan largo viaje. Debería, lo sé muy bien, haberle llevado conmigo en lugar de huir como un ladrón. Llora, viejo boludo. No debí nunca llevar a mi perro conmigo, se siente muy desgraciado. Debería habérselo dejado a usted para que me lo guardara, Maestro. Hay tantas cosas que degustar con el olfato en su casa, su vieja ropa, sus pedos, su balcón, la madera de su mesa.”

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“Pretendo ver cómo son las cosas y mostrarlas, busco un arte de la simplificación”.

(Copi a Beatriz Seibel, revista Crisis, 1987)

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Copi se instaló definitivamente en París en 1962. Volvió a Buenos Aires sólo en dos oportunidades: en 1968 y en el verano de 1986, cuando ya sabía que estaba enfermo. En ese el último viaje lo acompañó su amante y amigo de toda la vida, el escritor Guy Hocquenghem, quien moriría de Sida en 1988.

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“Guy era el amante de Copi y era muy raro verlos juntos. Copi, el artista egoísta con antimilitancia que, sin embargo, atacaba más ferozmente al sistema con su humor y su poesía. Copi podía comportarse como una basura, pero te hacía reír; y uno perdona todo a quien te hace reír”.

¿Por qué dice eso de Copi?

–Bueno, podía ser falso o cruel, con críticas muy agudas a personas cercanas. Pero es parte de su personaje y de su inteligencia.

(Entrevista de Guillermo Bravo a Hélène Hazera, activista trans francesa, Página 12, 2013)

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Partida de nacimiento: Hijo de Raúl Damonte Taborda, diputado y periodista, y de China Botana. Su abuelo fue Natalio Botana, director del diario Crítica. Cuando llega Perón al gobierno, la familia debe exiliarse al Uruguay. Y luego, a París donde Copi aprendió el francés.

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Algunos han visto en La Internacional Argentina una fábula moderna, tal vez con cierto flavour tropical para el gusto de un lector europeo, mientras otros prefieren hablar de sátira política. En cualquier caso, es una excelente novela, probablemente la mejor de Copi. Nicanor Sigampa, millonario y descendiente de esclavos africanos, intenta convencer al poeta Darío Copi que vive en París de postularse a presidente de la Argentina. Por supuesto que no le será nada fácil.

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“Al principio los críticos me dieron muchos palos pero ahora se acostumbraron y como hay una nueva generación de críticos jóvenes, ellos hacen otra lectura de mi obra”.

(Copi a Giselle Casares, Tiempo Argentino, 1986)

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Un amigo, actor que vive en la ciudad de New York, se encontró en una fiesta con un director francés. Al saber que era argentino, le comentó que había conocido al artista, más exactamente: ¡Quién no durmió en el sillón de Copi!

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A Copi lo conocí casualmente en un restaurante, después de una función de teatro: yo estaba con Facundo Bo. Cuando alguien le caía en gracia, era una persona muy generosa y muy atenta. Pero nuestra relación se volvió más íntima cuando hice La

mujer sentada en teatro; venía a ver algunos ensayos. Nunca pasó inadvertido.

(Entrevista de Pablo Zunino a Marilú Marini, La Nación, 2009)

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La vida es un tango (la única novela que Copi escribió en español) narra otro viaje. Silvano Urritia abandona su pueblo natal cuando gana un premio literario y debe ir a Buenos Aires. A partir de ese momento, y en un solo día, pasará de periodista a redactor en jefe y luego a dueño del diario Crítica. No es casual que se llame así el matutino: esta empresa, donde trabajaron Borges y Roberto Arlt, perteneció a la familia de Copi.

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“Vivo atrás del Moulin Rouge en el arrondissement XVIII, y no me mudo porque el gobierno socialista ha hecho muy difíciles las mudanzas. Pero si no, ya me estaría yendo. No porque no me guste donde estoy, sino porque me encanta mudarme, cambiar de escena. Y como no necesito nada más que una cama, una mesa y una silla…En realidad, lo único que necesito es una valija”.

(Copi a Ernesto Schoo, La Razón, 1986)

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¿Cómo fueron los últimos años de Copi?

–Yo vine a vivir a París para ocuparme de él. Nunca hablamos de la enfermedad; él no le escapaba al tema, pero tampoco lo buscaba. En esa época había bastante miedo con esta enfermedad, no era como ahora. Copi se reía, solía contar anécdotas sobre eso. Por ejemplo, un día que una enfermera lo miró y le dijo: “Señor Copi… ¡Usted todavía vivo!”. De hecho, varios de sus amigos murieron muy rápido, él duró bastante.

(Entrevista de Guillermo Bravo a la madre de Copi, Página 12, 2010)

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“Yo sé que si un día me decidiera por fin a empezar el libro, situaría en primer lugar la historia que un día me contara Raúl Escari en la calle Maipú, frente a la casa de Borges, en Buenos Aires. Mi amigo me contó que un día, después de almorzar en casa de Copi, le explicó a éste que las flores cortadas duran más si se pone una aspirina en el agua. Después, Raúl se fue a comprar una botella de vodka y, cuando regresó a la casa, encontró a Copi inmóvil, sentado frente a un florero con una amapola colocada en el centro de la mesa, mirando la flor con gran atención. Copi quería verificar lo que le había dicho Raúl y pensaba que el eventual efecto estimulante de la aspirina se iba a producir a ojos vista”.

(Enrique Vila-Matas, “Un catálogo de ausentes”)

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“No hace falta creer que vas a ir al cielo para no tener miedo a morirte. No hace falta creer en Dios para no tener miedo a morirse; yo nunca creí en Dios y tampoco en lo que dice la gente, porque miente mucho con respecto a la muerte; tiene cierto tipo de problemas que pueden ser de trascendencia o de religión”.

(“Habla Copi: Homosexualidad y Creación”, del periodista y escritor argentino José Tcherkaski).

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China visitó a Copi varias veces en París, pero se quedó definitivamente cuando se enteró de que su hijo estaba enfermo de sida. Por un tiempo vivió en un departamento al lado del de su hijo, hasta que se mudaron juntos. Cuando habla de la muerte de “Copito de Nieve” (seudónimo elegido por la abuela materna, según ella confirma), no parece triste. Solamente dice: “Yo le sostuve la mano hasta que se fue enfriando, enfriando”. Después, cambia de tema.

(Entrevista de Guillermo Bravo a la madre de Copi, Página 12, 2010)

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De chico, Copi solía jugar en Dieppe, la playa más cercana a París. Georgina Botana, su madre, fue hasta ese lugar para tirar sus cenizas.

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Río de la Plata. Es el primer capítulo de una novela que no alcanzó a terminar. Poco importa. En unas cuantas páginas Copi, que nunca habló demasiado en serio, quizá porque lo veía como otra impostura de mal gusto, confiesa: “Viajero y mirón, mi expresión toma la forma de escenas fugaces como el amor bajo un farol o la muerte fatal; nutrido en la sensibilidad del Río de la Plata, conozco la fugacidad de los decorados; los viajes me han enseñado que poco equipaje bien surtido es el seguro y el crédito del exiliado”.

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En 1988, el escritor César Aira dictó en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la Universidad de Buenos Aires, el curso Cómo leer a Copi. Más allá de lo pretencioso del título, estas conferencias, editadas luego en un libro, sirven para acercarse al mundo del artista. “Ante su visualidad exacerbada y sus complicadas catástrofes”, dice Aira, “uno se pregunta si no serán los comics que no se tomó el trabajo de dibujar, y entonces escribió. Copi tenía algo de escritor no profesional –“no fatal”– que desparramó su talento sin criterio de carrera, sin acumular, en esto y en aquello. Alcanzó la cima, la imperfección, que es la llave para hacerlo todo.”

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Luego de su muerte, las ironías continuaron con la reedición de sus libros y las puestas en escena de sus obras. La compañía de teatro Molière, la más antigua de su tipo en Europa –se fundó en 1680–, incluyó en su repertorio Una visita inoportuna. De esta manera, Copi, que nació en Buenos Aires en 1939 y emigró a los 22 años a París donde escribió en francés casi la totalidad de su obra, se convertía en el segundo autor extranjero en ser parte de la compañía –el primero fue el rumano Eugène Ionesco.

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¿Qué le parece este resurgimiento de la obra de Copi en la Argentina?

–Me pone muy contenta, veo que hay cada vez más obras suyas que se presentan, cada vez más traducciones y más estudios sobre él. Pero no creo que le hubiera interesado mucho. No se sentía un autor argentino. No tomaba mate, ni escuchaba tango, ni le interesaba volver a la Argentina. Además vivió toda su vida acá. Tampoco se sentía francés, no le importaban esas cosas.

(Entrevista de Guillermo Bravo a la madre de Copi, Página 12, 2010)

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Gracias a un fanático que había guardado todas las tiras que salían semanalmente en Le Nouvel Observateur, el director Alfredo Arias pudo adaptar esos textos para la obra de teatro La mujer sentada. En Francia, como en Argentina, el rol principal lo interpretó Marilú Marini. Vi la obra en la puesta de 1997 en el teatro General San Martín. En La mujer sentada los movimientos corporales sustituyen cualquier expresión del lenguaje deliberado. Los diálogos se reducen a desenmascarar artificios.

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“Soy tan vanguardista que me agarré el Sida primero que nadie”.

Copi