Esperando

Estaba esperando por ella en un café del suroeste un día de marzo cuando la verdad me golpeó la cabeza como una pedrada. Mi vida había sido una caída. No de la gracia de nadie, ni lo que se puede llamar un fracaso, si no literalmente una caída libre hacia lo desconocido. A veces hacia abajo, a veces hacia arriba, a veces un desplome en el tiempo o en la distancia, como un animal eterno al que le ha sido conferido el don de la ubicuidad espacial y temporal, sin haberlo pedido.

Yo me veía en los bordes, en todos los momentos de la historia, y en esos instantes, estaba en todas partes, un observador múltiple de sucesos interminables y, ahora que lo miraba desde una perspectiva más amplia, estrechamente conectados. Este descubrimiento me entristeció, yo creía en la poesía del caos, en el misterio que lo aleatorio aportaba a mi vida. Me gustaban las sorpresas, aunque fueran malas, me recordaban que estaba vivo, que cualquier cosa podía pasar en cualquier momento que podría cambiar mi vida para siempre, terminarla o darle un significado distinto. En medio de semejante descubrimiento recodé un día, hablando con Alejandro, cuando decidimos tiranos de la terraza de mi casa para partirnos algún hueso, solo con el firme propósito de sentir, de cambiar, de ir más allá de la puta rutina imbécil que nos rodeaba.

Pero este día, o ese, u hoy, da lo mismo, sentí la muerte. No la inminencia de un fallecimiento, sino su verdadero significado, su naturaleza dinámica, la muerte es una continuación, dijo una voz dentro de mi cabeza. Y de pronto sentí no un desprecio patológico y aberrante contra el resto de la humanidad si no hacia mi incapacidad de comprender el lenguaje de los otros, el lenguaje emocional en que la gramática es solo un obstáculo de la expresión de nuestras emociones, y vi a Chomsky y a Derridá, jugando canicas en el fango, uno construía rompecabezas de barro y el otro los desarmaba, atascados en la estructura de lo que decimos para comunicarnos, sin darse cuenta que también existe un lenguaje emocional, en el cual el significado de lo que expresamos puede ser variable de acuerdo a la interpretación de palabras aparentemente inconexas, “la marimba sabía a mermelada de números.”

Esto me aterró, nunca pensé que al extinguirse mi hálito todo siguiera. Hasta ese o este mismo momento tuve la certeza de que la filosofía, el arte, el amor, carecían de sentido después de la muerte. Pero en ese segundo en que la verdad me golpeó tan duro, en que me di cuenta que el punto final era solamente una parada en el dibujo de mi existencia, que mi cadáver no tenía la más mínima importancia y que la memoria de mí continuaría como una parte de la vida de los que me sobrevivieron, ahí todo se fue a la mierda.