La voz de Piglia

(Buenos Aires, 31 de julio de 2013)

El taxista escuchaba Rata Blanca cuando me levantó en la calle gris y ruidosa y ni bien me senté en la butaca roja, trasera, habló de las virtudes del cantante mientras atravesábamos la urbe abarrotada y despierta. Elogió su voz aguda y recordó el largo pelo amarillento en medio de las luces de los boliches nocturnos. Me dijo que sus hermanos lo llevaban de noche cuando era pibe y que ahí aprendió el arte de amar. Era morocho y fumaba como una locomotora límpida y voraz. Tenía un tic en el ojo derecho que se repetía, como un repiqueteo lento, en el espejo retrovisor. En una esquina, antes de llegar a destino, se dio la vuelta y me lanzó la bocanada de humo azul y me dijo que en Buenos Aires ya no se puede caminar tranquilo. Yo llevaba en mi mente las reflexiones de Renzi sobre la violencia e inmediatamente conecté las palabras del taxista rockero con la furia teórica del Unabomber transfigurado en un eximio matemático polaco en la exquisita y contundente novela El camino de Ida, de Ricardo Piglia.

La demora por el tráfico me hizo llegar tarde. Toqué el timbre y la voz tronante de Piglia en el contestador me dijo que el fotógrafo bajaba con la llave. Al rato, saludé a Rodrigo Ruiz Ciancia, el joven portador de las imágenes.

Piglia abrió la puerta al escuchar los pasos cortos en el palier. Ni bien traspuse la puerta, me recibió con un saludo afectuoso. Parecía conmovido. Recordó, en voz alta, que yo iba desde Tucumán y ese hecho lo había entusiasmado. Tenía una camisa negra y amplia y un pantalón oscuro. Llevaba puestos sus clásicos anteojos cuadrados y el pelo revuelto le daba un aire de tranquilo y joven esplendor. Después de darme la mano, se sentó de espaldas a la ventana y elogió el suplemento que había fundado Daniel Alberto Dessein. Dijo que todos leían La Gaceta Literaria (se refería a él y sus amigos escritores) y que era un suplemento muy digno y prestigioso.

Me senté. En la mesa larga y limpia había una ensaladera pletórica de uvas rosadas y en una bandeja pequeña advertí que la luz clara rociaba un enjambre de nueces.

Mientras Ricardo repasaba sus anteojos con una tela mínima, recorrí los estantes de la biblioteca. En ese travelling simple y esquemático, alcancé a ver un tomo amarillo del escritor Richard Ford y unos libros en inglés. La luz iridiscente bañaba los volúmenes y el aire liviano y fresco de Buenos Aires entraba por la ventana de atrás.

Encendí el grabador. Mientras Piglia bromeaba sobre la relación entre los artistas y el Papa, lancé la primera pregunta.

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