Entrevista a Vera, ganador del Florida Book Award con «La librería del mal salvaje».

Foto: Eduardo Rubin

Pese a los malos augurios, las librerías resisten en el siglo XXI. Una buena prueba es La librería del mal salvaje (SED ediciones), la nueva novela de Hernán Vera Álvarez (Buenos Aires, 1977), Medalla de Oro en el Florida Book Awards, uno de los premios más importantes para autores en español en Estados Unidos, que recibieron a lo largo de su historia escritores como Antonio Orlando Rodríguez, Daína Chaviano, Andrés Pi  Andreu y Pedro Medina León.

El narrador de esta novela –un joven escritor– elabora teorías, rescata fechas y recuerda anécdotas de la literatura universal mientras acomoda libros de Borges, Elena Garro, Gombrowicz, Roberto Bolaño, Capote, Isak Dinesen.

En esta particular librería afincada en algún lugar de los Estados Unidos y dedicada especialmente a obras escritas en español, los clientes también arman una fascinante galería de personajes: el señor Olmos que pasa tardes enteras sin abrir un libro; la homeless que irrumpe en rollers y deja una estela de vaho y desconcierto; el ignoto escritor de policiales que siempre coloca sus libritos en la mesa de novedades; el anciano que llama por las mañanas haciendo las preguntas más delirantes; la clienta que llora cada vez que compra un libro.

Todos los fines de semana las presentaciones de libros convierten a la tienda en un verdadero espectáculo. Vera Alvarez describe cada uno de los acontecimientos con humor e inteligencia. Las imágenes y diálogos de esta novela inclasificable crean una atmósfera en la que el lector descubre un mundo entrañable.

 

¿Cómo empieza la idea de La librería del mal salvaje?

Hace dos años atrás, precisamente, cuando entré a trabajar en una librería. Es interesante porque la conexión en verdad vino más por otro lado: el estar allí me hizo recordar al kiosco de diarios y revistas que tenía mi abuelo en el sur de la Argentina. En los veranos, en tiempo de vacaciones, iba para allá y de paso trabaja algunas horas. Sentí que los personajes y las historias, en un punto, se repetían. Allá muchos eran extranjeros con varias décadas en el país o segunda generación de argentinos, como en Miami donde todos somos y no somos de acá. Con los días apareció ese clima de Donald Trump donde muchos clientes entraban a la librería y al comprobar que sólo se vendían libros en español se enojaban, o no entendían el “por qué”, como si hubiera un motivo… Me pareció que en estos tiempos donde Estados Unidos ha retrocedido varias décadas, contar las aventuras de una librería en español era también un gesto político.

Por otra parte, hay novelas donde las librerías están presentes. Pero no quería hacer más de lo mismo, por eso le introduje la parte de los apuntes de literatura argentina. Eso rompe con la linealidad de la novela. De hecho, esa parte era en sí una novela: había varias listas, apuntes, anécdotas, como la inclusión de más epígrafes que aparecen en libros. Decidí que, salvo uno que otro amigo, no estuvieran autores de “mi generación”: y lo digo con comillas, porque ¿qué es una generación? Pero preferí escritores que ya son parte de alguna manera del canon del país. Esa parte de la novela salió una vez que me invitaron a dar una conferencia sobre la literatura argentina en una universidad norteamericana. A la noche salí a caminar y empezaron a surgir las historias, las listas, los datos.

 

En la novela no dejas bien parado a ciertos escritores…

En cualquier ámbito donde se juntan más de dos personas es probable que se arme un conflicto. Lo que pasa es que las librerías, como el oficio de escritor, siempre ha gozado ridículamente de un aire de prestigio impoluto. Se cree que todos los escritores son buenas personas e iluminados, cuando no suele ser así. El mundo literario está lleno de gente que le falta generosidad. Grandeza. Pero quiero aclarar algo: no es una biografía. Es una novela donde hay ficción y realidad. Ahora bien, no pregunten cuánto hay de ambas. La librería me parecía un buen ámbito para ahondar en ciertas miserias humanas.

 

El protagonista es un escritor con una mirada impiadosa.

 Cada situación da el tono que se engarza con el tono total de la novela. También creo que hay cierta desesperación, lo que no es raro: es un mundo desesperado. Siento íntimamente que es la novela de un lector, uno agradecido por lo que ha leído. Me interesa más la vida de un lector que la de los escritores.

 

A tu taller concurren autores de varias nacionalidades. Algunos publicaron en editoriales de prestigio y ganaron premios internacionales.

Al taller vienen solo escritores, sea que tengan libros o no. Eso es lo de menos: la publicación no te avala como escritor. Pero sí que tengas una sensibilidad y que estés dispuesto a leer. No existe el escritor que no lee. Buena parte del oficio de la escritura es saber leer, y eso sí se aprende en mi taller. Siempre recomiendo hacerlo con lápiz en la mano. Hace poco Jorge Carrión estuvo en Miami para escribir un artículo para The New York Times. A una de las autoras le preguntó qué significaba mi taller, y ella le dijo algo que me pareció muy inteligente y que da en el clavo: el taller se asemejaba a desbloquear un iPhone. Es genial. Un taller no te da talento, esa gema la tenés o no la tenés, pero sí te da herramientas para que ahondes y la saques a la luz.

 

¿Está la posibilidad de publicar la novela en inglés?

La idea siempre está. Me parece bien que una obra se traduzca a cualquier idioma. Lo que me da mucha risa es que algunos autores se desesperan por ser publicados en inglés. Creen que eso te “bautiza” o que ganarás un montón de dólares. La mayoría de mis escritores favoritos nunca fueron traducidos al inglés.

 

¿Cómo se siente ganar el Florida Book Awards?

Un premio es un abrazo. Desde ya que uno se pone contento, pero creo que más lo disfrutan los amigos y afectos. También da mayor visibilidad. Particularmente, este premio lo ganaron autores hispanos que tienen una obra.

 

¿Es posible ser un escritor y vivir en Miami?

Uno es escritor donde quiera. Eso de irse a París o New York es una impostura: es fácil tomarte un avión y listo, más si alguien vive en este país. El mundo de la literatura está lleno de esnobs, y la verdad, a mí solo me interesa la poesía. La belleza que puedo encontrar. Ahora es como que Miami está en el radar de mucha gente, hasta le ponen el nombre de la ciudad a su novela. Hoy es fácil hacer eso. Pedro Medina León como yo lo hicimos cuando era una mala palabra Miami. Y eso nos gustaba, precisamente: derribar los lugares comunes de la literatura. Un escritor debe crear su propia mitología. Me gusta Miami porque es la ciudad que detestan los intelectuales. Y yo soy un escritor.