Entrevista a Ibán de León sobre «Pan de la noche»

En esta ocasión charlamos con Ibán de León sobre el oficio de poeta y sobre uno de sus más recientes libros, Pan de la noche. Al respecto de este libro el poeta Manuel Becerra escribió es una reseña que compartimos anteriormente: “Pan de la noche, es un libro que se mueve con calma, de baja velocidad, porque para mirar es necesario tener tiempo, tener fe. De eso se trata la poesía. Yo me llamo Juan, nacido en marzo. / Hay fe si lo repito mirándome los dedos, dice el poeta. Su personaje se llama Juan. Tiene un nombre sencillo. Ibán de Léon alecciona. Los nombres sencillos pertenecen a la poesía. El poeta ya no es un dios o un mago, trabaja como un alfarero con figuras sacras, correspondientes a la divinidad, sí, porque cosas sencillas son los dioses”. Tuvimos la oportunidad de platicar con él, aquí tienen la conversación.

¿Cómo nace Pan de la noche, el título?

Recuerdo bien cómo empecé a escribir este libro: la primera semana de febrero de 2018 me mudé de Cuernavaca a un pueblo llamado Alpuyeca, ambos en el estado de Morelos. Habían transcurrido ocho meses desde la muerte de mi madre y en el funeral le dije a una de mis hermanas —que reside en Alpuyeca— que me iría a vivir cerca de ella (en un intento por recuperar el vínculo fraterno que la muerte de mamá reavivó). Pero Alpuyeca era, y sigue siendo, un lugar asolado por la violencia del narcotráfico: a diario ocurría, al menos, un asesinato. Lo que me acometió desde el primer instante fue un miedo nunca antes experimentado, que hoy no puedo explicar y que me parece muy lejano, ajeno incluso. Así nació Pan de la noche, en una madrugada en la que, por una parte, estaba la tristeza por la muerte de mi madre y, por otra, la pesadilla de la realidad en un sitio en el que vi cuerpos desmembrados en la esquina de la cuadra. Sentí miedo, un miedo denso, como señalé, que no he vuelto a padecer (en la distancia todo me parece una exageración). Iba del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, y me encerraba al llegar la noche. De alguna forma sentía que me observaban: patrullas aquí y allá, muchachos en motocicleta a los que llaman halcones, la señora de la tienda que me atendía con actitud hostil, gente que no respondía a mi saludo. Desconfianza para el recién llegado.

Durante esa madrugada escuché el traqueteo de las balas a unas calles del cuarto que rentaba. Y las dos sensaciones, el miedo y la tristeza, detonaron el primer poema, que es el primero que aparece en el libro, y que empieza: “Tengo miedo, mamá, afuera están mirándome las voces”. A partir de ese momento escribí casi a diario. Después regresé a Cuernavaca, pero el proceso creativo no se detuvo. Fue tan rápido que ocho meses después concluí el primer borrador. El título llegó muy pronto también: es parte de un recuerdo durante la velación de mi madre, que era panadera de oficio. Esa noche tomábamos café con pan, pero era un pan distinto, un pan que no había hecho ella, era un pan doloroso, que sabía a noche.

Se presenta desconocido todo eso que antes era familiar: el país, la infancia; parece una añoranza, pero es más un sentimiento de extrañeza, de no reconocerse entre tanta muerte.

Ciertamente uno se considera expulsado del paraíso que se quedó en la infancia: la casa materna, los juegos, el misterio de la vida que se gesta por primera vez frente a nosotros. Pero lo que ocurre con Pan de la noche, pienso, tiene que ver sobre todo con la desgarradura del presente. No diría extrañeza sino desesperanza (desolación), saber que el humano es y ha sido siempre un ser habitado por la maldad (la historia de las civilizaciones está llena de sangre y sufrimiento), que esa maldad vive en mí y no fuera, que soy yo el que asesina y el que muere al mismo tiempo. Que esta mano que ahora teclea puede sostener un hacha para cercenar la cabeza de su prójimo. Ese país, ese yo, se rompió, o ya lo estaba y no había querido verlo. Antes no tuve el valor para escribir sobre nuestra dolorosa realidad porque la sentía lejos y, a pesar de que el tema abunda en nuestra literatura actual, comprendí que abordarla habría sido un acto deshonesto. Y de pronto esa realidad estaba ahí, tan próxima. De eso, quizá, trata el libro, de indagar en la violenta situación del presente a partir del centro y no desde la periferia: y habla alguien que ni siquiera ha sido rozado por el horror verdadero (inmedible) que viven tantas familias. Pero ésa era mi experiencia y tenía que decirla, no como un compromiso social sino para dejar constancia de lo que estaba sintiendo, de mis emociones. El mundo no empieza ni termina conmigo, aunque así me lo parezca: alguien está siendo torturado mientras escribo y ese otro, el que tortura y el torturado, también soy yo.

¿Cómo describirías el “compromiso” del artista o, en tu caso, el del poeta? Lo digo porque tus versos no denuncian como un fin per sé, pero se asoma el descontento por una situación injusta reinante.

Suele afirmarse que el compromiso del artista es con su obra (perdón por el lugar común), lo que al final no es más que un compromiso consigo mismo. Escribo, espero, lo que la realidad me provoca, cualquiera que ésta sea. Hago lo posible por traducir lo que siento. No hay mucho que indagar ahí. La poesía busca fijar el instante, aquello que sucede frente a nosotros: el horror o la belleza.

¿Cómo escribir un libro así, que parte del dolor individual y un dolor tan íntimo, qué es lo que evitaste mientras lo escribías y corregías?

Admito que desde mi primer libro he procurado no guardarme nada: es un consejo que alguna vez me dio el poeta Antonio Deltoro. Por alguna razón, entiendo, quien lee es capaz de percibir si quien escribe lo hace desde la impostura. Me esfuerzo por dejar de lado el pudor, lo que soy debe quedarse en el texto. Es algo imposible de lograr, pero hay que intentarlo.

Si hablamos un poco más general, ¿qué buscas tú en un poema? O, puesto de otro modo, ¿qué debe tener un poema para ti?

Según yo, un poema debe contener emoción (Borges). Mencioné antes que es imposible pasar todo lo que sentimos, y tal vez por eso nunca quedamos satisfechos. Y damos vuelta a la rueda, una y otra vez. Sentir, de verdad sentir, aquello que se escribe. Luego está el otro proceso más largo que constituye la revisión: limpiar el texto, pulirlo. Para mí esas son las dos características que debe poseer el poema: primero la escritura a partir de un impulso emotivo, luego la limpieza procurando no alterar ese principio emotivo.

¿Cómo escribes? ¿Cómo es tu proceso para escribir?

Esta pregunta se conecta con la anterior: el borrador de un poema, generalmente en mi caso, llega con un impulso (la emoción del momento), aunque no siempre es así. En Pan de la noche, por ejemplo, la sensación de miedo se hacía presente mientras intentaba dormir y daba vueltas en la cama, a eso le añadía la depresión del duelo, y con las horas nocturnas ambas emociones crecían exponencialmente y me obligaban a levantarme y ponerme a escribir. El poema (en su primera versión) quedaba terminado en ese impulso. Con la luz del alba llegaba cierta calma. Entonces me dedicaba a corregir: redondear la idea general, trabajar con el ritmo, eliminar rimas internas, palabras repetidas, adjetivos fallidos, etc.

Ibán de León (Oaxaca, 1980) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM, 2009-2011). Es autor de los libros de poesía Oscuridad del agua (ISC, 2012), Estaciones nocturnas (FETA, 2016), Pan de la noche (UAZ, 2019) y Calles del cuerpo anochecido (Acá las Letras Ediciones-Coneculta Chiapas, 2019). Ha obtenido, entre otros, los siguientes reconocimientos: Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2018, Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2018, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2014 y Premio Nacional de Poesía Sonora 2011.