Entrevista a Elvira Orpheé

En la suave luz de la mañana

El taxi me dejó en la esquina. El enorme edificio del ACA me deslumbró. Los autos pasaban, lentos, por la ancha avenida Libertador. Cuando la luz del semáforo me dio la chance, crucé, sigiloso, y alcancé el parque. Algunos chicos hacían gimnasia en los divertimentos de hierro y madera. Estaba a una cuadra de su casa y pensé que ella no se acordaría de mi voz. Por teléfono me había dicho que odiaba a la provincia y que no había nada más feo. Esa declaración eran aves de mal agüero.

Caminé por una de las veredas del parque y los árboles imponentes protegían, de algún modo, mi timidez. Mi cuerpo empezó a contraerse como fruto terrible de mi vergüenza. Era la primera vez que la vería y, quizás, la última. Es una mujer pícara y ácida, me había dicho una amiga. Guiado por esas palabras, sentí que el encuentro podía convertirse en un escándalo menor o en un peligroso juego entre dos desconocidos.

Toqué el timbre. No había portero. Una voz liviana me contestó. Me dijo que esperase.  Cuando la luz tenue del ascensor se encendió, bajó una mujer con el aspecto de una empleada doméstica. Me habló con un tono que imitaba, lejanamente, las formas de la lengua de Bolivia o Paraguay.

–Le sirvo algo, ¿un café o un vino? –dijo sin pestañear.

La empleada trajo la taza. Y al momento apareció Elvira. La foto que había visto en internet no le hacía justicia: le aumentaba años. Ella me vio y estiró el brazo. La saludé.

–Usted es de Tucumán, ¿no?

–Si, pero la entrevista no es para un diario de Tucumán –mentí.

–No tiene tonada -dijo mientras se sentaba. Su comentario era un evidente elogio y concordaba con el odio a la provincia que había manifestado por teléfono. Luego levantó la mano y se refregó la nariz. En ese instante no supe que ese gesto era un tic. La miré y controlé que no me mirara. Aproveché el hueco de la ausencia y saqué la cámara subrepticiamente. Tenía miedo de que se diera cuenta de que se trataba de una cámara de video. Por teléfono me había dicho que no entendía nada de la nueva tecnología y que, tal vez, sería mejor hacer todo con un grabador común.

Yo no le hice caso. Puse la cámara en una de mis manos. Ella se acomodó en el sillón de pana. Levantó sus ojos.

–¿Qué le parecen los cuadros?

No quise importunarla. Sabía que esos cuadros eran de su ex esposo y hablé con parsimonia y protegiendo cada una de las palabras.

–Son pinturas abstractas, muy sugerentes. Me recuerdan a las telas de Turner. ¿Y a usted que le parecen?

–Usted es muy inteligente –dijo con ironía–. Yo no veo nada. Se imagina que si lo que hago es contar historias esto me parece ridículo.

No le respondí. Intuí que era una venganza velada de su ex marido.

–¿Qué le parece si empezamos? –pregunté y apreté el play de la cámara a escondidas.

Desenfadada, Elvira Orphée habló de sus primeros años, de su interés por el lenguaje poético en la narrativa, de sus personajes, de su relación con Victoria Ocampo. En su departamento en Bs. As., frente a los árboles rosados del parque de Palermo, evocó a su abuela, esa anciana que le inspiró escenas inolvidables. Cuando le pregunté cuándo empezó a escribir, ella se acomodó en el sillón y se rió. Luego lanzó una bocanada controlada de palabras, con la ironía como una mancha imborrable: “Yo creo que como a los 11 años. Pero en esos textos no había ninguna trama. Lo único que había era lo que yo conocía: bosques, sitios llenos de árboles, y no me parece que fuera muy interesante lo que pudiera decir. Después se me dio por leer poesía. Yo estudiaba en un colegio de monjas en Tucumán e inventé poemitas. Y uno de ellos decía: Una noche noche muy bella/ tu hermoso rostro yo contemplé/ esa noche, noche de estrellas/ a amarte mucho yo comencé. Y tuve la mala suerte de que mientras lo estaba escribiendo en clase vino la monja por detrás y me lo sacó. Hizo un escándalo. Llamó a mi madre que era muy beata y me llevé todas las penitencias posibles. Por supuesto, ese poemita no estaba dedicado a nadie. Era de lo que había leído, nada más”.

Elvira nació en Tucumán pero se fue de la provincia por razones que ignoro. Al preguntarle por la huida, me dijo que se fue cuando murió su mamá. Y agregó: “Mi padre me dijo con una inmensa avaricia: me voy a casar. Yo tenía diecisiete años. Y entonces me fui a la casa de mi abuela y tomé la decisión de venir a vivir a Bs. As. Primero fui maestra y después entré a la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí conocí a Héctor Murena y a Alberto Girri. Mi primer escrito fue publicado por Sur”.

Surgió, entonces, una pregunta inevitable. La interrogué por su relación con el grupo de la revista. Ella sonrió y estiró un brazo, ingenua, y miró la suave luz que emanaba, grácil, desde el amplio ventanal. Como si se dejara atrapar por la tranquila luz de la nostalgia, respondió: “Fue muy buena. Victoria Ocampo era tirana pero, al mismo tiempo, muy generosa y dispuesta a darle un empujón para cualquier cosa. Yo me llevaba bien con Silvina, me gustaba su ironía. Bioy Casares, en cambio, me parecía un idiota”.

A pesar de haber escrito poemas desde niña, no publicó, hasta la fecha, ningún libro de versos. Su obra, íntegra, está relacionada con la narrativa. Por eso quería saber cómo se produjo el pasaje a la escritura de novelas. Ella dijo: “Se produce de esta forma. Le di a leer algo que yo había escrito a un compañero de facultad, a Héctor Murena. Y al leer la poesía me dijo: no, escribí prosa. Y así escribí los primeros fragmentos de una novela. En realidad, todas mis novelas están armadas por fragmentos que después se unen. Jamás me propuse escribir una cosa con directivas rígidas. Es decir: no puedo empezar por esto, seguir con aquello y después terminar más allá. No puedo. No podría jamás porque no soy ordenada”.

Me detuve un momento, controlé el funcionamiento de la cámara y la miré. Es una mujer mayor, ha publicado algunos libros de cuentos pero se ha dedicado especialmente a escribir novelas. Le pregunté por esa preferencia. Rotunda, sin dubitación en la voz, dijo: “Porque en el cuento me faltaba algo o mucho por decir y en la novela no”.

Recordé algunos pasajes de su novela Aire tan dulce, y le dije que algunos críticos sostienen que es su mejor libro. Ella ni se inmutó. Mantuvo los brazos sobre el cuerpo y la mirada, quieta, se le perdía en el resplandor que venía desde la ventana amplia. Luego agregó, como al pasar, que antes no estaba de acuerdo con los críticos pero que ahora sentía que sí. “Pienso que los críticos tienen razón. Y tal vez eso sea porque es una novela inspirada. No es una novela pensada”.

La novela Aire tan dulce no tiene un orden cronológico ni sigue una narración lineal. Los personajes aparecen y se van como sombras. Evoqué los nombres de los protagonistas y le pregunté por el origen de las relaciones difíciles entre Mimaya, Atalita y Félix Gauna. “Eso se me ocurre a partir de mi abuela. Mi madre le decía Mamiye. Y en la novela Mimaya es mi abuela. Aunque debo decir que sólo los nombres de los personajes son autobiográficos. Los nombres parten de la realidad pero los hechos son inventados. Por ejemplo esa escena en la que están esperando a una tía. Y suena el llamador. Y una le decía a la otra: andá a abrir fulana. Y la mucama le decía no, que vaya la Tuquita, yo estoy ocupada. Y la Tuquita, que era la más chica, decía: no, yo estoy jugando. Y nadie iba a abrir la puerta. Los personajes son los que arman la novela. Yo parto de los personajes para escribir una novela”.

En Aire tan dulce, y en todos sus libros, hay un tono lírico que envuelve. Al leer su libros, no se puede evitar que la poesía encandile. Ese tono recorre las páginas como un fuego de agua que humedece los silencios. Se lo dije. Elvira, suelta de cuerpo, como si hablara de lo más normal del mundo, comentó: “En todos mis libros hay poesía. No puedo desprenderme de la poesía. La tengo en mi escritura como quien tiene los ojos azules”.

Elvira ha dicho en algún momento de la entrevista que siente que tiene “sentido del idioma”. Esa expresión me ha dejado una duda. Ella, categórica, aclaró: “Tener sentido del idioma es saber qué va a producir un impacto. O saberlo pero no aplicarlo constantemente porque entonces deja de tener impacto. Si es lenguaje poético sin ser poema me maravilla: la prosa que sigue una forma de decir las cosas que toca la poesía”.

Es evidente que Elvira Orphée ha usado la ciudad de Tucumán y sus alrededores como material para la escritura. En su novela Aire tan dulce, ese recurso brilla. Cuando le consulté por el uso difuso de la geografía, ella me dijo que era lo que más conocía.

Al preguntarle por el método de escritura me dijo que no tenía reglas. Y al pedirle que hablara de sus escritores preferidos, mencionó la ironía de Silvina Ocampo y a Murena como ensayista. “Sara Gallardo era una buena escritora”, agregó. Rebelde y burlista, con sus ochenta años encima, dijo que Borges la desilusionaba. “Borges propone un juego que maneja muy bien, un juego inteligente pero lo aplica siempre”.

Se fue a la habitación. Con el paso cansino y torpe, con un bastón corto en la mano, con la vibración en todo el cuerpo, me regaló un libro. Con una letra temblorosa y poética, dibujó una dedicatoria en la primera página. Levanté el tomo y me conmoví. Giré, con las lágrimas en la mejilla, y traté de esquivar sus ojos. A pesar del escamoteo, ella se dio cuenta. Me tomó del hombro y me habló de la soledad.

Hacia el final del encuentro, Elvira me acompañó hasta la puerta. Le agradecí su cortesía, le di la mano y dije su nombre en voz alta. A pesar del esfuerzo, noté que ella ya había olvidado el mío. No se ruborizó. Ni siquiera sabía que la memoria le jugaba una mala pasada. Levanté mi mano y la miré, quizás para quedarme con su cara en la caminata futura por el parque. La última imagen fue su rostro perdiéndose en la ventana, como una luna diurna que se pierde en la suave luz de la mañana.

Me fui sin saber si la volvería a ver.

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